lunes, 24 de marzo de 2014

NO HAY LÍMITES



-¡No hay límites! –gritó enfurecida Test mientras alzaba su mano derecha y los dedos hacían presa en un poderoso haz de luz. Lo contuvo al mismo tiempo que en la izquierda forjaba un escudo envolviéndola, una fina y en apariencia débil pantalla con la cual pretendía defenderse del ataque de los marchitos rodeándola.

Quien hubiera observado sus ojos en aquellos momentos, habría visto un fogonazo en sus iris prendiéndolos desde el interior y unos minúsculos rayos eléctricos atravesando su melena negra, disolviéndose tan deprisa que hubiera parecido un acelerado sueño. Su bello rostro adquirió una superior beldad, brillando como si la furia interna que la dominaba transformase en otro ser muy diferente a la humana maga.

Debía defender a los indefensos hombres, cuyos cuerpos yacían extenuados en el suelo rodeándola en un intento vano de protegerla. Todo parecía en su contra, pero la archimaga de Tamtasia iba a demostrar el porqué de su bien merecido rango.

El tiempo se detuvo, mientras los haces de luz de su mano cerrada y amenazante, empezaron a desplazarse sinuosos y erráticos. Simples luminarias, no más intensas que la luz de un pobre candil, arrastrándose en todas direcciones como múltiples tentáculos intentando rodear a sus presas y eligiendo las posiciones donde fuesen más efectivos.

Los marchitos actuaron. De sus bocas vacías murieron palabras huecas, sonidos inexistentes terrores de la oscuridad, alcanzaron el plano de la realidad y en negra densidad se abalanzaron sobre la protección de Test. Llevaban la muerte, horrible y certera, contra toda vida. Eclipse de sol perpetuo, luna nueva sangrienta, la oscuridad más profunda donde no puede existir luz alguna ni la vida soporta. El fin de todo y la nada para siempre.

Golpearon la paupérrima carcasa, el fino hilo tejido en un instante por aquella humana desafiante y altanera que habían de castigar. El escudo pareció ceder, encogiéndose ante la presión de algo que no existía y clamaba ser. Pronto quebraría, atrapando en sus redes la vana llama de la viviente mujer y agotándola en un suspiro. Como cascarón hueco, nada de ella quedaría y desplomaría al suelo, siendo polvo y nada más.

Pero… la capa de luz, esfera perfecta que amparaba también a los caídos, no cedió. Los ojos de la mujer brillaron más intensos, iris oscuros más vivos que nunca con su esclerótica límpida, clara como la voluntad que tras ella se amparaba.

Sus manos férreas se movieron con decisión, abriendo la que atrapaba la luz serpenteante y cerrando la forjadora de su escudo. Una única palabra salió de sus labios, rojos y sugerentes, tan dichosos de ser contemplados como cualquier otra parte del inmaculado rostro. En boca de otro individuo nada significaría, en los de la archimaga, significaban la más brutal destrucción.
 
Luz, intensa y sin mesura; fuego ardiente, llama insuperable, resplandor sin fin.

Los marchitos atravesados por los brazos de la temible explosión se deshicieron, arrasados, pulverizados por la incontenible energía desatada. No podían comprender la intensidad de la emociones de la muchacha que se les oponía, confundidos y vencidos, los restantes decidieron huir, escapar de esa aniquilación segura que la mujer prometía concederles si la retaban a ello.

Había vencido. Orgullosa como siempre demostraba, apenas pudo tenerse en pie al momento siguiente. No deseaba mostrarse débil y desamparada, pero el brazo derecho le ardía con fuerza y sentía unas nauseas inapropiadas para poderse mantener en pie. 

Alguien la sostuvo mientras vomitaba sin pudor alguno, bilis de colores indefinidos y lo que era el producto de su última comida. El sabor acido le inundaba la garganta y solo una de las manos que la amparaba, sujetándola con fuerza en la frente, le evitaba perder el sentido y con ello, el orgullo que la mantenía alerta.

