sábado, 15 de diciembre de 2012

LA DAMA AIRADA

Abrió los ojos, aún continuaba tumbada en su cama, ignorante de como podría acabar aquel día tan señalado. Apenas hubo podido dormir, preocupada por cuantos acontecimientos la habían arrastrado hasta aquel momento, estaba cansada e irritada, aunque esto último era tan propio de ella como comer o respirar. 

Se levantó pausada y perezosa, desearía con todas sus fuerzas seguir en aquella posición y dejar pasar esa mañana sin pensar ni desear nada, pero se lo había buscado y debía enfrentarse con valentía a sus actos. En Nosonlastantas, el colegio mágico de mayor importancia de Tamtasia, era esencial la puntualidad, si alguien aspiraba a un cargo en su consejo debía representar lo mejor en todos los aspectos y nunca faltaría a esas reglas, aún cuando incumplieran todos los demás con sus obligaciones.

Se miró al espejo, ojerosa y apática, el ceño juntado como era habitual cuando pensaba en sus compañeros, "panda de petulantes estúpidos" pensó sin dudar, se vio obligada a concentrarse para dominar esas cejas rebeldes y devolverlas a un estado de aparente tranquilidad. Le daban un aspecto de salvaje con el cual perdía toda su feminidad y ella era una de las mejores representaciones de la belleza. 

Decían, y nadie dudaba semejante afirmación, era una de las mujeres mas hermosas de cuantas se hubieron conocido en los registros gráficos del mundo. Ya cuando era niña destilaba frescura y vitalidad en cuantos empeños tenía, nunca tuvo que hacer uso de la magia para ocultar defectos o imperfecciones, ni necesitaba de sortilegio alguno para engañar ni aparentar. Era tal cual como se la veía y aquello aún despertaba mayor admiración, y por tanto, mayor envidia.

Se tocó su melena negra notandola enredada y rizada, señal de que su poder mágico se encontraba a su disposición. Pasó el cepillo para alisarlo y pequeños destellos de luz azul eléctrica centellearon al recorrer los delicados cabellos, debía de alisarlos cuanto pudiera para disimular su indefensión, con ello le daría ventaja frente a sus adversarios. Aquel día les enseñaría lo que significa ser mago y dominar las corrientes etéreas de poder.

Se lavó, mojándose la cara con agua helada para eliminar sus ojeras y la modorra que aún la invadía, debía de concentrarse en dar lo mejor de si misma. Volvió a mirarse al espejo, reflejó la imagen que esperaba, la de una mujer despierta e inteligente, una belleza esplendorosa capaz de cualquier empresa. Su ceño había vuelto a juntarse y tuvo que concentrarse de nuevo para separarlo. 
 
Era hora de vestirse, de forma sencilla pues era necesario aportar humildad, escogió un delicado traje azul, su preferido, para acudir al lugar donde se iniciarían los retos y se demostraría la valía de quienes deseaban ascender a tal honor. El corpiño mostraba sus encantos pero no enseñaba nada, no era mujer de provocaciones, mas a pesar de que su traje tapase el cuerpo, no podía evitar su índole femenina.

Dudó si tomaba el desayuno, pero al final decidió no comer nada. Tenía el estomago un tanto revuelto y no deseaba empeorar la situación. Una vez más se miró al espejo, y una vez más tuvo que esforzarse en hacer recuperar a su ceño el lugar correcto. “Condenada mala leche” pensó al ver su expresión una vez más turbada por su continuo enojo.
 
Con su compostura intacta, tal y como esperaba mostrarse, salió de sus habitaciones caminando sin prisa, pero sin pausa, debía recorrer un largo trecho hasta las instalaciones principales, el salón de los desafíos, donde se desarrollarían los enfrentamientos y pruebas. Todos la miraban, aunque se mantenía indiferente a las insinuantes observaciones y comentarios que escuchaba, no obstante procuraba mantenerse cordial con cuantos se cruzaban en su paso.
 
Llego al sitio indicando en el momento preciso, desafiante y radiante, esplendorosa y en apariencia, tranquila. Pero por dentro el estómago se le revolvía y ardía en deseos de salir de aquel lugar, a alguna plaza de Gran Capital, para deleitarse ver corriendo a los niños y contemplar el cielo azul sin otras preocupaciones. Sabia ocultar sus emociones, lo llevaba haciendo toda su vida, aunque el ceño habría vuelto al equivocado equilibrio que ahora no se molestaría en arreglar.

