lunes, 25 de marzo de 2013

CUENTOS Y CUENTAS (3ªPARTE)



Habían llamado en la puerta trasera de la casa, la sirviente de mis padres Contodosigo, no tuvo ningún reparo en atender al tendero, quien todos los días traía las provisiones frescas acordadas. A final de mes, mi padre Trapolimpio se acercaba a su establecimiento, finiquitando la deuda y vuelta a empezar en un nuevo mes, todo era como un reloj cuidadosamente controlado, sin lugar para sorpresas ni emociones. Rosapiel, mi madre, se ocupaba de mis hermanos menores y mi hermana mayor, la cual estaba en relaciones con el hijo de un conocido mercader, hacia las veces de ama de llaves. Le gustaba el orden y la pulcritud, comprobando por todos lados las cosas estaban a gusto de la familia, eso era decir tanto como a gusto de mi padre, pero mi madre en los asuntos de la casa, siempre tenía la última palabra.

Como era habitual, discutían si debían cambiar las cortinas del salón o no. Era una cuestión de suma trascendencia, pues la vida social se llevaba allí y quienes visitaban mi casa, eran gentes de alta sociedad. las cuales en su vida nada habían hecho para esforzarse en salir de su rutina diaria, complacían en aspectos tan vanos como el color de un paño o la vestimenta de tal persona.

Yo permanecía en la cocina, dispuesto a emprender la jornada laboral de revisar balances y hacer cuentas. Ignoraba cuando iba a hacer su aparición Cantabulla, bastante preocupación tenia con las consecuencias que podría acarrear esa visita y la fiel Contodosigo, advirtió mi nerviosismo.

-Estas muy remolón con tu desayuno, ¿te ocurre algo? –tenía la confianza suficiente para indagar en mi vida. De hecho, servía allí antes de nacer yo y formaba parte de nuestra familia, desde antes de haberse casado mis padres, pues pertenecía al servicio de mi madre y fue cedida como regalo por mi abuelo de su propia casa. A todo decir no era una esclava, sino una persona libre y cobraba por su trabajo, el cual nadie dudaba era siempre bien realizado. Excelente cocinera y mejor persona, era para mi una segunda madre a quien acudir, cuando la primera estaba demasiado ocupada con el resto de los habitantes de esa controlada vivienda.

-No. Solo estaba pensando –dije para calmar mi propia intranquilidad.

-Pues piensas mucho y comes poco. Acaba con la leche y trágate todo lo demás, hay que empezar el día bien alimentado.

-Sí, “mama” –conteste con la sorna de quien juega.

La sirvienta me miro con agrado, asintiendo mi respuesta en una clara negación. Era una mujer mayor, pero fuerte. Venia, según contaban malas lenguas, del norte; de las tierras bárbaras, decían las gentes, como si aquello fuese un insulto. Para mí, era la mejor persona del mundo y nadie me haría cambiar de opinión. Me importaba un rábano de donde procediese. 

El timbre de la puerta principal sonó esta vez. Para sorpresa mía, el sonido fue diferente al de siempre, quien tocaba este disfrutaba de un sentido musical que hacía imposible evitar escuchar esa llamada.

-¿Quién será a estas horas de la mañana? –la criada salió presta para ver quien osaba turbar el cotidiano desenlace de aquel día.

Mi hermana llegó antes. Estaba intrigada por descubrir el responsable de haber dotado a la campana de tamaña elegancia en su toque. La puerta se abrió, con una intensidad que a mi me pareció diferente a la de cualquier otra circunstancia. Dos sombras destacaban contra la luz de la calle, inundado esta el ancho vestíbulo con su destello.

Rosalimpia tardo un instante, el de sus ojos de acomodarse a esta intrusión, en reconocer a quienes se acomodaban en la entrada esperando ser recibidos.

-¡Maestro Cantabulla! Es un gran honor recibiros en mi casa, ¿en qué podemos serviros? –dijo con cuanta desenvoltura pudo reunir. La presencia de aquel bardo en su casa, era como si el propio emperador hubiese emprendido tal acción. Mi familia era respetada, pero por tenderos y comerciantes, no por gente noble ni artistas consagrados.

-Me habéis reconocido, ¡que desilusión! Esperaba presentarme como una persona cualquiera y así deseo me tratéis. Mis títulos nada importan, no estoy aquí en un acto oficial, solo es un asunto particular del cual deseo hablar con urgencia.

Mi hermana no pudo disimular su sorpresa, fue entonces cuando se percato de la presencia de la segunda persona. Una muchacha, vestida con distinción, se encontraba a su lado y miraba fija al interior del vestíbulo.

Era Finasilla y sus turbadores ojos clavaron su daga en mi corazón. Si vestida con sus trajes de saltimbanqui era digna de atención, ahora dudaba cualquiera otra dama de la corte en Gran Capital pudiese disputarle el título a la más bella. O eso al menos, me pareció en aquel instante mágico.

