jueves, 7 de marzo de 2013

SIN (5ª PARTE)



-Deberías levantarte –dijo Dedofacil en voz baja. Lavaconprisas abrió los ojos con sorpresa, la elfa ya estaba vestida, pero no como otras veces. Ahora llevaba una armadura de combate, sin elementos superfluos, sin adornos, salvo el pequeño emblema de Hierrocolado en una de sus hombreras. Lo miró un momento, con aquellos hermosos luceros que tanto le cautivaban, en ellos un atisbo de preocupación se atisbaba. Se conocían desde hacía diez años y una simple expresión resumía cuanto podrían decirse.

-Ponte la armadura, la buena. Hoy la vas a necesitar –se acercó al expositor donde esta yacía. El día anterior la hubo examinado y comprobado todo estuviese bien. Esperó junto a esta a que él se levantara perezoso, daba muestras de comportamiento más indolente al de otros días y su ánimo vislumbraba no estaba para chanzas.

-¿Recuerdas el primer día? Si te sigues mostrando tan remolón habré de motivarte de igual manera –la elfa lo observaba, rígida y tensa. Tenía los puños cerrados, amenazadores y sabía que con esas garras metálicas no iba a ser generosa.

Reconocía una advertencia, aunque fuera de su amada. Se vistió presuroso con la ropa indicada para soportar ese peso extra, ya había combatido con ella y sabía el esfuerzo que suponía llevarla encima. Todos sus movimientos se volvían más torpes, lentos e inseguros.

Pero se acostumbró a ese impedimento. Día tras día de duro entrenamiento, le había obligado a comportarse como si fuera desnudo. Siempre acababa empapado por el esfuerzo y dolorido en sus miembros, pero cada vez su habilidad se incrementaba.

Dedofacil le advirtió sobre los peligros de enfrentarse a un “sin”. El olor y la presencia de uno de estos seres, era para un miembro de Hierrocolado, algo atroz. Otro no perteneciente a la Orden no percibiría esa repugnancia ni el desagrado provocado por estos. Ellos intuían la verdadera forma, el ser auténtico que tras esa mascara de falsa humanidad se escondía.

Hasta ahora le hubieron evitado ese pesar, pero era hora de conocerlo. Todos los integrantes habían pasado por aquello, no existía otra opción, ni podían huir de cuanto eran y representaban. Su naturaleza era propicia para exterminar esa amenaza.

Trastoviejo no hubo necesitado realizarla. Lavaconprisas supo que este hombre ya había combatido contra esos enemigos, tenia sobrada experiencia en aquel tema. Hace mucho tiempo se le ofreció integrarse en esa hermandad, rechazando dicho ofrecimiento por tener una familia a la cual atender y por quien se sentía responsable. Ahora ya nada quedaba para atarlo al mundo normal, solo el deseo de acabar con cuantos “sin” pudiera.

Pensaba en todo esto mientras la elfa le ajustaba las piezas de metal alrededor del cuerpo. Comprobaba, una y otra vez, cada una de estas con esmero profesional. Cruzaban las miradas, el cariño mutuo se manifestaba en los roces y en el débil tacto que en apariencia azaroso, tocaban sus manos.

-Ya esta –concluyo la mujer. Se acercó a donde la vaina con la espada reposaban y la cogió, ofreciéndosela para que la ciñese a su cintura. Luego le entrego una daga, una maza pequeña con tachuelas de duro metal puntiagudas, un hacha de grandes dimensiones y el mejor escudo. Todo ello lo acomodó, tal como la elfa le hubo enseñado, para no molestarle en sus movimientos.

-Es la hora –se dirigió a la puerta, más antes de abrirla abalanzó su cuerpo sobre Dedofacil. Se apretó tanto a este que amenazo con asfixiarlo, aún llevando la armadura puesta. Tenía una fuerza hercúlea.

-Me vas a matar. Yo también te quiero, pero necesito respirar.

-Calla, bobo. No rompas este momento con tus tontas palabras –dijo la castaña acosadora.

Le dio un beso furtivo al cual no tuvo ocasión de contestar. Se libró de él y abrió la puerta con decisión. Afuera les estaban esperando.

-¿Esta preparado? –dijo con voz marcial Puercoespino. Junto a este se encontraban también Tiernocorte, RamdelNorte y los gemelos, todos ellos con armaduras y gesto serio.

-Lo esta –contestó rauda separándose del candidato y colocándose detrás de los demás.

-Hermano Largasiesta, has recorrido el camino fácil. Ahora ha llegado el momento de saber el metal del cual estas forjado. Sígueme –Puercoespino empezó a caminar, el aspirante tras él y los demás en silencio les seguían.