Esas manos sosteniéndola eran muy grandes y por cuanto podía observar en su malhadado estado, unos brazos mucho más poderosos las continuaban. Solo conocía alguien así, la confiada y bonachona clériga de la Orden Ordenada de Notedigo. 

-Debes administrar tu fuerza –escuchó en su dolorida cabeza, la reprimenda de esa verdadera amiga era acertada, demostrando su sabiduría callada y nada ostentosa.

-No, mi buena clériga. No hay límites, no debe haberlos en esta eterna guerra –habló con la tráquea ardiente, aunque ninguna palabra se escuchó, salvo en la mente de quien era su destino –no hay límites, cuando se trata de salvar vidas. Es la principal lección que me enseñaron y la he aprendido bien. Muy bien.

viernes, 14 de marzo de 2014

LA ESPADA DE LA HECHICERA



Atravesó la llanura como si fuese una centella errante, como si la propia vida le indujese en aquel empeño, mirando al suelo repleto de la exuberante vegetación de la primavera que renacía en aquella época y daba color a lo que antes había cubierto con espesas nieves.

Fuegodeazur animó a su brava montura a continuar galopando, salvaje y veloz, cual ella se sentía en aquellos breves momentos donde daba rienda suelta a la pasión que encerraba.

Llevaba su melena suelta, ese espeso pelo brillante con la infrecuente tonalidad verde que parecía incendiarse al volar libre tras su cabeza, provocando el extraño efecto de una hoguera mágica campando a sus anchas y amenazando con extender su fuego a todas partes.

Sentía deseos de liberarse, de huir de todo cuanto la rodeaba y seguir trotando con su caballo hasta el fin de sus días. Quería haber sido otra persona, una vida sencilla alejada de todo aquel ajetreo y exigencia, de toda responsabilidad, de toda consecuencia. Lejos, deseaba encontrarse muy lejos de cualquier parte, sin ataduras de ninguna clase.

Iba rumbo hacía donde el sol se escondía. Siempre en su dirección, azuzada por la bruma de su interior, esa tempestad que la asolaba abrumándola con preguntas cuyas respuestas no deseaba escuchar, provocándole un mayor deseo de desaparecer para siempre y descansar. Un descanso que creía merecer desde hacía mucho tiempo.

Su caballo trastabilló. Empezó a comprender debía detenerse y dar ese reposo que tanto quería a su compañero de huida. Miró hacia atrás, intentando ver si alguien la había seguido y si era prudente detenerse en aquel sitio con tan pocas probabilidad de escapar a la vista de un posible rastreador. La llanura poblada de una variada inmensidad de flores silvestres no era lugar para ocultarse, sino para deleitarse con su contemplación, pero también estaba agotada y una breve parada serviría a su propósito.

Tiró de las riendas con desgana, no deseaba dar esa orden, cuerpo y pensamiento obraban de diferente manera negándose a corresponder uno con el otro, hasta pararse del todo.

Seguía envarada en su silla de montar, un bello regalo que su maestra y amiga le había hecho hacia tiempo. Sentía el duro cuero y el armazón de su estructura como si tuviera vida propia, aunque sabía no se trataba sino el agitado cuerpo del caballo, recuperando el aliento tras la prolongada carrera.
Decidió poner pie en el suelo, resbalando con torpeza y cayendo larga en la blanda superficie formada por una multitud de viva naturaleza que la acogió con delicadeza.

“No debería de levantarme nunca” pensó en aquella relajada posición, mientras su caballo la olfateaba preocupado por el estado de su dueña luego, al comprobar nada serio le pasaba, empezó a pastar de las ricas hierbas que a su parecer eran un delicioso bocado.

Se abandonó al sueño, cansada por la excitación de su comportamiento y por hechos pasados que prefería olvidar. 

De repente se vio trasladada a otro lugar, muy lejano de donde se encontraba, pero no podía evitar reconocerlo y sentirse sobrecogida por su contemplación. En lo alto de una montaña una visión de cuanto se movía a sus pies la dejaba sin habla. Nunca creyó pudiera haber tantos y tan variados seres, a pesar de que su viva imaginación podía muchas veces dominarla y hacerla pensar cosas imposibles, aquello superaba cualquier expectativa y razonamiento. No podía dar crédito a sus propios ojos, todo eso era un sueño. El sueño de una niña que se negaba a ser mujer y en su fantasía, creaba aquella ilusión.

