viernes, 28 de febrero de 2014

LA FLOR LLAMEANTE



Había llegado el momento de la venganza, la hora en que se decidiría su destino. O libres o muertos, no existía un término medio, no en aquel lugar ni en esa circunstancia, ni en otras batallas en las cuales había participado, siempre el peligro de aquel enemigo incierto la convertía en la última que intervendrían si fracasaban. No debía existir piedad y el perdón no se comprendía entre sus adversarios.

La formación de Hierrocolado era como siempre, los dieciséis miembros veteranos y únicos de esa singular Orden de caballería al frente de los demás humanos. El símbolo de la flor luminosa e hiriente reflejaba orgullosa en sus escudos, dispuesta a brillar por siempre.

Su líder, la carismática Soloconbrasas, llevaba la cabeza descubierta con su corto pelo blanco y el mechón salvaje que siempre le caía sobre la frente. Tenía el semblante serio, concentrada en la lucha que se aproximaba y su boca permanecía cerrada hasta el momento oportuno.

Avanzaban contra ellos una chusma furiosa de sangrantes y serviles, depredadores del mundo de la oscuridad y sus despreciables criados. Les habían desafiado a combatir a la luz de las lunas gemelas, después de destruir sin clemencia sus lugares de reposo. Eran muchos, nunca habría imaginado pudieran ser tantos, pero al igual de otras ocasiones les harían volver a la tierra.

-Amigos míos, por si acaso no llego al final de esta jornada, me enorgullezco de tan grata compañía y se… que les haréis morder el polvo. No espero menos de vosotros –dijo con voz tranquila, no había prisa en expresarlo. Todos lo sabían, todo debe morir.

Aullaban enfurecidos, con ojos rojos inyectados de la sangre fresca de sus víctimas y estaban a punto de llegar hasta su posición. Era el instante oportuno para desatar la furia de las armas.

-Ahora –gritó feroz con todas sus fuerzas. Sus compañeros se lanzaron en línea hacia delante, aclamando por cuanto consideraban digno de proteger. 

Tres sangrantes la rodearon, con manos acabadas en fuertes uñas cortarían armadura y carne sin trabas, pero no iba a dejarles acercarse tanto. Con su puño acorazado golpeó el rostro de una sangrante, aplastándole nariz y huesos, atravesando su cabeza de un lado a otro mientras con su espada cortaba sin contemplaciones a los otros dos por la mitad. Se había movido con una velocidad sorprendente y su fuerza, concedida a los integrantes de esta Orden por su fundadora, los diferenciaba de los demás mortales. Su pago, una vida al servicio de exterminar a esa carroña y servir con humildad a quienes les necesitasen. Jamás pedían nada a cambio, su señora proveía de cuanto era necesario y con ello les bastaba.

Sorprendidos por la ferocidad con que aquel escaso grupo se les enfrentó, los sangrantes decidieron atacar a los temerosos humanos que les apoyaban, su alarmante número permitiría rodear a los integrantes de esa hermandad guerrera sin problemas. El primero ya se encontraba al alcance de un asustado campesino cuando una espada le seccionó la cabeza. Dedofacil de Hierrocolado se interpuso blandiendo el escudo como una cuchilla que cortaba y amputaba miembros, su afilado borde permitía tal acción moviéndolo cual brutal hacha asesina.

Largasiesta se colocó a su lado, espalda contra espalda moviéndose como poseídos, brazos y piernas volaban junto a las cabezas de cuantos se atrevían a llegar a la formación de pueblerinos que habían jurado proteger.

Soloconbrasas sonrió con agrado a esa pareja valiente unida por fuertes lazos de amistad, pero algo mucho más poderoso distrajo su atención. Un encumbrado, ser de sombra absoluta, se aproximó hasta ella. Ahora comprendía el secreto de aquella horda y la importancia de acabar con este adversario.

Chocaron entre ambos. La fuerza empleada comprimió el aire y provocó una onda expansiva que amenazó con tirar a cuantos a su alrededor se encontraban. La líder de Hierrocolado estaba enfurecida por aquella desagradable presencia y una mueca de desprecio asomó a su rostro.

El encumbrado clavó sus garras en el escudo rajando la protección de metal y madera, arrancándoselo del brazo y dejándola lastimada por aquel brutal impacto.

Se movió con la rapidez del relámpago y su espada falló por poco en alcanzar el cuello de su contrincante. Un nuevo golpe impactó entre las costillas e hizo expulsar todo el aire de sus pulmones. Pero aquello no la detuvo, había jurado proteger cuanto amaba y tiró desafiante al suelo el resto del escudo que arrastraba desecho, aún quedaba mucha noche por delante y en la coraza que la protegía, una flor grabada brillaba inmisericorde.

Las sombras eran alargadas, el naciente resplandor hacia de las figuras extensos gigantes que se perdían en el amplio llano.