Nadie le había comentado donde llevarían a cabo esa prueba. El esperaba saliesen en expedición a un sitio en el cual lucharía contra uno de esos monstruos, pero ninguno portaba mochilas o impedimenta para viaje alguno. También podrían estar todas las monturas afuera, ya preparadas con cuanto fuese necesario, eso lo tranquilizó, le daría más tiempo para relajarse y tener las ideas claras.

Se acercaron hasta cuando la pared finalizó, en el largo pasillo donde se encontraban la mayoría de las estancias en las cuales convivio aquellos años. Estaban de cara a un muro de piedra lavada y allí no había muestras de poder continuar en esa dirección.

Puercoespino levantó la mano y golpeó la piedra en unos lugares determinados. Nada pasó en un primer momento, más luego se escucho un crujido y una abertura del tamaño apropiado hizo aparición ante ellos.

Ninguno hizo un comentario, siguiendo por esta y descendiendo unas escaleras de caracol bien iluminadas. Tras bajar un buen trecho, accedieron a una sala enorme. Era una estancia descomunal, con grandes pilares que sostenían un techo rico en detalles, escenas que representaban pasajes indeterminados, se precedían en una línea continua hasta perderse en aquella vasta habitación.

Largasiesta se detuvo, extasiado por cuanto a sus ojos se ofrecía. Uno de los gemelos le empujo de forma benévola, reconociendo la falta de este por parar su marcha e incitándole a continuar.

Los demás aguardaban tras la Primer Caballero. Soloconbrasas miraba en callada reflexión como se acercaban hasta su posición. Tan solo Trastoviejo se encontraba apartado, al lado de una enorme caja llena de grabados que no pudo reconocer.

-Acércate, mi querido Largasiesta –habló con carácter informal la máxima autoridad de la Orden. El muchacho, pues aún era joven comparado con los demás, aproximó sus pasos hasta situarse ante ella.

-Aún dispones, de acuerdo a las leyes no escritas de nuestra Orden, de una oportunidad para volver atrás. Si así lo crees necesario, puedes irte. Tan solo se te exigirá la solemne promesa de no revelar dato alguno sobre nosotros, ni nuestra procedencia, ni nuestro número, ni nada que concierne a cuanto has conocido de Hierrocolado.

Observó el rostro de aquella mujer. Aquel día estaba más radiante, con su sempiterno mechón blanco cayendo indomable sobre la frente, con ojos brillándole en una emoción contenida por los acontecimientos que sobreviniesen. Había determinación en aquel gesto y la seguridad contenida de quien obra como debe.

-Yo tengo un deber que cumplir, aunque no sé si seré cuanto esperáis de mi. No quiero avergonzar a mi maestra, ni al resto de sus miembros que tan bien me han tratado –miro a Dedofacil, pero en ese momento todas las señales compartidas durante tan larga estancia no se reflejaron en la inamovible faz de la elfa. 

-No temas la vergüenza, si esta es sincera. No hay en ello humillación alguna, pero has de estar seguro de tu paso, ninguno podemos decidir en tal cuestión, eres dueño de tu vida. ¿Qué decides?

Pensó en su llegada, en la luz que le deslumbró y nunca más volvió a ver. En su origen y el significado de esta, no tenía respuestas y no se sentía capaz de conocer la pregunta adecuada para resolver ese enigma. Deseaba combatir por ella, nada más.

-Me enfrentaré a esa “cosa” cuando sea necesario –dijo con determinación.

Soloconbrasas no pudo evitar una fugaz sonrisa, más la severidad de aquella decisión se impuso-: Formad el círculo –gritó con decisión.

Todos se colocaron en las marcas sutilmente dispuestas en el suelo de aquel lugar. Era una esfera perfecta, rodeando la caja donde Trastoviejo aguardaba. Largasiesta quedó enfrente de esta en una marca preparada a tal efecto, llevaba el hacha asida con fuerza en la mano derecha y el escudo dispuesto para enfrentarse a lo que fuera contuviese la inusual caja.

“Ya no hay vuelta atrás, no la hay. A ver como te comportas ahora” pensó en aquel breve instante, mientras el aguerrido miembro de la Orden manipulaba la caja y se colocaba en su posición en el circulo.

-Es un duelo a muerte. Solo uno puede quedar, si no acaba con el “sin” e intenta huir, matadlo –Soloconbrasas fue estricta en sus palabras, se refería a él. Lo matarían, si dudaba en su cometido, serian capaces de acabar con su vida.

Las espadas salieron de los cintos, la enorme hacha de RamdelNorte giró en sus habilidosas manos, junto a las armas del resto de miembros de Hierrocolado. 

Cruzó una última mirada con Dedofacil. Reconoció en su gesto pesar y un sufrimiento que hasta entonces no había podido definir. Sufría, por él y por aquel contenido, el cual iba a revelarse.