Sintió el peso de su espada como nunca hasta entonces lo había percibido. La notaba tirante, exigiéndole el pago de sangre que siempre deseó derramar, el filo preparado para cortar y dar muerte, aullaba la dejase libre, suelta en sus manos lista para la batalla que tendría lugar.

Siempre había querido manejar un arma así. Se la había regalado alguien a quien apreciaba de veras, una excelente espada de la cual se desprendió su dueña sin ningún pesar, sabiendo que jamás podría volver a reclamarla. 

La duda le dominaba, aún cuando había demostrado ser una excelente luchadora aquel no era su mundo. Las palabras y la concentración, símbolos y habilidades innatas como el reunir suficiente potencial entre sus manos para arrasar ejércitos enteros. Ese era su real dominio, no el del acero que tanto se empeñaba en controlar y al cual, tantas horas había dedicado.

Desenfundó su arma, observando el lema que llevaba grabado en una bella orla a través de toda su hoja: El verde es mi color. Era una frase con la cual estaba totalmente de acuerdo, ella misma pertenecía al “Fuego Verde”, verde era su piel y la voluminosa mata de cabello, una señal innata de que estaba bendecida para el uso de la magia, de que debía servir a su pueblo hasta la última gota de su sangre. Que por cierto, no era verde sino roja, y aquello siempre le hizo cuestionarse si además del reverenciado color que la definía, no tendría que sentir cierto aprecio por esa sustancia que le pertenecía y constituía parte de su propio ser.

-Todos los colores deben ser respetados, amiga mía –se volvió para encontrarse a su lado a quien menos esperaba en aquel momento- es la ausencia de todo color lo que debería ponerte en alerta. Es tu mayor enemigo –sonrió con aprecio- y por supuesto, también el mío. -Hurtadillas llegó en silencio como siempre hacia y Fuegodeazur asintió con su cabeza esa reflexión. Si era necesaria la haría suya también y procuraría aprender de esa breve enseñanza que tan sencilla parecía, aunque llevarla a la práctica fuese realmente complicado.

-Tanserena te hizo un excepcional regalo y no dudo sabrás manejarla con soltura, pero ahora deberías envainarla. Ningún enemigo hay en las cercanías, tiempo tendrás de utilizarla en su momento, aunque por desgracia en nuestra tierra soplan malos vientos y toda buena guerrera será bienvenida.

-¿Crees puedo ser una buena espadachín? –preguntó con toda la curiosidad del mundo.

Hurtadillas no parecía haber escuchado estas palabras, se acercó como si quisiera observarla con detenimiento antes de esbozar ninguna respuesta y solo cuando estuvo segura le contestó.

-¿Acaso eres una mal hechicera? O en tan poco te estimas que necesitas de mi aprobación.

-Soy una excelente hechicera. He tenido una magnifica maestra y unas excepcionales compañeras, las aprecio con todo mi ser pero una parte de mí, me susurra otros caminos…

Hurtadillas sonrió. Era esa clase de sonrisa que raras veces se reflejaba en su rostro, últimamente serio y preocupado, muy alejado de la vivaz elfa que conocían de antaño. Su faz brilló con la intensidad de una hiriente estrella, cegando a la orca e impidiéndole ver nada a su alrededor.

-Entonces, debes tomarlo… -sintió la mano de la Dama Verde empujándola. Fue breve aquel contacto, aunque suficiente para hacerla caer por la ladera de la montaña, rodando hacia un monstruoso precipicio que daría fin a todos sus dilemas.

En aquel momento, nada le importaba salvo intentar agarrarse para evitar su inmediata muerte. Manoteó y pataleó en todas direcciones, pero seguía cayendo sin remisión y no veía solución alguna. Su mente le forzó a sacar el arma y en un instante de desesperación, clavarla fuerte en el suelo, donde nieve y roca compartían su presencia.