Llevaba el pelo oscuro muy corto por los lados. Un flequillo, en apariencia descuidado, caía sobre su frente, ensalzando aún más aquellos encantadores ojos. Estaban rodeados por una pequeña sombra color verde y los enmarcaba como una obra de arte. Dos coletas se entrecruzaban, sosteniendo el más largo cabello de su espalda y evitando este traspasase el límite de esa hermosa nuca, la cual apenas me habían dejado ocasión de ver.

El bardo presento a aquella mujer como su ayudante y ambos fueron introducidos al salón, donde mis estupefactos padres aguardaban tan insigne visitante.

Finasilla no hizo intención de mirarme más y con gentil cortesía acepto el asiento que mi padre cedió a quien consideraba dama de abolengo. Nada tardo en ensalzar la decoración del lugar y ganarse el aprecio de mi madre con sus lisonjas, se comportaba como alguien de la realeza. Sospechaba aquello no era sino una extensión de su vida de artista, representando un papel del cual ella, no tenía nada que ver.

-Maestro, ya me diréis el asunto de vuestra visita. A decir verdad, estamos perplejos por vuestra inesperada atención -. Mi padre frotaba su mentón, señal inequívoca de que se encontraba fuera de lugar. Siempre lo hacia cuando se sentía inquieto.

-Bien, me gusta ser directo. Un artista ha de serlo, si no perdería todo su misterio –el bardo se acomodo junto a mi padre, dispuesto a entablar un duelo por mi.

-Vuestro hijo merece de mi atención. No he visto tal predisposición en un arte como la de Trapopiel, ni puedo permitir esta se mal pierda, una vez conocida.

-¡Mi hijo, un artista! pero eso no puede ser. En mi familia jamás ha existido un precedente de nadie dotado para ningún arte, permitidme os diga habéis confundido la dirección, de seguro os han tomado el pelo, si me permitís ser tan franco.

Mi madre se removió. Reconocí al instante el deseo de intervenir en la conversación, pero mi padre siguió hablando de las cualidades innatas de su hijo, del dominio sobre la aritmética y la fidelidad al cliente, de unas respetables formas de ganarse la vida, sin la intempestiva vida ambulante ni la incertidumbre de saber si cuanto crea será bien aceptado o no.

Cantabulla rio. Lo hizo sin malicia alguna, aunque mi padre se molesto por aquel comportamiento tan espontaneo. Cuando termino, los ojos le lloraban y tuvo que secárselos con cuidadoso esmero.

-Perdonad. Los asuntos cotidianos siempre me han parecido tan triviales e innecesarios para la vida verdadera, que no puedo evitar reírme por esa insensata consideración.

-Os creía una persona más sensata, maestro Cantabulla. La verdad, no se que pensar de vuestras palabras.

-Mis palabras no importan. Importan los hechos y estos son lo suficientemente elocuentes como para tener la osadía de llevarme a vuestro hijo de aquí, cuanto antes mejor. Respeto vuestro trabajo, no me consideréis insolente por ello. Es esa burda apreciación de la vida, la cual no puedo tolerar.

-¿Os atrevéis a juzgar mi forma de pensar? Mi hijo no se moverá de aquí y llamaré a la guardia si es necesario, me importa un bledo si sois el famoso Cantabulla o no. Si es necesario yo mismo os echare a patadas de aquí –mi padre estaba rojo de enfado, parecía fuese a levantarse y emprenderla a golpes con todo.

-No podría esperar menos de un padre por su hijo, eso os elogia. No pretendo causaros daño alguno, ni ningún mal a vuestra familia. Sois un hombre honrado y de fuertes convicciones, no lo dudo, pero corréis un grave peligro. Muchacho, canta una estrofa de tus libretas –le arrojó estas a su regazo con notable maestría- y cuando te ordene callar, lo haces de inmediato.

Finasilla estaba tensa. Preparada a saltar si era necesario, mirándome con esos ojos poderosos, como el día anterior y preguntándome el secreto guardado tras estos.

-¡Mis libretas! Me las birlasteis, sois un truhan, Cantabulla. Pretendíais acaso apropiaros de mi trabajo.

-Canta hijo mío. Tengo curiosidad por conocer tu habilidad. Canta –mi madre me sorprendió por aquellas palabras. Se había levantado tan rápida como sus piernas le permitieron y ahora me cogía por la mano. Una extraña luz iluminaba sus ojos, como una sospecha la cual veía ahora cumplirse sin remedio.

Me sentí impresionado por el ruego de mi progenitora. Estaba enfadado con el bardo y su acompañante, se habían apropiado de las libretas donde guardaba mis composiciones. Lo consideraba algo personal, como un diario, en el cual recopilaba emociones de todo tipo, que me resultaban imposibles de comentar a viva voz con otra persona. Era como si hubiesen robado mi alma.

Decidido a demostrar mi valia, abrí uno de los cuadernos por cualquier lado. Una estrofa al azar, fue la elegida. Carraspee un momento, aunque no lo necesitaba. Si debía dar empuje a mi actuación, también debía tener al público expectante a mi inicio.