La caja desapareció y el horror se presentó, cara a cara.

lunes, 4 de marzo de 2013

EL BAILE DE LAS OLAS (1ª PARTE)



Rió, rió como nunca con la expresión del muchacho. Los ojos de este estaban congestionados, enrojecidos como las brasas de una hoguera moribunda; el resto de la cara era un poema de difícil composición, con la lengua fuera escupiendo cuanto quedase en su boca, para desprenderse de aquel sabor inaudito.

-Es asquerosa –dijo con desagrado, no recordaba haber bebido algo así en toda su vida. Era la peor agua del mundo.

-Jovenzuelo, tu conocimiento es nulo acerca del mar. ¿Tu madre no te ha enseñado nada? –expresó aquel hombre con la cara curtida por una larga existencia a la intemperie y esa mirada dura, pero tierna, de quien comprende y no juzga.

Había enviado al único hijo con el último de sus parientes vivos. Un hermano de su abuelo, rudo e intempestivo, como aquella extensión de agua a la cual saldría cada día con él a pescar.

-Es agua salada, la sangre de la tierra llevada por los ríos desemboca aquí y el agua dulce se transforma en esta inmensidad, a la cual has de respetar y amar, aún cuando ella siempre intenta arrastrarte y ser tu perdición. No debe ser bebida, pues lleva a la locura y la muerte. Así es el mar, agua para no beber; superficie, para no ser cruzada; cielo que cambia, cual humor de hombres, para desesperarlos. Pero si la comprendes, te lo dará todo, comida y riquezas, pues atesora muchas más de las cuales te puedes imaginar.

-Es horrible y además me marea ir en esta pequeña barca. Tengo arcadas y mucha más sed aún –el tío abuelo ceso en su sonrisa y alargó la mano para darle la cantimplora.

-Bebe anda, ser de sangre dulce, si no fueras hijo de mi escasa parentela te arrojaría por la borda en este mismo momento. La debieron engañar cuanto te parió… no sé si mereces te cuente el secreto de estas vacaciones conmigo –dijo mirándolo con la barbilla elevada. Robusta y con una cicatriz que la recorría perpendicular, impidiendo en aquel trozo asomase la entrecana barba.

-¿Qué secreto? –la sed pareció desaparecer de inmediato y los ojos, antes inflamados, chispearon con el deseo de la aventura.

-Necesito ayuda de unas manos fuertes. Debajo de nosotros, en algún lugar de este mar, hay una ciudad sumergida y en ella… –se detuvo, como si esa revelación pudiera suponer un gran esfuerzo para él- …en ella, algo de notable interés para una amiga mía, si lo recupero me ha prometido colmarme de riquezas o algo parecido –no recordaba con exactitud ese pacto, pero sin duda era algo bueno por lo cual esforzarse.

-¡Un tesoro! ¿Tienes un mapa del tesoro? 

-No. Solo tengo esto, la Dama Verde siempre es un poco rácana en esos aspectos, Dijo que así me divertiría más –le enseño un pequeño objeto. Una cápsula de cristal, de extraños colores, en cuyo interior pequeños destellos la iluminaban.

-¿Y eso que es? Es bonito, pero no veo la utilidad de ese regalo –lo cogió entre sus manos, era pequeño más transmitía una sensación cálida al tocarlo, como si poseyese energía propia.

-Aún no lo sé. Pero la Dama Verde no miente nunca y me dijo funcionaria cuando llegase al lugar exacto –se calló. En su pensamiento vinieron los más de cincuenta años intentando averiguar cuál era ese sitio.

-¿Quién es esa Dama Verde? ¿La conozco? No será amiga de mama, son todas unas cotorras de cuidado y solo cuentan mentiras. Muchas y todas seguidas.

-Ama al mar, aunque su amor se reparte por cuanto existe. Si te oyese hablar tan mal de su amiga líquida te cogería de las orejas y… -la melancolía le invadió, no la había vuelto a ver desde la entrega de ese artefacto. Era hermosa, la criatura más maravillosa  la cual sus pobres ojos habían contemplado.- Mañana empezaremos su búsqueda, es hora de volver, se avecina tormenta. Ya veras, será un buen día.

El agua agitó la barca, amenazándola con oleaje cada vez más fuerte. Nubes negras asomaban en el horizonte y un viento inquietante les azotaba. Parecía contradecirle la bondad de aquel elemento, pero lo conocía como su propio cuerpo y sin temor alguno llego a la orilla y saco al maltrecho chico. Había vuelto a marearse, su cara desencajada le sugería nunca sería un lobo de mar como él. Nunca gozaría del favor de la Dama Verde.