Se detuvo, asida con firmeza en la empuñadura de su espada. Respiraba con agitación, debido a la tensión que aquel acontecimiento le había impuesto y sentía su cuerpo estremecerse por cuanto podía haber pasado. Fue en ese instante, cuando vio claro el error que había cometido y su torpeza en cuanto a su actuación. Arrancó la espada y se dejo caer por el insondable abismo.

Sus ojos se abrieron, cual revelación había comprendido el camino a seguir. Se levantó y haciendo uso de sus poderes, levitó hasta sentarse en su montura. Daba igual a donde cayese o que ocurriese, podía hacer uso de su fuerza y magia por igual. Valida en ambas aptitudes, nada debía de temer si era precavida y los combinaba en la lucha.

Suspiró, convencida de su decisión y con renacido aplomo, dio la vuelta y emprendió el camino de vuelta con los suyos. Con toda la gente de Tamtasia.


domingo, 2 de marzo de 2014

CONSUELO DE MAGOS



Era uno de sus pocos consuelos, un instante de tranquilidad entre la atormentada existencia de pertenecer al Consejo de Magia. Caminaba por entre las líneas perfectas de los cuidados caminos que formaban el parque más extenso de la ciudad de Nueva Capital. Un lugar del cual nunca nadie recordaba su nombre, pues por voz popular llamaban “Parque Grande”, con ello todos los ciudadanos sabían a qué se referían y nadie dudaba de su localización.

Observaba a las familias pasear como ella, con los niños correteando a su alrededor y rompiendo esa paz que tanto anhelaba, con su griteríos y juegos misteriosos. Se introdujo por una parte cubierta por unas enormes encinas alineadas a lo largo del sendero, quienes procuraban una amplia sombra a los viandantes. El día era caluroso y se agradecía esa protección, se había obligado a vestir uno de sus trajes más finos y delicados, debía por lo tanto tener cuidado por donde iba o arruinaría el caro vestido.

Había caminado un largo trecho cuando deseó sentarse en un solitario banco. La sombra en aquel lugar era espesa e incluso se notaba un agradable frescor, pues una brisa acariciaba el sitio convirtiéndolo en un preciado tesoro.

Se acercó a su asiento y vio con disgusto la causa de su abandonada quietud. Estaba completamente lleno de excrementos de pájaros, los cuales dormitaban entre aquellos fornidos árboles y no apreciaban respeto alguno por las estructuras humanas.

“No es ningún problema” pensó con decisión. Cogió un papel grueso caído en el suelo y se dispuso a limpiarlo. Al momento recapacitó, hacía mucho calor para andar frotando y dejar limpia una superficie aceptable. Por decreto imperial, la magia estaba prohibida fuera de los recintos designados y era necesario un permiso especial para ejercerla fuera de ellos.

“Al cuerno con los decretos y los chupatintas que los hacen” movió levemente uno de sus dedos y el banco resplandeció como nuevo. Miró hacia los lados para comprobar nadie había sido testigo de su delito, salvo los pequeños animales que la sobrevolaban. “Perfecto” pensó de nuevo, sentándose con ninguna delicadeza y esperanzador alivio para sus delicados pies.

Fue a tirar el papel que había recogido cuando se dio cuenta que era el periódico de mayor difusión de la ciudad y casualidades de la vida, del anterior día. Alguien se había deshecho del mismo y abandonado en aquel sitio, lo cual ya suponía una seria infracción de las ordenanzas de limpieza que ella estaba dispuesta a incumplir, no le apetecía nada portar aquel pedazo de papel hasta un contenedor apropiado.

Aquella forma de difundir rumores o certezas era muy reciente, hasta hace poco los heraldos autorizados la transmitían de viva voz, repitiéndola a lo largo de unos trayectos acordados, donde la gente las esperaba y luego se movían, de boca en boca, para conocimiento de todos.

Una noticia encabezaba la portada. Letras grandes, desmesuradas que transportaban un intranquilizador mensaje para la mayoría de los habitantes de la aglomerada ciudad: Una mujer, archimaga de Nosonlastantas.