Cante. Una palabra tras otra, cerré los ojos al pronunciarlas, sentí como vibraban mis cuerdas vocales y el poder de estas se expandía por todo el salón. Ahora no necesitaba seguir leyendo, conocía aquella composición y esta se extendía en mi mente, debía dar rienda suelta a este y no ponerle límite alguno.

-¡Calla! –escuche. Había sido Cantabulla, pero ignoré su mandato y seguí cantando. Solo unas palabras más-, ¡calla! –volví a escuchar, esta vez parecía más una súplica-, ¡calla de una vez! –gritó, ahora eran unas palabras dolorosas brotando de una garganta agónica. 

Alguien me tapo la boca con brusquedad. Abrí los ojos y vi a Finasilla abalanzada sobre mi, caímos por su empuje al suelo. Su mano era fuerte, apretaba mi mandíbula para evitar saliesen nuevos sonidos por esta, aunque evitó hacerme demasiado daño. Me miraba con horror y compasión, e incluso una lágrima surcaba su rostro, esta brillaba en su piel tostada, suave y tersa. Tan cerca de mí que su aliento agitado me golpeaba la cara.

-¡Por los cielos, muchacho! La próxima vez, obedece cuando alguien te lo diga o nos mataras a todos –exclamó con dificultad- ni siquiera has llegado a cantar dos líneas y has puesto tu empeño en ello. 

La chica soltó a su presa y lo levantó. Se desprendió de unos tapones en los oídos y respiro aliviada por librarse de ese impedimento auditivo. Vio entonces a sus padres desmayados, su hermana también yacía en el suelo caída, parecía sufrir espasmos y el bardo la atendía como mejor podía. 

-Mi querido Trapopiel, ahora comprenderás el drama de tu voz y el por que me encuentro aquí. Y la necesidad de que vengas conmigo –dijo Cantabulla, quien había confirmado sus temores sobre el joven.

domingo, 10 de marzo de 2013

COLORES



Abrió los ojos, el azul del cielo la recibió acogedor como siempre. Era un color que le agradaba, el recuerdo de una paz, la cual no había vuelto a conocer desde el principio de su existencia, se hacía evidente en aquel breve instante.

Los colores tienen magia. Desprenden calor o frio, sentimientos de toda clase y se siente por ellos una inclinación, por unos u otros, incluso defendida con palabras o hechos, habiendo incluso quienes los adoran, como representación de algo muy por encima de cualquier entendimiento.

El azul la transportaba lejos de allí, a una época en donde no era sino una niña, ignorante de acontecimientos futuros, en un mundo duro e implacable donde nunca sería bien recibida. Aún así, sintió un cariño olvidado y reprimió una de aquellas extrañas lágrimas que muy de vez en cuando, afloraban en sus ojos inquisitivos.

Los recuerdos gratos también eran dolorosos al mismo tiempo. Recordaba las olas de un mar olvidado, el contacto con su agua y la sensación de felicidad que en aquel momento le embargaba. Aquel techo de cielo, en un día extraño por estar despejado y permitir ver la belleza de esa cúpula, llamó su atención. Era hermoso y parecía saludarla en su escasa felicidad, complaciéndola al enseñarle cuan maravilloso sería poder contemplarlo siempre que lo desease.

Ahora podía, e incluso permitía que nubes surcasen ese azul, con sus blancos y grises enturbiándolo, constituyendo una visión placentera el verlos marchar, unas veces lentos; otras arrastrados por los vientos, cambiando de forma y deleitándola en ese baile imprevisible, con sus múltiples variantes.

Todos los días, con el sol de Tamtasia mostrándose en el nuevo horizonte, cambiaba para ella. Azules intensos, de muchos matices, los cuales solo el ojo experto de aquella mujer comprendía sus gamas, siempre en constante renovación.

Estaba tumbada, cuan larga era, en la tierra. Cualquier lugar de su patria era bueno para observar ese espectáculo y se enorgullecía de aquel cielo seria visto por todos sus habitantes. Todos alzarían su vista hacia arriba, unos preocupados por cosechas, otros por el simple hecho de verlo como ella; los más, para saber si aquel día era propicio para sus intenciones.

Algunas veces, otros colores invadían ese tejado. Rojos y amarillos, provocados por la luz del sol, enmarañaban la cubierta y difuminaban con todas sus variantes, el autentico dominio del azul. Pugnaban con este en amaneceres y atardeceres, unas veces se alzaban triunfantes, pero el eterno color volvía seguro al nuevo creciente, imponiéndose como el verdadero señor de las alturas.

Le encantaban esas disputas, pues enriquecían en su lucha la bóveda celeste, cubriéndola con un fresco de tonos que de otra manera pudiera amenazar ser monótono. Ella sabía todo estaba en constante lucha, no podía evitarlo. Todo se quería imponer a lo contrario, todo cambiaba, en continua evolución.
 
El azul le gustaba, era un buen color. Aunque algunos le discutían como dueño también de los mares, ella lo refutaba. La primera vez que vio este, era verde; verde esmeralda, no azul. No era el color de los mares, ellos se lo habían dicho, serian como ella quisiera y si decía eran verdes, ese color tendrían. 