Lejos de ellos, una figura los observaba. Una mujer de cabellos dorados y unos intensos ojos verdes, como toda su ropa. Ojos de verde mar.

Al día siguiente la fuerte tormenta ya había pasado, los restos del feroz viento y la lluvia se encontraban dispersos por la arena de la playa, justo al lado del fondeadero, donde la gente de aquel pueblo pequeño tenía a buen recaudo las preciadas barcas. Eran gentes de pesca, sencilla en todas sus actividades y para ellos, el mayor tesoro eran aquellas pequeñas embarcaciones.

El hombre de pelo cano se afanaba en arreglar el pequeño desbarajuste del vendaval. Con las redes revueltas no podría faenar en las generosas aguas y conseguir el sustento del día y un poco más para comerciar con sus vecinos. Nunca venía mal ahorrar un capital por si el mar no se mostraba tan generoso.

-Ayúdame con las redes –dijo al jovenzuelo que miraba ese enredo con particular diversión-. No te quedes mirando como un pasmarote, si no me ayudas estaremos toda la mañana aquí. ¿Y no querrás perderte la búsqueda del tesoro?

Entre los dos pudieron hacerlo en muy poco tiempo. Con todo arreglado, lanzaron el bote al agua y navegaron hacia el interior. Llegado al sitio adecuado, le enseño a tirar las redes, estas acabaron sumergidas en las profundas aguas y se dispusieron a mirar una carta de navegación, que como todos los mapas de Tamtasia, poca información disponía.

-No se para que lo llevo. Pero me gusta mirarlo, solo hago uso de la intuición, en este mar traicionero es necesaria, más de lo que podrías imaginarte.

-¿No sirve la carta? Entonces qué sentido tiene llevarla –preguntó el muchacho intentando desentrañar la maraña de signos y apuntes inscritos por su dueño.

-Por seguridad, supongo. Aún careciendo de una guía, todo el mundo sabe ir a su casa, o al pueblo vecino e incluso más lejos, si es necesario. Es hora de sacar el cristal y veremos si tenemos suerte-. Lo saco de un pequeño bolsillo que llevaba en su pantalón, depositándolo en la mano, le dio varios golpecitos y esperó.

Al principio nada pasó. Una pequeña llama emergió del interior, sugiriendo una dirección concreta, esta se repetía, como la luz de un faro, con intermitencias entre los breves destellos. La volvió a guardar, miró hacia aquel sitio y empezó a recoger las redes.

-Pero… hace un momento las hemos echado y ya la retiras. Así no vamos a tener nada…

-Coge por aquí, pesa demasiado y no sé si podré con ella yo solo -le interrumpió a sabiendas de que cualquier explicación sería inútil. Llevaba años repitiendo esa escena y nunca necesitaba más de un  cerrar y abrir los párpados para tenerlas llenas. Sospechaba esta era una forma de agradecer sus esfuerzos, por parte de la enigmática Dama Verde.

El chico la cogió, la red estaba tirante, necesitando de ambas manos para poder izarla. Llena a rebosar, no comprendía en un momento esta estuviera en aquellas condiciones.

-El mar es generoso, muy generoso hoy, chico. Se ve acoge con agrado tu presencia. Aunque esa propensión al mareo no es una gran ayuda -Había percibido el aumento del malestar de este en sus ojos. No decía nada, pero los cerraba con frecuencia, intentando de esta manera eliminar su mal.

Con los pies llenos de peces y asegurado el pan de aquel día, no les quedaba otra sino entregar todos los esfuerzos a buscar aquel misterio que envolvía el pequeño cristal. Colocaron un pequeño mástil y una vela de cangrejo se hincho con favorable viento, era hora de partir hacia lo desconocido.

jueves, 21 de febrero de 2013

EL COLOR DE LAS VICTIMAS



“Abrió los ojos, eran unos orbes dominados por el miedo, por el terror de quien sabe no hay vuelta atrás. Había llegado hasta él, ahora dominaba su cuerpo y nunca mas este volvería a ser el mismo.

Tierra de oscuridad, tierra negra cual tizón de madera al fuego, con brasas como venas recorriendo los tramos iluminados por su fulgor. Crujiente y espantosa al pisarla, gime como si doliesen los pasos sobre ella, se rompe y quiebra al tocarla, cual cascarilla sometida a superior voluntad. Los habitantes que la pueblan no pesan, nada hay en ellos para hacerse sentir, están huecos, vacios de toda expresión y contenido. Solo algo les llena, una amarga desolación unida a la certeza de una existencia infinita.