Avanzaban en semicírculo, mirando hacia los lados e intentando descubrir si algún desafiante enemigo había escapado al ocaso de la batalla. La noche había sido más larga de lo habitual y tan solo un combatiente continuaba luchando contra su oponente. Todos sabían que no eran rivales para aquel temible oponente y la líder de Hierrocolado, contra cualquier pronóstico, se esforzaba imbatible y furiosa. No iba a dejarle escapar, ni iba a permitirse fracasar y con ello condenar el esfuerzo de sus compañeros. No les fallaría, no contra aquel ser de auténtica oscuridad.

Llevaba su armadura abollada y varios cortes dejaban asomar hilos de sangre, embadurnando con su color rojo oscuro lo que antes fue una lustrosa defensa. Hasta en su inmaculado pelo blanco, varias gotas de su preciada vida adornaban al azar el antes ordenado cabello, ahora una masa apelmazada por el esfuerzo de mantener a su contrincante donde deseaba. 

Una vez más, esquivó un brutal golpe. Una vez más, Soloconbrasas se lo devolvió. 

El encumbrado se volvía a cada momento más peligroso. La salida del sol no parecía afectarle como hubiese esperado, aunque una vaporosa humareda salía de su incompleta forma indicando que la luz del astro hacía su trabajo.

-Inmundo viviente, no puedes oponerte a mi poder –dijo la bestial sombra de perfil vago e indefinido. Su voz era como si rasgaran una plancha de metal y la estridencia hizo temblar involuntariamente a cuantos allí se encontraban. Algunos campesinos no pudieron soportarlo y emprendieron una loca carrera por alejarse del campo de batalla. Habían visto mucho aquella noche y sus sentidos no pudieron sostener aquel embate por más tiempo.

Soloconbrasas estaba cansada, cansada como no recordaba hacía muchos años. Se había enfrentado a muchos peligros, pero el de esta infausta noche superaba a todos ellos. Se presentó inesperado, como todos los acontecimientos de la vida y no quedaba más remedio que afrontarlo de cara, una antigua enseñanza de su maestra. A decir verdad había sido la primera lección de todas, cuando un peligro emerge no se puede dar vuelta atrás e ignorarlo porque este te seguirá, dará alcance y acabará contigo. Hay que enfrentarlo, hacerle saber nunca huiras de él y eso será suficiente.

“Suficiente” pensó la valiente luchadora. En aquel momento esa palabra no significaba mucho, las piernas le pesaban como si fueran dos bloques de duro metal y los brazos se movían por la propia fuerza de la gravedad, arriba o abajo; derecha o izquierda. Pero cada vez le costaba más mover su arma, agarrada con sus dos manos e impulsada por el espíritu que siempre había guiado sus pasos.

Se distrajo con aquel breve pensamiento y una de aquellas manos humeantes le golpeó con fuerza. No llegó a darle de lleno, pero fue suficiente para hacerla girar en el aire y caer al suelo a varios metros de distancia.

Juraría que tenía rota una costilla y le costaba respirar. Se intentó levantar, resbalando en la hierba mojada por los restos de los serviles aniquilados.

El encumbrado gritó, una voz anómala y sin garganta, que helaría la sangre a cualquier otro humano que no perteneciese a Hierrocolado, abalanzándose triunfante sobre la caída mujer. Soloconbrasas rodó con fuerza, aunque con ello incrementó el dolor de su cuerpo y sentía se estaba rompiendo por dentro.

Donde hace un instante se encontraba abrió un profundo hueco en la tierra, se oscureció al tocarla el encumbrado y empezó a pudrirse. Un hedor evidente, una malsana neblina, alzó confirmándole su destino si aquella bestia llegaba a ponerle la mano encima.

Intentó de nuevo ponerse de pie, una posición donde pudiera seguir defendiéndose con cierta soltura. Una de las piernas tenía el metal de su armadura abierto por completo, la sangre manaba en abundancia y un dolor creciente, impedía su propósito. La nueva herida afectaba  una vital arteria y no podría sostener una lucha prolongada por más tiempo.

Unos horribles ojos sin mirada la observaron, congratulándose de su desgracia y sabiendo todo había acabado para ella. La perversa oscuridad saltó, cubriendo la distancia hasta su víctima. Soloconbrasas movió de nuevo su espada y por primera vez, impactó de forma coherente en esa amalgama de inciertos miembros. El arma brilló con una luz que no provenía de ninguna parte, como si el propio material con que estaba hecha fuese arrancado de una lumbre pavorosa.

El encumbrado gritó de nuevo, ahora no era de triunfo sino de un visible dolor. Lo suficiente para obligarle a alejarse de su caída posición y darle el respiro de poder levantarse. Fue entonces cuando percibió en la lejanía el motivo por el cual había sostenido esa incierta lucha, siempre supo que no podría vencerle, pero debía retenerlo hasta que alguien capaz de hacerlo llegase a donde se encontraban. Y ya había hecho acto de presencia.