“Maldito panfleto, a todo le sacan cosquillas. Acaso les importa sea una mujer y encima joven, bonita e inteligente. Si estuviera de mi mano a este periodicucho con una buena fogata pondría fin a sus desvaríos. Mi esfuerzo me ha costado, aunque con semejante panda de haraganes y buscavidas de mis compañeros magos, no me supuso ningún sacrificio. Son un conjunto de predecibles, inútiles e insoportables aprovechados, no entienden ni saben nada de la verdadera magia. No la aprecian como yo, ni la comprenderán nunca. Creen sirve a sus intereses propios y no al bien de la comunidad. Pero yo habré de hacerles cambiar de opinión, contra viento y marea, habrán de saber quién manda. Aunque me cueste años, aunque deba de luchar contra todos ellos, incluso deba oponerme al propio Emperador. Habrán de aceptarme, cueste lo que cueste. Palabra de Testadurra Durradeverras”.

“Y a esto llaman progreso. Sarta de víboras, no les basta vilipendiarme a escondidas y criticarme a todas horas, debería…” su mente se detuvo. Una maquinación apareció, perversa y magnífica, clara como los cuidados estanques de aquel inmejorable parque.

Se levantó, comprobando de nuevo no hubiera presencias molestas que pudieran delatarla. Uno de sus dedos resplandeció, trazando una rápida serie de complejas líneas, uniéndose y deshaciéndose a cada movimiento, manteniéndose en el propio aire en una escritura fugaz que se iluminó y desapareció por completo. El papel del periódico ardió y Testadurra sonrió malévolamente.

Al día siguiente, los heraldos recuperarían sus puestos de trabajo, no tenia duda de ello.


OXÍMORON



“Sol negro, luz oscura. Vida muerta, aunque todo debe morir.

Ese es el mayor misterio, la más incomprensible de las verdades y el terror de todos los pensadores. Cuánto hay de cierto en las apreciaciones de los sentidos y cuánto escapa a nuestra comprensión, tanto intelectual como sensorial, de nuestro entorno.

Ni el más grande de los señores ni el más humilde de los seres, logran burlar ese pensamiento. Todos lo temen y les aterroriza ahondar en descubrir sobre esta gran inquietud. Decía el gran sabio Demosplazo: “todo aquello con forma ya nace deformado” Nosotros no lo ponemos en duda, ni tan siquiera nos los cuestionamos. Es la realidad de nuestro tiempo y hemos de vivir con ella.”

Maljeta cerró el libro, lo sostuvo en sus manos con procelosa reverencia, era una copia única de un apócrifo con miles de años de antigüedad. Una joya de la literatura que conservaba con el mayor cuidado, evitándole los males que aquejaban a tan delicadas expresiones del arte que tanto amaba y había visto deshacerse ante sus ojos.

Siempre que lo leía sentía esa inquietud, ese malestar tan evidente de una existencia forzada y una realidad negada, como si un velo lo cubriese todo y solo, en un instante de lucidez, pudiese descorrerlo y apreciar con claridad cuanto al otro lado se encontrase.

Sentía ese miedo, una angustia vital a revelar algo que se negaba reconocer. La vida era tan frágil y sin sentido, en algunos momentos parecía ser el juego forzado de un ser todopoderoso que se divertía con sus creaciones y en otros, una insondable maravilla a la cual había de reverenciar con todo su corazón.

Llevó una de sus manos al pecho. Un corazón muerto, que llevaba sin latir tantos siglos como podía recordar edades en su mundo. Un trozo de carne al cual suponía unos sentimientos que sabía no se encontraban allí, sino en otro lugar, mucho más lejano y recóndito. Una zona oscura en la que la luz de la esperanza intentaba iluminar con desespero un camino olvidado y una nueva existencia, mucho más grata a sus pensamientos.

Ella era la única sangrante que a la Orden de Hierrocolado le estaba negado destruir. Las palabras de Hurtadillas habían sido expresadas de una forma tajante, rotunda, sin dar lugar a ninguna otra interpretación. No debía ser tocada ni molestada, jamás. Si se encontraban ante su presencia, saludarla cortésmente y pasar a su lado, como otra persona más, como un ser viviente cualquiera.