Briznas y chispas saltan vigorosas entre su caminar, se deleitan en quemar en su escaso devenir, esos cuerpos que nada sienten. Destellan al chocar e inflaman en un fugaz destello, un humo acre asciende hacia la nada, envolviéndose en una capa aun mayor en su cúspide. Un negro cielo, arriba en su dominio, lo observa todo. Las fumarolas de quienes se abrasan en su deambular la iluminan un instante, es una forma oscura, que se mueve como si millones de seres reptaran en su interior, se agita y conmueve con esos vanos intentos de iluminarla.

Los chillidos y gritos de voces que no se escuchan, en ese silencio eterno. Una capa de lenguas cortadas, donde nada nace y nada crece, gesticulan en el intento de formar palabras, estas se pierden, corrompidas en su inicio y convertidas en germen de otras que nunca serán pronunciadas. Un sibilante sonido es cuanto puede llegar a escucharse, el cual si fuera oído por alguien cabal, enloquecería de inmediato. No son lenguajes de ser viviente quienes nombran entre alaridos un último deseo, pues este nunca es saciado y desesperan. Intentan quejarse aún más alto, pero sus bocas no pueden hablar y ninguna expresión en aquel lugar, tener salida por sus maltrechas cavernas llenas de dentaduras, quienes ansían probar si aún pueden ser usadas.

Dientes afilados en sus extremos, como agujas resplandecientes llenas de restos de su propia existencia anterior, pululan en esas oquedades. Tan quebradizas como el suelo que pisan, chocan entre si y desprenden partes pútridas, devoradas por una garganta destrozada, cuya conjunción solo se mantiene por el brutal deseo de seguir existiendo, aunque no quieran reconocer esa propia creencia es incoherente con su estado.

Esos rostros carecen de cualquier expresión, sometidos a donde están, no hay ningún sentimiento. Son inamovibles y terribles en su único gesto, transmitiendo el dolor que no logran comprender, en esa última mascara. Tienen sus ojos vacios, devorados por cuanto quisieron ver y no soportaron, cuencas yermas, pozos sin fondo de antiguas ilusiones, insoportables hoyos donde se expresa su desamparada situación.

Esa tierra sufre con su contacto, arrastran sus pies en una cansada marcha, ansían llegar a un sitio donde puedan reposar su tormento. Desean paz y se la niegan en su continuo devenir por ese lugar maldito.

Allí no hay luz alguna, no obstante ven. Una débil luminiscencia, fría como aquel sitio e incapaz de definir los perfiles. Una iluminación azul que cambia en sus tonalidades, a ratos más hiriente, muestra cuanto ellos no desean ver y castiga con el conocimiento de verse reflejados en cuantos se encuentran.

Entonces agachan sus cabezas y miran a sus pies la ruina de cuanto pisan, e incluso aquellos apéndices en los cuales se sostienen, cuando nada debería de mantenerlos erguidos, les producen horror y pena.

No es una pena, ni un horror como el de un ser lúcido. Ellos carecen de cualquier sentimiento, es el recuerdo de haber perdido algo en el camino que no logran recordar y en esta búsqueda desfallecen constantemente. El vaho helado asciende de entre las ruinosas formas de una ciudad aniquilada, lo contemplan con sus tristes y vacías miradas e incapaces de comprender, agitan la cabeza en busca de lo que antaño tuvieron.

Pero solo hay vacio. Un vacio pleno quien pugna por seguir existiendo, cuando todos sus habitantes lo llenan con sus dudas. Vive de ellos, se mantiene consciente por ellos y en su único deseo, está en poblar ese mar de desdicha y gozar con su desespero.

No hay llama para calentar tal lugar, las brasas que arden no la confortan ni le dan color alguno a cuanto rodean. No existe calma en este manifiesto lugar de quebranto, ni descanso para quienes lo habitan y aunque el silencio es evidente, quien pudiera escucharlo y soportarlo, conocería piden ser liberados de esa prisión. Pero no hay nadie capaz de tal hazaña y el vacio es cada vez más manifiesto.
 
A nada pueden aspirar en sus trémulos pasos, ni ninguno que quiera escucharlos. Llevan su aflicción como pesadas cargas en sus hombros desnudos, sin cadenas que los aten, ni grilletes, ni guardianes vigilando para evitar su huida. Son sus propios vigilantes, atados a su propia negación e incapaces de liberarse.

Paredes de construcciones arrasadas los encaminan en una determinada dirección. Poco a poco, las ingentes masas acuden a un único punto, sin saberlo se acercan adonde una fuerza mayor dará un objetivo, podrán gozar del privilegio de tener un propósito.

Una figura destaca en lo alto de la parte derrumbada que antes fue una majestuosa torre. Es como todos ellos y diferente, los espera para acoger bajo su cuidado. Habla sin emitir un sonido, los demás escuchan, por primera vez sienten ser comprendidos.