“No, no es color de mar. Te pertenecen los cielos y en ellos te encuentras” pensó con absoluta determinación. Entonces el sol empezó apoderándose con el resplandor de cuanto se encontraba junto a este. Le llamó su atención, aquel día tenía una suave tonalidad amarilla, aunque sabia en su origen es una inmensa bola ardiente blanca, de luminosa apariencia, el amarillo la cubría como una capa, como si se avergonzase de mostrarse cual era y engañase a los sentidos con su caparazón fingido.

El amarillo también le cautivaba, era un color cálido y menos agresivo que el rojo, el más hiriente de todos. Aquel astro también tornábase en ocasiones, fogoso e intolerante, rojo en toda su extensión, guerrero e incapaz de dominar su propia furia. Lo apreciaba más cuando el suave amarillo lo domaba y lo hacía más sosegado, aunque siguiera disponiendo de todo su poder, sin renunciar a este jamás.

Sabía no debía intentar cambiarlo. Era así y seguiría siéndolo hasta el fin, a pesar de que ella no disfrutase de esos momentos en los que mostraba colérico y pudiera modificarlo, comprendía no era designio suyo, sino de algo mayor por encima de ella, quien lo había hecho así. Debía ver pues, ese rojo como propio de su existencia.

Había quien sentía menos predilección por ese color. Recordaba el fluido vital de la vida y verlo derramarse, la entristecía. Los seres vivientes procuraban mantenerlo en sus cuerpos, evitar este se perdiera y empapase a su alrededor con esa funesta marca. Si, el rojo era un color preocupante, en todos los sentidos y le costaba admitir que este siguiese existiendo, pero era necesario y como tal, ella debía plegarse a esa necesidad.

El rojo era pasional, arriesgado y atrevido. Inflamaba la mirada de quien se detuviera a verlo, lo llenaba con las insinuantes promesas de fuerzas que clamaban fuesen escuchadas. Formaba parte misma de la naturaleza de los seres y no podía evitar se sintiesen atraídos con vigor por esa esencia misma, incomprensible para todos, más no para ella. Dominaba sus instintos con severidad, aunque en ocasiones pareciese se dejaba llevar por impetuosas intenciones, siempre tenia todo calculado.

En cuanto al amarillo, era el rojo dominado, el símbolo de la propia tierra. Lo contemplaba en los propios campos de cereales, cuando se alzaban maduros para recogerse; lo veía en infinidad de frutos, que en dicho color, imitación de un dorado opaco se mostraban para ser degustados. Era la conclusión, el final de una etapa. El color donde las criaturas, más placenteras sentían el calor. Calor, color amarillo; es energía y fuerza controlada, lo prefería sin dudar, al indómito rojo.

Entonces fijó la vista en su propia ropa. El color verde, el que siempre portaba en cualquier lugar y condición, aquel color de mar quedó dentro de su memoria, como una cuchillada sin filo, para retenerlo como su mayor aliado en todo momento.

El verde le proporcionaba paz, serenidad. La hacía más asequible a cuantos encontraba en su camino, lejos del frio azul, el rojo sangriento o el amarillo solemne. Era un color conciliador, que entraba por los ojos de quienes lo contemplaban, les hablaba de un mundo lleno de vida, siempre emergente y duro, al cual no se podía derrotar.

Le tranquilizaba ser su mayor defensora, portaba el color verde con un orgullo innato, como si fuese una propiedad a la cual todos mereciesen respetar. De hecho, así lo hacían, cuando llegaba a un lugar no era necesario preámbulo alguno, sabían quién era y sus intenciones. Había trabajado durante muchos siglos para que fuese así y se pudiera convertir, aún sin su intención, en alguna clase de símbolo.

En los Picoshuerfanos, su nombre era pronunciado con reverencia, e incluso se utilizaba una forma verbal en el cotidiano hablar, evocando su color. Era sinónimo de algo bueno, de crecimiento y protección, de un saber antiguo que los protegería.

En ello tenían una gran parte de razón, pero ella evocó ese verde por un recuerdo de felicidad, al cual sucumbió en un tiempo ya dejado atrás. En aquella época, todos le parecían iguales y no sentía una predilección por ninguno de estos. Tal vez, era más equilibrada su mente entonces y ahora se había dejado dominar por uno solo, respondiendo a este como compañero de penas.

Le gustaba y no con la pasión inflamada del rojo, era un cariño más profundo, no sujeto a un ideal ni enturbiado en propuestas ajenas. Difícil de explicar, era como si este hubiese existido porque ella existía, se complementaban, ayudando en mutua reflexión en cuantos impedimentos encontraban en su largo viaje.

Incluso los ojos habían adquirido aquel tinte de naturaleza viva. Unas veces eran fulgurantes luces pero en contadas ocasiones, un verde oscuro los teñía, presagiando el fin de algo, seña de advertencia para sus enemigos, quienes sumaban un número indeterminado.

Si se dejaba llevar por esa tonalidad ocasional, sabía sería capaz de cualquier hazaña. Pero las plantas de sus pies, a modo de alarma, le recordaban su sitio y quien era. El verde tampoco debía de ser su único color, aunque ella lo prefiriese ante el resto. Fue su decisión y comprobándolo en el tiempo pasado, no fue tan desacertada como pudiera intuirse.