La pequeña figura fue creciendo hasta convertirse, en un abrir y cerrar de ojos, en quien cuidaba y alimentaba sus esperanzas. Saltó de su hermosa montura sin esfuerzo, dirigiéndose como el propio viento contra el encumbrado. Sacó una espada de estrecho filo brillante, a simple vista un utensilio inútil por su extrema delgadez, pero quien la empuñaba parecía infundirle un poderío que no podría sospecharse ni intuirse.

Una mujer muy alta, de larga y cuidada melena gris plateada, vestida de un verde luminoso como las hojas de los arboles tras una prolongada lluvia, límpido e intenso. Radiante como el propio amanecer y cuyos movimientos de una suavidad sin parangón, no dejaban duda alguna sobre sus exquisitas habilidades. Su piel gris azulada, provocaba un singular contraste con los dos focos que en su esbelto y maravilloso rostro, conformaban sus ojos. Unos ojos únicos, pozos ardientes de verde resplandor e imposible de ignorarlos.

La auténtica oscuridad trató de defenderse, halos de niebla ensombrecida la envolvían mas eran disipados por los rápidos trazos del arma de su adversaria. Ambos se movieron a una velocidad que los ojos no podían alcanzar ni la mente de quienes los observaban, procesar como algo real. Todo parecía un sueño, producto de una ilusión o pesadilla. Se elevaron en el propio aire, luchando como si fuesen dos aves hambrientas y desesperadas enfrentándose por un trozo de comida. Luces y sombras se continuaban, intentando predominar una sobre otra, revolviéndose enfurecidas proclamando una fugaz victoria ante su adversario. Todo acabó cuando la delgada arma atravesó la tangible negrura, iluminándola por dentro. El encumbrado se hinchó, parecía fuese a reventar y arrasar con cuanto encontrase en su destrucción, pero la luz lo envolvió devorándolo desde su propio interior, disipándose y profiriendo un desagradable silbido que fue apagándose poco a poco, hasta desaparecer por completo.

La maestre de Hierrocolado se dejó caer al suelo, agotada por el esfuerzo y el dolor, ya había dado bastante en esa jornada y esperaba la dejasen descansar. Un único impulso la dominaba, morir sola mirando el abierto cielo azul sin una sola nube y el paso de los pájaros surcándolo.

Puercoespino, otro de los miembros de Hierrocolado, quien amaba profundamente a Soloconbrasas y era de igual forma correspondido, se acercó a ver el alcance de las heridas de su maestre y amante. Su rostro se crispó al observar su pierna y un borbotón de sangre, salir sin impedimento alguno.

-No temas, amor mío. No me duele tanto como creía –dijo la maestre mirándolo, con sus ojos cargados de una inesperada dulzura con la cual intentaba alejar su prolongada agonía.

-Debo vendarte esa herida. Debemos llevarte a un sanador –Puercoespino hizo una señal y Trastoviejo asintió, el fiel palafrenero fue corriendo presto a buscar sus mejores vendajes.

Dedofacil, la sagaz elfa y Largasiesta, el más reciente de los incorporados a la Orden, intentaban dominar su angustia al ver la gravedad del corte, cogiéndose con las manos y proclamando un cariño que ninguno de los dos trataba de ocultar, mientras Ojomuerto y Unamuerte nada decían. Y era mucho mayor la inquietud de verlos callados, pues nunca perdían ocasión para hablar ambos hermanos con desparpajo por cualquier situación. Los demás se acercaron con la ilusión de poder hacer algo con lo cual salvar la vida de su amiga, aunque la herida presagiaba el peor de los finales.

Trapopiel, el antiguo bardo, fue el único que no se acercó al grupo, dirigiéndose hacia la mujer quien había acabado con el encumbrado. Ambos se miraron y ninguno de ellos profirió palabra alguna.

La recién llegada encaminó sus pasos a donde se encontraba la moribunda, apartando a quienes le cerraban el paso con la mayor de las delicadezas.

-Estas hecha un desastre, Soloconbrasas –habló mirándola con aquellos inquietantes ojos de verdes destellos- no seas tan haragana y levántate, tienes muchas cosas que hacer aún –le ofreció su mano, mientras todos la miraban como si se hubiese vuelto loca.

-No tengo fuerzas ni para mover mi mano, Hurtadillas –contestó con ojos cansados.

-Un pequeño esfuerzo, nada más, es cuanto te pido –bajó su mano hasta coger la de la mujer tumbada y tirando de ella, la obligó a levantarse.

-¡La vas a matar! ¿Es que no ves sus heridas? –exclamó furioso Puercoespino.