Nace en ellos una nueva resolución, extenderán el vacio que conocen, lo expandirán por cuanto conocieron y darán una forma definida a su conflicto. Ahora disponen de una nueva guía, aun cuando nada ha cambiado en su interior, siguen vacios de todo contenido.

Se entregaran a esta encomienda con total dedicación. No importa el tiempo, ni el lugar, toda la eternidad les pertenece y como tal, harán que los demás la conozcan. Su única motivación, dar cumplimiento al sueño de su recién nombrado mando, con él cual no dudan tienen asegurada su victoria.

Nada hay ahí afuera capaz de detenerlos, pues su número es innombrable y la entrega en su tarea, incomprensible para quien no habita en tal sitio. Cuando han de dominar es extenso, lo llenaran con silencio y abatirán la luz vana, arrasaran las orgullosas civilizaciones e implantaran la suya, pues no hay mayor honor que desfallecer por el vacio perpetuo y entregarse a este, para siempre.

Los ojos abatidos a tal grandeza, jamás se cerrarían…”

“Aburrido, aburrido y aburrido” pensó la archimaga mientras cerraba el libro y bostezaba con gesto taciturno. “No sé porque me empeño en llevar este tonto escrito de Lavamasblanco. Ese hombre está loco, tiene su cerebro como un hormiguero, lleno de agujeritos. Pero me viene bien cuando el sueño no me acompaña, me ayuda a dormir.”

Dejó el pesado tomo dentro de la mochila, estaba en la tienda que la elfa le hubo preparado. No podía negar se había esmerado en hacerla confortable, aunque la rubia orejuda prefería dormir fuera. Pero era mejor así, no se fiaba de tenerla cerca, ya había sufrido bastante acoso, la semana en la cual convivio en Gran Capital con la tórrida mujer. Y ambas acabaron en una desagradable tina helada.

Sintió escalofríos al pensar en esa fría agua, pero había sido lo mejor, incluso Hurtadillas lo reconoció. Le negaba toda clase de libido, a ambas. Sonrió, aun con todo los problemas que le ocasionaba, era una buena compañía. Hábil, valiente y muy inteligente, quizás demasiado; además, su hermosura era inclasificable.

Se apretó en las mantas que la envolvían, ahora tenía otras preocupaciones, volviéndose hacía donde guardó aquel libro inquietante, lo había sacado de la propia biblioteca particular de archimago, le sorprendió aquello tuviera tanta estima en su antecesor, como para tenerlo junto a otros de incalculable valor. Si debía creer cuanto en aquel volumen había descrito, enloquecería sin dudarlo, debería encontrar antes a ese monje loco, tal vez le resolvería dudas que tan hondamente le calaban, eso si seguia vivo, su antigüedad era manifiesta y no podía haberlo escrito la misma persona que ella conoció. Era imposible.

El sueño empezaba a dominarla, dejaría todas esas preocupaciones para el día posterior. Sus ojos, sin pretenderlo, se cerraron solos.

miércoles, 20 de febrero de 2013

LA ÚNICA MAGA VERDADERA




Abrió los ojos, esos ojos hermosos con los cuales los hombres quedaban cautivados. Unos iris grandes enmarcaban la pertinaz retina, esta ojeaba con cautela cuanto a su alcance ponía. Símbolos que formaban palabras y estas una frase, la frase se constituía en párrafos y los párrafos en capítulos, estos a su vez acababan con un título, con el cual se enunciaba todo el conjunto. 

“Artes de magia elemental” leyó en la tapa de cuero en la cual se contenía. “Diantres, menudo libro aburrido, aburrido y aburrido. Prefiero deletrear los compuestos y luego las enumeraciones lingüísticas. Sería mucho más entretenido”. Cogió este volviendo a dejarlo en una de las enormes estanterías que conformaban la biblioteca de Nosonlastantas.

“Si esto continua así, no necesitaran acabar conmigo. Me moriré antes de puro tedio” pensó consternada. Llevaba meses enteros investigando las salas a las cuales nunca hubo prestado atención y ahora sabía bien la razón, eran una reunión de absurdas interpretaciones y malas teorías, disparatadas divagaciones y callejones sin salida. No le extrañaba el nivel de muchos de aquellos con los cuales compartía su rango, leyendo esos libros nunca llegarían a nada.

Incluso sin recurrir a estudio alguno sabia existían dos clases de ramas mágicas: la elemental y la espiritual. La elemental comprendía tal como decía los elementos, agua, fuego, aire y tierra; su dominio era complejo y llevaba muchos años el poder conseguir una influencia mínima sobre estos. La espiritual, aún suponía mucho más esfuerzo, pues el dominio de lo inmaterial no estaba aún definido, en ella se encontraban la adivinación y la sanación, entre otras muchas. Era una enseñanza muy restringida y solo los mejores accedían a rascar un poco su superficie.