Sí, los colores hablaban y le contaban cosas, cuentos de cuanto vieron y conocieron, la nutren con experiencias pasadas y hablan de cuanto pudiera acontecer. Saben de asuntos que están fuera de ser conocidos por ajenos a quien porta el verde y ella lo sabe. Escucha y calla las advertencias, las suplicas y los pesares. Oye las canciones, las aprende, las recuerda; le cantan para su exclusiva dicha, pues saben nadie más puede escucharles.

Ella debe ser justa con todos los colores, incluso sabe que el blanco debería ser su principal enseña, pues los reúne en su conjunto y es justo reconocerle ese valor. Pero en este único aspecto se muestra tozuda, es parte de su recuerdo y desmerecería ser quien es si lo rechazase. Los demás colores la comprenden, la respetan y omiten esa predilección. Seguirán hablándole hasta el fin.

Se levanta y dirige las seguras pisadas hasta su montura. Bellandante es una hermosa yegua élfica, blanca en toda extensión, incluso las crines abundantes que le bajan por su precioso cuello, están adornadas por ese tono.

Ve un objeto envuelto, su atención se deposita sobre el antiguo paño. Lo recuerda, siempre lo hará,  toda su superficie. Es negro, en su forma final, y siente estremecerse al comprobar esa ausencia de cuanto ella ama. Allí no hay nada, vacío de toda conversación y sin embargo, existe. No hay color en ese objeto, ninguno. Nada para amar, pero constituye parte de su recuerdo.

Desvía su mirada y vuelve a mirar al cielo. El sol en lo alto, alrededor cielo plagado de pequeñas nubes blancas; a sus pies un campo de trigo dispuesto a ser recogido y más lejano, campos con frutales llenos de manzanas rojas, quienes iluminadas resplandecen inflamadas, ansiosas de ser comidas; en el suelo la hierba acoge a los pasionales arboles, resguardándolos.

Todos y más aún, están presentes, conscientes de su presencia. Los admira y reverencia, aunque saben siempre será el verde su color, su bandera. Así lo ha dispuesto e igual la respetan en su elección, pues saben en el fondo, ama cuanto existe, a todos sin distinción. Fuera de aquella costra verde, en su interior, conviven e incluso el negro, tiene cabida en ella.

Consciente es observada, se deja contemplar y para hacer más propio aquel momento, cierra sus ojos.

jueves, 7 de marzo de 2013

SIN (5ª PARTE)



-Deberías levantarte –dijo Dedofacil en voz baja. Lavaconprisas abrió los ojos con sorpresa, la elfa ya estaba vestida, pero no como otras veces. Ahora llevaba una armadura de combate, sin elementos superfluos, sin adornos, salvo el pequeño emblema de Hierrocolado en una de sus hombreras. Lo miró un momento, con aquellos hermosos luceros que tanto le cautivaban, en ellos un atisbo de preocupación se atisbaba. Se conocían desde hacía diez años y una simple expresión resumía cuanto podrían decirse.

-Ponte la armadura, la buena. Hoy la vas a necesitar –se acercó al expositor donde esta yacía. El día anterior la hubo examinado y comprobado todo estuviese bien. Esperó junto a esta a que él se levantara perezoso, daba muestras de comportamiento más indolente al de otros días y su ánimo vislumbraba no estaba para chanzas.

-¿Recuerdas el primer día? Si te sigues mostrando tan remolón habré de motivarte de igual manera –la elfa lo observaba, rígida y tensa. Tenía los puños cerrados, amenazadores y sabía que con esas garras metálicas no iba a ser generosa.

Reconocía una advertencia, aunque fuera de su amada. Se vistió presuroso con la ropa indicada para soportar ese peso extra, ya había combatido con ella y sabía el esfuerzo que suponía llevarla encima. Todos sus movimientos se volvían más torpes, lentos e inseguros.

Pero se acostumbró a ese impedimento. Día tras día de duro entrenamiento, le había obligado a comportarse como si fuera desnudo. Siempre acababa empapado por el esfuerzo y dolorido en sus miembros, pero cada vez su habilidad se incrementaba.

Dedofacil le advirtió sobre los peligros de enfrentarse a un “sin”. El olor y la presencia de uno de estos seres, era para un miembro de Hierrocolado, algo atroz. Otro no perteneciente a la Orden no percibiría esa repugnancia ni el desagrado provocado por estos. Ellos intuían la verdadera forma, el ser auténtico que tras esa mascara de falsa humanidad se escondía.

Hasta ahora le hubieron evitado ese pesar, pero era hora de conocerlo. Todos los integrantes habían pasado por aquello, no existía otra opción, ni podían huir de cuanto eran y representaban. Su naturaleza era propicia para exterminar esa amenaza.