-¿Qué heridas? –la elfa soltó la mano y se dio la vuelta sin requerir más explicaciones.

Soloconbrasas no sabía explicarlo. En un momento estaba al borde de la muerte y al siguiente, todo su dolor había desaparecido. Solo la abollada y cortada armadura daba muestras de haber sufrido un considerable maltrato.

Hurtadillas ya iba montada en su majestuosa yegua y se acercó de nuevo hasta el grupo de Hierrocolado- Conozco a un buen herrero a dos jornadas de aquí. Te arreglará la armadura sin preguntas, es un amigo y os tendrá como tales si vais de mi parte, mis valientes caballeros. Hasta pronto, tengo asuntos pendientes que atender lejos de aquí –espoleó su montura, alejándose con lentitud como si deseara mostrarse como un ser más del mundo que le rodeaba. Aunque cualquier mirada a semejante espectáculo, amazona y montura, haría dudar de su existencia, nada podía mostrarse tan bello y existir.

-Misterios de la Dama Verde –comentó en voz baja Dedofacil. Su origen élfico le permitía conocer algunos secretos sobre esa mujer y como elfa, conocía el nombre que en algunos sitios otorgaban a Hurtadillas, aunque para ella siempre era y seria la elfa crepuscular. Era cuanto se decía de su fundadora y le debían el respeto que se merecía, pues ella les había enseñado aspectos del mundo que nadie más había percibido y aunque en cierta forma era dolorosos reconocerlos, también constituía un privilegio y un honor, ser consciente de ellos.

-Siempre tan comunicativa la elfa –protestó RamdelNorte, poderoso con su hacha empapada por la lucha y único integrante enano de Hierrocolado. A pesar de no tener un gran cariño por los elfos, no podía negar esa mujer siempre le había cautivado. Los demás rieron esa apreciación, disponiéndose a recoger cuanto tenían y emprender un nuevo camino, solos o en el grupo, eso el tiempo lo diría.

Trapopiel fue el único que quedo mirando la marcha de la elfa hasta desaparecer en el horizonte. Parecía se hubiese fundido con el sol que aún despertaba ocioso, pues aquella mañana se levantaba con una extraña quietud y prometía un radiante día.

En un breve instante que cruzaron sus miradas, contaron muchas cosas y quedo de acuerdo con su protectora comunicase a la maestre nuevas noticias. Hurtadillas estaba preocupada, seriamente preocupada por la aparición de este nuevo encumbrado. Tres en los últimos seis meses eran demasiados y debía ser desestimada la casualidad en tales eventos, era necesario investigar el punto de origen sin tardanza, las opciones se reducían a unos pocos lugares y si se dividían podrían alcanzarlos en un tiempo razonable. Le dijo no se afligiese por Soloconbrasas, ocuparía de inmediato de sus heridas y podrían volver a transitar los caminos. Le hubiera gustado acompañarles en su nueva búsqueda, pero la gravedad de la situación le imponía otros lugares donde encontrarse. No dudaba volverían a verse, aunque ya no podía prometer fueran tiempos felices.

“Esta sola, muy sola en esta lucha y nosotros apenas podemos ayudarla” pensó con amargura, le gustaría poder hacer más, ayudarla en donde quisiera acudiese, pero los límites de su propia humanidad impedían tales logros, Hurtadillas era diferente a todo cuanto conocían y muy por encima de sus posibilidades. Se fijo que el sol ya se había liberado de la atadura de la tierra y empezaba a alzar orgulloso, mucho más rápido, sobre la tierra de sembrados y extensos pastizales. Era hora de marchar con los suyos, comunicarles cuanto la elfa le había hablado y esperar acontecimientos.

Tuvo deseos de cantar por razones desconocidas, pero su cortada lengua le impidió cometer ese desmán y dio gracias por habérsela amputado, a nadie le hubiese convenido escuchar sus cantos, como todos sus compañeros sabían. Acarició su pecho, donde la coraza se mantenía impoluta y el grabado de la flor emanaba un calor que podía sentir en su mano, el peto de Soloconbrasas se mantenía intacto en aquel lugar donde la llevaba impresa, el resto era una ruina completa. Sonrió, eso había impedido su muerte que en otras condiciones habría sido inevitable. No quiso pensar más sobre aquello, uniéndose a la celebración.

Se despidieron de los agradecidos campesinos, quienes no habían sido sino un cebo para atraer al mal que acechaba aquella zona, saludándolos con efusiva cortesía y colmándoles de regalos, una buena cantidad de oro para suplir sus carencias y un montón de consejos, para prevenirles de futuros riesgos. Luego marcharon en la dirección en que Hurtadillas desapareció y su maestre sugirió como mejor lugar donde buscar nuevos retos. Cada día, una nueva incertidumbre y cada noche, un mayor peligro. Así es esta tierra, la tierra de Tamtasia.


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