Luego estaba “compendia”, la gran magia, quien reunía ambas clases en una sola. Era un secreto callado, un murmullo entre quienes debatían sobre los misterios de ese poder, un silencio que clamaba ser terminado. Testadurra podía presumir de conocer los dos primeros, pero se encontraba impotente en la unión de los dos. Era arriesgado y lo sabía, podía poner en peligro la misma Tamtasia si algo salía mal, tal era su enigmático poder.

Pero su anhelo era conocer, nada la atraía más que su capacidad de intentar comprender y asimilar la magia, Su instinto natural le empujaba y animaba a seguir tras ello, aún cuando supusiera un enorme esfuerzo sin clara recompensa. “Compendia” sería el mayor triunfo y se constituía en su máxima aspiración, por ello debía acceder algún día a la biblioteca del archimago. Era el único lugar donde podría satisfacer su sed insaciable.

Alejó esos asuntos de su pensamiento y cogió otro libro: “Movimientos de conjuración” se titulaba, abrió sus páginas mirando su contenido. Lo cerró de golpe, tan fuerte que casi estuvo a punto de atraparse sus propios dedos. Cuanto vio le dio risa, era absurdo intentar hacer comprender a alguien los sutiles movimientos con unos gráficos tan burdos. Las carcajadas le salieron solas, cuanto más pensaba en la estupidez que había supuesto el esfuerzo de constituir un libro como aquel, más risa le daba, parecía una poseída y la gente a su alrededor la miraba con preocupación. 

Se dio cuenta del silencio formado junto a ella, compuso su figura de nuevo con disciplina y en un acto de educada elegancia depositó el risible libro en la estantería.

“Basta, no he hecho sino perder mi valioso tiempo. Aquí no encontraré respuestas, necesito acceso a la auténtica biblioteca, no esta payasada”. Luego pensó en los payasos, siempre le habían hecho reír, lo suyo era un arte y no era justo compararlos con aquellos nefastos escritos, se arrepintió de ese pensamiento al instante. “No, es un agravio para esa noble gente, los payasos me gustan. Sencillamente deberían de quemarlos, con tapas y todo. Al menos, durante un rato darían calor en una noche invernal. Son para lo único que sirven estos estúpidos libros.”

Mañana había Consejo y ella como miembro del mismo, podría formular su petición. Era algo sencillo en teoría, solo debía expresar su deseo de acceder al cargo de archimago y se procedería a concretar una fecha para tal prueba, pero en la práctica sabia o por lo menos esperaba, le pondrían gran cantidad de trabas. Sabía que temían ese momento desde el primer momento en el cual conocieron su innegable capacidad.

Volvió a sus habitaciones, esas espléndidas estancias a quienes pudo acceder por su propio esfuerzo, siempre que entraba en ellas recorría estas con el agrado de un conquistador en su territorio. Llegó a donde se encontraba la confortable cama y se desnudó, hoy dormiría en cueros. No quería sentir ropa alguna, le agobiaba alrededor de su cuerpo, necesitaba sentir el contacto fresco de aquellas sábanas de buena tela envolviéndola, como una capa protectora, cual si fuese una larva que fuese a sufrir su metamorfosis para transformarse en una maravillosa mariposa.

Se removió inquieta, no lograba conciliar el sueño. Sentía la observaban, pero no era una sensación desconocida, era una vieja acompañante, como si desde la infancia alguien la controlase en sus movimientos y a pesar de todos los esfuerzos por descubrir a ese mirón, se había burlado de todas sus defensas y artimañas. Era alguien a quien debería de conocer, pues una habilidad así no la había encontrado en toda la escuela y temía ese encuentro. Notaba esos ojos escrutándola, cuando en la tranquilidad de este refugio propio, escapaba de las miradas insidiosas del resto del mundo.                                                           

“No podrían detenerla, no podrían”. Su pensamiento no hacía sino reforzar su mayor deseo, se acurrucó en un esfuerzo por defenderse, aunque fuera inconscientemente, de cuantos enemigos la rodeaban. Se sentía sola, siempre se encontraba sola, las manos agarraron las sabanas con fuerza, una chispa refulgió entre la espesa melena leonina.

Sus ojos permanecían cerrados, la expresión de la cara se tornó agreste y malhumorada, quedándose quieta. El pelo se movía en una inquietante brisa, con luminosos destellos estallando entre los mechones que se mecían. Había perdido su lisa estructura y se curvaba en múltiples rizos, quienes golpeaban entre si en una lucha por dominar a su contrincante. El aire mismo se lleno de una espesa electricidad, se volvió denso y los sonidos se transmitían en esa sustancia como impropios de aquel lugar.