Trastoviejo no hubo necesitado realizarla. Lavaconprisas supo que este hombre ya había combatido contra esos enemigos, tenia sobrada experiencia en aquel tema. Hace mucho tiempo se le ofreció integrarse en esa hermandad, rechazando dicho ofrecimiento por tener una familia a la cual atender y por quien se sentía responsable. Ahora ya nada quedaba para atarlo al mundo normal, solo el deseo de acabar con cuantos “sin” pudiera.

Pensaba en todo esto mientras la elfa le ajustaba las piezas de metal alrededor del cuerpo. Comprobaba, una y otra vez, cada una de estas con esmero profesional. Cruzaban las miradas, el cariño mutuo se manifestaba en los roces y en el débil tacto que en apariencia azaroso, tocaban sus manos.

-Ya esta –concluyo la mujer. Se acercó a donde la vaina con la espada reposaban y la cogió, ofreciéndosela para que la ciñese a su cintura. Luego le entrego una daga, una maza pequeña con tachuelas de duro metal puntiagudas, un hacha de grandes dimensiones y el mejor escudo. Todo ello lo acomodó, tal como la elfa le hubo enseñado, para no molestarle en sus movimientos.

-Es la hora –se dirigió a la puerta, más antes de abrirla abalanzó su cuerpo sobre Dedofacil. Se apretó tanto a este que amenazo con asfixiarlo, aún llevando la armadura puesta. Tenía una fuerza hercúlea.

-Me vas a matar. Yo también te quiero, pero necesito respirar.

-Calla, bobo. No rompas este momento con tus tontas palabras –dijo la castaña acosadora.

Le dio un beso furtivo al cual no tuvo ocasión de contestar. Se libró de él y abrió la puerta con decisión. Afuera les estaban esperando.

-¿Esta preparado? –dijo con voz marcial Puercoespino. Junto a este se encontraban también Tiernocorte, RamdelNorte y los gemelos, todos ellos con armaduras y gesto serio.

-Lo esta –contestó rauda separándose del candidato y colocándose detrás de los demás.

-Hermano Largasiesta, has recorrido el camino fácil. Ahora ha llegado el momento de saber el metal del cual estas forjado. Sígueme –Puercoespino empezó a caminar, el aspirante tras él y los demás en silencio les seguían.

Nadie le había comentado donde llevarían a cabo esa prueba. El esperaba saliesen en expedición a un sitio en el cual lucharía contra uno de esos monstruos, pero ninguno portaba mochilas o impedimenta para viaje alguno. También podrían estar todas las monturas afuera, ya preparadas con cuanto fuese necesario, eso lo tranquilizó, le daría más tiempo para relajarse y tener las ideas claras.

Se acercaron hasta cuando la pared finalizó, en el largo pasillo donde se encontraban la mayoría de las estancias en las cuales convivio aquellos años. Estaban de cara a un muro de piedra lavada y allí no había muestras de poder continuar en esa dirección.

Puercoespino levantó la mano y golpeó la piedra en unos lugares determinados. Nada pasó en un primer momento, más luego se escucho un crujido y una abertura del tamaño apropiado hizo aparición ante ellos.

Ninguno hizo un comentario, siguiendo por esta y descendiendo unas escaleras de caracol bien iluminadas. Tras bajar un buen trecho, accedieron a una sala enorme. Era una estancia descomunal, con grandes pilares que sostenían un techo rico en detalles, escenas que representaban pasajes indeterminados, se precedían en una línea continua hasta perderse en aquella vasta habitación.

Largasiesta se detuvo, extasiado por cuanto a sus ojos se ofrecía. Uno de los gemelos le empujo de forma benévola, reconociendo la falta de este por parar su marcha e incitándole a continuar.

Los demás aguardaban tras la Primer Caballero. Soloconbrasas miraba en callada reflexión como se acercaban hasta su posición. Tan solo Trastoviejo se encontraba apartado, al lado de una enorme caja llena de grabados que no pudo reconocer.

-Acércate, mi querido Largasiesta –habló con carácter informal la máxima autoridad de la Orden. El muchacho, pues aún era joven comparado con los demás, aproximó sus pasos hasta situarse ante ella.

-Aún dispones, de acuerdo a las leyes no escritas de nuestra Orden, de una oportunidad para volver atrás. Si así lo crees necesario, puedes irte. Tan solo se te exigirá la solemne promesa de no revelar dato alguno sobre nosotros, ni nuestra procedencia, ni nuestro número, ni nada que concierne a cuanto has conocido de Hierrocolado.

Observó el rostro de aquella mujer. Aquel día estaba más radiante, con su sempiterno mechón blanco cayendo indomable sobre la frente, con ojos brillándole en una emoción contenida por los acontecimientos que sobreviniesen. Había determinación en aquel gesto y la seguridad contenida de quien obra como debe.

-Yo tengo un deber que cumplir, aunque no sé si seré cuanto esperáis de mi. No quiero avergonzar a mi maestra, ni al resto de sus miembros que tan bien me han tratado –miro a Dedofacil, pero en ese momento todas las señales compartidas durante tan larga estancia no se reflejaron en la inamovible faz de la elfa. 

-No temas la vergüenza, si esta es sincera. No hay en ello humillación alguna, pero has de estar seguro de tu paso, ninguno podemos decidir en tal cuestión, eres dueño de tu vida. ¿Qué decides?