Aunque sabía la miraban con desprecio e incredulidad, nunca se atreverían a contradecir a quien era la principal razón de su existencia. Por otra parte, tenía a la elfa como una gran amiga y protectora, comprendía que aunque su corazón no latiese, no significaba estuviera muerta ni perdida para el resto de los mortales. Algo prevalecía siempre en perpetua lucha, ignorando las sombras que amenazaban con destruirla y venciendo, día tras día, a la locura de la oscuridad.

Era de noche, la noche eterna que siempre vivía con el deseo de cumplir en un futuro su sueño más deseado, plantarse cara a cara al sol, verlo con sus propios ojos y recibir calor en su helada piel. Una noche cerrada, de las pocas al año donde las dos lunas gemelas negaban su pálida luz y transmitian la ilusión de sentir a un falso sol iluminarla. En momentos así, se sentía más sola que nunca, aunque todos en aquel grupo la respetasen por mandato y permitiesen se amparase al lado de una hoguera de cuyo calor no obtenía consuelo alguno.

-¿De qué va el libro? –preguntó con curiosidad la maestre de Hierrocolado, quien a su lado se encontraba reclinada en el suelo y comiendo ávida un pedazo de carne.

Maljeta la miró con unos ojos azules tan claros que casi se difuminaban. Una mirada hipnótica, como la de todos los sangrantes, pero desprovista de la ferocidad y el peligro que a los otros caracterizaba.

-Va de los misterios de la vida. Me gusta releerlo de vez en cuando, aunque me lo sé de memoria –contestó, envolviéndolo en un paño suave para protegerlo.

-La vida no tiene misterios… salvo alguno en especial –dijo haciendo hincapié en aludirla como ese misterio en concreto. Una débil sonrisa mostraba la forzada cortesía de aquella guerrera implacable con las aberraciones de la oscuridad. No dudaba Maljeta que si no fuese por Hurtadillas habría tenido serios problemas en enfrentarse contra cualquiera de los miembros de Hierrocolado. Aquellos no eran humanos corrientes, lo podía apreciar con solo estar a su lado, un aura de poder parecía envolverles, sutil y manifiestamente indetectable para quien no poseyese un cierto talento de observación.

La flor que llevaban grabada en telas y armaduras era singular, a pesar de ser toda una erudita por el conocimiento adquirido con todas sus lecturas, no lograba reconocerla. Parecía fuese todas y ninguna, cuanto más la observaba más juraría cambiaba su forma, aquello la tenía perpleja, creía haberlo visto todo y comprender la inmensa mayoría de cuanto la rodeaba, pero no podía estar en mayor desacuerdo con la sentencia de Soloconbrasas. La vida si tenía misterios y estaba frente a uno de ellos. 

Castalinda, la enorme clérigo y amiga inseparable de la sangrante, le acercó una jarra con su cena. El líquido humeaba en el fresco de la noche y se encontraba en condiciones óptimas para ser ingerido.

No quiso mirar a quienes la rodeaban. Sabia sin duda alguna mostrarían muecas de desagrado ante aquel espectáculo, a decir verdad hasta a ella le repugnaba tener que alimentarse así, pero no podía eludir su condición ni permitirse caer en el hambre, donde el control de sus sentimientos y dominio sobre si misma se vería seriamente perjudicado.

Apuró la sangre de vaca con ansia, era la única manera de entrar en calor. El único modo de sentir un confort en su helada carcasa, que ni el más grande de los fuegos podía consolar.

-Gracias, “Casta” –alargó la mano y la paciente clérigo la recogió para lavarla y ser utilizada de nuevo en la noche siguiente. Su gran amiga, en todos los sentidos, pues su enorme corpachón no podía ser ignorado, era su mayor y grato descubrimiento. Siempre había necesitado una compañía que la comprendiese y aquella desamparada huérfana, gran curandera y cocinera a partes iguales, era su mejor apoyo en el mundo de los vivos. Nunca le pedía explicaciones y siempre trataba de que sus noches fuesen más cortas y agradables. 