Los objetos empezaron a vibrar, aquellos con una punta metálica brillaron como si fuesen cabos de una vela recién encendida. Los demás crujían ante tamaña presión, amenazando con estallar si continuaba ese fenómeno.

Testadurra tenía el gesto torvo, seguía con sus ojos cerrados y las manos apretando las sábanas, le parecía fuese a caer por un agujero profundo del cual no podría ser rescatada.

La vibración aumentó en intensidad. Una copa de cristal con agua se fracturó y el líquido cayó por la mesilla, pero no llego a caer al suelo, simplemente hirvió, transformándose en un espeso vapor. La maga sudaba, goterones le resbalaban por su hermosa frente y se deshacían al entrar en contacto con la tela que la envolvía protectora.

Sentía necesidad de chillar, de descargar toda la tensión que en su interior se acumulaba. Si lo hacía, su brutal impacto destrozaría cuanto a su alcance se encontrase. Las paredes mismas saltarían hechas pedazos e incluso el ala entera del edificio podría amenazar con venirse abajo. Si gritaba, toda la escuela sería destruida, pulverizada por una onda de poder tal, que nadie podría prevenirla ni detenerla.

Su mente fue más lejos. La propia Gran Capital se convulsionaria, los edificios romperían como si fuesen de arena y sus trozos impactarían en leguas a la redonda, pero supo que esto no acabaría allí. Vio como la tierra misma de Tamtasia abría sus fauces, los ríos vaporizaban sus contenidos, cuando el magma del interior bullía en su esfuerzo por salir al exterior. El mismo mar ardía. Aquella fue una visión espantosa.

Su cabello era una tormenta incontenible. Rayos emanaron de este, golpeando la pared y quemándola en donde hacían contacto, la luz misma amenazaba con volverse insoportable. Su faz ahora era fiera, una mueca de furia despierta, de deseos de venganza, de aniquilación y muerte.

Una mano se posó en su frente. Palabras de cariño que no escuchaba llegaron hasta su interior, le susurraban no estaba sola, ni temiera estarlo. Alguien la quería de veras y la protegería siempre, sus miedos eran infundados y debía calmarse.

El pelo se ensombreció, adquiriendo de nuevo aquella textura lisa que tanto se esforzaba Testadurra por conservar. La luz disminuyó hasta desaparecer, el aire recuperó su textura habitual y todo volvió a la normalidad. 

Despertó con una insospechada ansiedad. Se desprendió de aquellas telas que la rodeaban, estaba sudorosa y tenía sed. Fue a beber, descubriendo la fina copa de cristal rota, debería de ir a buscar una botella que guardaba en un armario de esa misma habitación. Se arrojó de la cama y abrió la puerta de la alacena, cogió la botella, estaba caliente como si la hubiese puesto a calentar. Bebió un sorbo, pero le quemaba su contacto y tuvo que escupirla para no abrasarse la boca.

Entonces vio la marca en la pared. Una línea de abrasadora marca había ennegrecido el delicado papel con la cual se decoraba, lo tocó y la ceniza impregnó sus dedos. No recordaba nada de todo aquello, solo el recuerdo de un mal sueño, una pesadilla de la cual no tenía ahora constancia de su contenido.

Se sentó, desnuda como estaba para contemplar el resto de su habitación. No observaba ningún otro indicio, salvo un inusitado calor, como el de una sauna quien la rodeaba. Decidió abrir las ventanas, afuera el fresco de la noche de invierno aliviaría esa desconcertante temperatura. 

Unas hojas sueltas de su escritorio habían caído al suelo, se fijó en algo inusual. Una marca de una pisada en una de estas, parecía de una bota por sus contornos bien delimitados. Ella jamás usaba botas, le había resultado imposible llevarlas, a pesar de que tenía varios pares en su bien nutrido ropero, le resultaban agobiantes, prefería un tipo de calzado mucho más abierto.

La miró con gran interés. Alguien había entrado mientras dormía y la despertó. Por el aspecto del recinto fue por su propio bien, algo escapó a su control. Algo que ella no recordaba, salvo escasos matices. Se había sentido sola y luego sintió no lo estaba. Estaba confusa, mañana con la luz del sol indagaría la realidad de esa noche. Ahora necesitaba descansar, dormir de veras.

Volvió a la cama, enredándose con las sabanas y disponiendo encima suyo, una gruesa manta. Dejó una de las ventanas entreabierta, le agradaba aquel frío intenso y permitiría recuperar su sueño de nuevo.

“¿Quién eres? ¿Qué pretendes?” Las preguntas le dominaban y no tenía respuestas. El cansancio venció y sin darse cuenta, cerró sus ojos.