Pensó en su llegada, en la luz que le deslumbró y nunca más volvió a ver. En su origen y el significado de esta, no tenía respuestas y no se sentía capaz de conocer la pregunta adecuada para resolver ese enigma. Deseaba combatir por ella, nada más.

-Me enfrentaré a esa “cosa” cuando sea necesario –dijo con determinación.

Soloconbrasas no pudo evitar una fugaz sonrisa, más la severidad de aquella decisión se impuso-: Formad el círculo –gritó con decisión.

Todos se colocaron en las marcas sutilmente dispuestas en el suelo de aquel lugar. Era una esfera perfecta, rodeando la caja donde Trastoviejo aguardaba. Largasiesta quedó enfrente de esta en una marca preparada a tal efecto, llevaba el hacha asida con fuerza en la mano derecha y el escudo dispuesto para enfrentarse a lo que fuera contuviese la inusual caja.

“Ya no hay vuelta atrás, no la hay. A ver como te comportas ahora” pensó en aquel breve instante, mientras el aguerrido miembro de la Orden manipulaba la caja y se colocaba en su posición en el circulo.

-Es un duelo a muerte. Solo uno puede quedar, si no acaba con el “sin” e intenta huir, matadlo –Soloconbrasas fue estricta en sus palabras, se refería a él. Lo matarían, si dudaba en su cometido, serian capaces de acabar con su vida.

Las espadas salieron de los cintos, la enorme hacha de RamdelNorte giró en sus habilidosas manos, junto a las armas del resto de miembros de Hierrocolado. 

Cruzó una última mirada con Dedofacil. Reconoció en su gesto pesar y un sufrimiento que hasta entonces no había podido definir. Sufría, por él y por aquel contenido, el cual iba a revelarse.

La caja desapareció y el horror se presentó, cara a cara.

lunes, 4 de marzo de 2013

EL BAILE DE LAS OLAS (1ª PARTE)



Rió, rió como nunca con la expresión del muchacho. Los ojos de este estaban congestionados, enrojecidos como las brasas de una hoguera moribunda; el resto de la cara era un poema de difícil composición, con la lengua fuera escupiendo cuanto quedase en su boca, para desprenderse de aquel sabor inaudito.

-Es asquerosa –dijo con desagrado, no recordaba haber bebido algo así en toda su vida. Era la peor agua del mundo.

-Jovenzuelo, tu conocimiento es nulo acerca del mar. ¿Tu madre no te ha enseñado nada? –expresó aquel hombre con la cara curtida por una larga existencia a la intemperie y esa mirada dura, pero tierna, de quien comprende y no juzga.

Había enviado al único hijo con el último de sus parientes vivos. Un hermano de su abuelo, rudo e intempestivo, como aquella extensión de agua a la cual saldría cada día con él a pescar.

-Es agua salada, la sangre de la tierra llevada por los ríos desemboca aquí y el agua dulce se transforma en esta inmensidad, a la cual has de respetar y amar, aún cuando ella siempre intenta arrastrarte y ser tu perdición. No debe ser bebida, pues lleva a la locura y la muerte. Así es el mar, agua para no beber; superficie, para no ser cruzada; cielo que cambia, cual humor de hombres, para desesperarlos. Pero si la comprendes, te lo dará todo, comida y riquezas, pues atesora muchas más de las cuales te puedes imaginar.

-Es horrible y además me marea ir en esta pequeña barca. Tengo arcadas y mucha más sed aún –el tío abuelo ceso en su sonrisa y alargó la mano para darle la cantimplora.

-Bebe anda, ser de sangre dulce, si no fueras hijo de mi escasa parentela te arrojaría por la borda en este mismo momento. La debieron engañar cuanto te parió… no sé si mereces te cuente el secreto de estas vacaciones conmigo –dijo mirándolo con la barbilla elevada. Robusta y con una cicatriz que la recorría perpendicular, impidiendo en aquel trozo asomase la entrecana barba.

-¿Qué secreto? –la sed pareció desaparecer de inmediato y los ojos, antes inflamados, chispearon con el deseo de la aventura.

-Necesito ayuda de unas manos fuertes. Debajo de nosotros, en algún lugar de este mar, hay una ciudad sumergida y en ella… –se detuvo, como si esa revelación pudiera suponer un gran esfuerzo para él- …en ella, algo de notable interés para una amiga mía, si lo recupero me ha prometido colmarme de riquezas o algo parecido –no recordaba con exactitud ese pacto, pero sin duda era algo bueno por lo cual esforzarse.

-¡Un tesoro! ¿Tienes un mapa del tesoro? 

-No. Solo tengo esto, la Dama Verde siempre es un poco rácana en esos aspectos, Dijo que así me divertiría más –le enseño un pequeño objeto. Una cápsula de cristal, de extraños colores, en cuyo interior pequeños destellos la iluminaban.

-¿Y eso que es? Es bonito, pero no veo la utilidad de ese regalo –lo cogió entre sus manos, era pequeño más transmitía una sensación cálida al tocarlo, como si poseyese energía propia.