Se fijó entonces en la férrea mirada de unos de los miembros de la Orden. El enano RamdelNorte no le quitaba ojo, sabía por experiencia no podía ser por su innegable atractivo físico sino por el evidente odio que no podía reprimir por su presencia. Aquel hombrecillo, bajo y rechoncho no dudaría en descuartizarla con su terrible hacha si fuese menester y no dudaba le satisfaría hacerlo en cualquier momento.

Los demás procuraban ignorarla y salvo la maestre, no le dirigían la palabra. Consentían su presencia, nada más. No deseaban sino verla partir cuanto antes, perderla de vista y con ello, olvidarla. No era grato sentirse contemplada como una bestia que no merecía vivir.

Se levantó, no tardaría en volver a salir el sol. Ya sentía la inquietud de tener que ponerse a refugio en la confortable carreta que usaba para sus desplazamientos y su fiel amiga llevaba por los caminos, siempre buscando monstruos o engendros que aniquilar, aberraciones que no obtendrían gracia alguna. Compartían esa misma afición y les era grato ayudarse mutuamente.

Se introdujo en la carreta, escuchando el grupo se animaba en nuevas conversaciones con su desaparición e incluso, algunas risas resonaban, alzándose en el murmullo y declarando la alegría de la vida.

Tuvo deseos de salir al exterior y proclamar un largo discurso sobre quién era y sus intenciones. Explicarles que no era como las otras oscuridades, tenía sentimientos y ansiaba el calor de aquella hoguera más que su propia existencia. Ella deseaba vivir y no existir en penumbras, como una paría. Nunca quiso tener ese legado.

-Yo también quiero muchas cosas, pero he de aceptar lo que tengo –escuchó de entre las sombras, donde un débil candil iluminaba una sección de su bien guardada colección de libros.

La archimaga estaba revolviendo en las estanterías, buscando y sorprendiéndose por la valiosa recopilación. Cada libro que cogía era una joya, y el siguiente merecía una atención mayor al anterior. Se detuvo, consciente de que la dueña de aquellos volúmenes la contemplaba con evidente disgusto.

-Te felicito, tienes un gusto exquisito –dijo con su voz telépata a la enfurecida sangrante.

-Podías haberme pedido permiso, para variar –gruñó Maljeta acercándose y volviendo a colocar las preciadas obras en su sitio.

-Soy la archimaga de Tamtasia y…

-Eso no te da ningún derecho a hurgar en las cosas de los demás –hubiera deseado sacarla a patadas de allí, pero debía reconocer que Testadurra era un rival imposible de afrontar, la había visto en acción y su poder desafiaba a cualquier razonamiento. Solo la soportaba porque Hurtadillas le había hecho prometer que no entraría en conflicto con ella y no quería agraviar a la elfa, la respetaba demasiado para discutir con aquella arrogante mujer.

La maga alzó una de sus cejas, comprimiendo la otra en un gesto de animadversión que no podía ocultar. No se tenían ninguna simpatía y aún no comprendía la razón por la cual no se había deshecho de esa molesta sangrante, pero debía reconocer tenía una biblioteca maravillosa y solo por ello, pues sabía ocultaba muchos más libros, sería paciente y una vez descubiertos sus lugares secretos, tendrían una última y calurosa discusión.

De mala gana salió del carromato. No se miraron a los ojos al cruzarse ni se despidieron con palabras, no eran necesarias, no entre ellas.

Maljeta se relajó, tocándose su larga melena pelirroja, acariciándola como su madre solía hacerlo para intentar eliminar toda tensión en su cuerpo. Recogió los demás libros que había esparcido la anterior visitante y se decidió a recoger el que llevaba entre sus manos. Pero antes quitó el paño y volvió a leer el título: Oxímoron.

“Muy apropiado para esa belicosa morena. Luz y sombras conviven, veremos quién prevalece en su interior. Es como yo y ni siquiera se ha dado cuenta aún”.

Se metió en su confortable encierro con varios libros elegidos al azar y cerró la tapa. No quería saber nada más del mundo exterior, hasta la noche siguiente.