-Aún no lo sé. Pero la Dama Verde no miente nunca y me dijo funcionaria cuando llegase al lugar exacto –se calló. En su pensamiento vinieron los más de cincuenta años intentando averiguar cuál era ese sitio.

-¿Quién es esa Dama Verde? ¿La conozco? No será amiga de mama, son todas unas cotorras de cuidado y solo cuentan mentiras. Muchas y todas seguidas.

-Ama al mar, aunque su amor se reparte por cuanto existe. Si te oyese hablar tan mal de su amiga líquida te cogería de las orejas y… -la melancolía le invadió, no la había vuelto a ver desde la entrega de ese artefacto. Era hermosa, la criatura más maravillosa  la cual sus pobres ojos habían contemplado.- Mañana empezaremos su búsqueda, es hora de volver, se avecina tormenta. Ya veras, será un buen día.

El agua agitó la barca, amenazándola con oleaje cada vez más fuerte. Nubes negras asomaban en el horizonte y un viento inquietante les azotaba. Parecía contradecirle la bondad de aquel elemento, pero lo conocía como su propio cuerpo y sin temor alguno llego a la orilla y saco al maltrecho chico. Había vuelto a marearse, su cara desencajada le sugería nunca sería un lobo de mar como él. Nunca gozaría del favor de la Dama Verde.

Lejos de ellos, una figura los observaba. Una mujer de cabellos dorados y unos intensos ojos verdes, como toda su ropa. Ojos de verde mar.

Al día siguiente la fuerte tormenta ya había pasado, los restos del feroz viento y la lluvia se encontraban dispersos por la arena de la playa, justo al lado del fondeadero, donde la gente de aquel pueblo pequeño tenía a buen recaudo las preciadas barcas. Eran gentes de pesca, sencilla en todas sus actividades y para ellos, el mayor tesoro eran aquellas pequeñas embarcaciones.

El hombre de pelo cano se afanaba en arreglar el pequeño desbarajuste del vendaval. Con las redes revueltas no podría faenar en las generosas aguas y conseguir el sustento del día y un poco más para comerciar con sus vecinos. Nunca venía mal ahorrar un capital por si el mar no se mostraba tan generoso.

-Ayúdame con las redes –dijo al jovenzuelo que miraba ese enredo con particular diversión-. No te quedes mirando como un pasmarote, si no me ayudas estaremos toda la mañana aquí. ¿Y no querrás perderte la búsqueda del tesoro?

Entre los dos pudieron hacerlo en muy poco tiempo. Con todo arreglado, lanzaron el bote al agua y navegaron hacia el interior. Llegado al sitio adecuado, le enseño a tirar las redes, estas acabaron sumergidas en las profundas aguas y se dispusieron a mirar una carta de navegación, que como todos los mapas de Tamtasia, poca información disponía.

-No se para que lo llevo. Pero me gusta mirarlo, solo hago uso de la intuición, en este mar traicionero es necesaria, más de lo que podrías imaginarte.

-¿No sirve la carta? Entonces qué sentido tiene llevarla –preguntó el muchacho intentando desentrañar la maraña de signos y apuntes inscritos por su dueño.

-Por seguridad, supongo. Aún careciendo de una guía, todo el mundo sabe ir a su casa, o al pueblo vecino e incluso más lejos, si es necesario. Es hora de sacar el cristal y veremos si tenemos suerte-. Lo saco de un pequeño bolsillo que llevaba en su pantalón, depositándolo en la mano, le dio varios golpecitos y esperó.

Al principio nada pasó. Una pequeña llama emergió del interior, sugiriendo una dirección concreta, esta se repetía, como la luz de un faro, con intermitencias entre los breves destellos. La volvió a guardar, miró hacia aquel sitio y empezó a recoger las redes.

-Pero… hace un momento las hemos echado y ya la retiras. Así no vamos a tener nada…

-Coge por aquí, pesa demasiado y no sé si podré con ella yo solo -le interrumpió a sabiendas de que cualquier explicación sería inútil. Llevaba años repitiendo esa escena y nunca necesitaba más de un  cerrar y abrir los párpados para tenerlas llenas. Sospechaba esta era una forma de agradecer sus esfuerzos, por parte de la enigmática Dama Verde.

El chico la cogió, la red estaba tirante, necesitando de ambas manos para poder izarla. Llena a rebosar, no comprendía en un momento esta estuviera en aquellas condiciones.

-El mar es generoso, muy generoso hoy, chico. Se ve acoge con agrado tu presencia. Aunque esa propensión al mareo no es una gran ayuda -Había percibido el aumento del malestar de este en sus ojos. No decía nada, pero los cerraba con frecuencia, intentando de esta manera eliminar su mal.

Con los pies llenos de peces y asegurado el pan de aquel día, no les quedaba otra sino entregar todos los esfuerzos a buscar aquel misterio que envolvía el pequeño cristal. Colocaron un pequeño mástil y una vela de cangrejo se hincho con favorable viento, era hora de partir hacia lo desconocido.