Contempló el escenario, lo había visto miles de veces, pero aquella vez parecía diferente. Era un espacio amplio, con salvaguardas en las columnas que bordeaban los límites de la ancha estancia para evitar accidentes, protecciones poderosas que impedían salieran los hechizos fuera de aquellos márgenes. Habían sido instaladas el día anterior y aún refulgían con intensidad en sus marcados trazos. Le parecieron interesantes, habría de estudiarlas en un futuro cercano. Recabar información y sobre todo de cualquier tipo de magia, era su oculta pasión.

A ella jamás le había interesado un puesto en el consejo mágico, lo que en realidad ansiaba era el acceso a la biblioteca de magia, cuyo único requisito para poder verla, era ser miembro de derecho de aquella antiquísima junta. Y aún más, se decía que el mismísimo archimago tenía a su disposición otros libros que ni siquiera los mismos integrantes podían ver. Aquello estimulaba su imaginación y el deseo de poder leerlos, no por aspiraciones de dominio, sino por puro conocimiento, en ello era leal a sus propias convicciones.
 
Ensimismada en sus pensamientos, el acto dio inicio. Había quince magos, además de ella, aspirando alcanzar ese honor, todos ellos mayores que esta jovenzuela de diecisiete años, toda una afrenta por su juventud a los ideales de que la mocedad es irresponsable e incapaz por tal hecho, de comprender las sutilezas de la auténtica magia.

Empezaron los enfrentamientos, por orden de edad y experiencia, por tanto era la última en demostrar su valía y hubo de esperar se aclarasen los demás duelos para tener lugar el suyo. Miró al tribunal, allí se encontraba Solocontiza, su protector, quien la había arrancado de las raíces de la miseria y la orfandad para darle aquella educación, y con ello una oportunidad. Sabía que no la miraría salvo cuando fuese su turno, debía de estar atento a su labor y no distraerse en su pupila, ya habían hablado bastante el día anterior sobre como debería comportarse y no angustiarse si en aquella ocasión no tenía éxito en su propósito. Aunque sabía que confiaba en ella y no dudaba sería capaz de afrontar los retos sin problemas.

Llegó su turno, no había prestado ninguna atención a los combates anteriores, le parecieron vulgares y aburridos, faltos de toda inspiración y gracia. Su oponente era un mago de reputación, como todos los demás, un tal Comeycalla que gozaba de cierta fama por sus preparados alquímicos. Eso no impresionaba a la muchacha, tan solo se limitó a plantarse delante del rival y esperar.

Comeycalla se concentró, satisfecho en su valía y buen hacer, para preparar su ataque, pero su oponente femenina no hizo sino mover un dedo y salió disparado contra las protecciones del otro lado de la sala, golpeándose contra estas y cayendo tan aturdido que el combate se dio por finalizado casi sin haberse iniciado.

“Aburrido, aburrido y aburrido” pensó la chica con gesto de consternación, esperaba algo mejor y la paciencia rara vez se convertía en una de sus virtudes. Salió del lugar del enfrentamiento con su entrecejo forzado y se recordó a si misma debía aliviar esa presión sobre su frente y hacer menos caso de sus retorcijones de estomago, producto de los nervios que la dominaban.

Se oyeron por todo el lugar murmullos incontrolados, pero no le importaba cuanto pudieran decir de su persona. Había hecho lo que debía cuando podía o lo que podía cuando debía, eso le era indiferente. Lo hizo y punto. Observó la mirada complaciente de Solocontiza y eso bastó para aliviarla.

Ahora solo quedaban ocho magos y de nuevo ella sería la última. Solo existía una plaza a cubrir en el consejo y la lucha sería feroz. 

Los seis primeros oponentes dilucidaron con prontitud sus diferencias. Tomaydaca, Buentiempo y Rasamasa fueron los vencedores, ahora le tocaba a ella enfrentarse a Doscuidados, un eficaz mago del fuego que parecía un poco más competente en sus labores.

Entraron ambos a ocupar sus posiciones, Doscuidados la miraba con un desprecio evidente, pero no tendría piedad alguna en machacarla si le daba opción. La muchacha movió su dedo y el mago dispuso una fuerte barrera que detuvo su primer ataque. “Interesante” pensó la muchacha, luego movió otro dedo y una incontenible fuerza aplastó al hombre contra la barrera, produciéndose un caso muy parecido al primer combate. “Aburrido y aburrido” reflexionó la chica mientras se alejaba victoriosa de nuevo.

Los murmullos se incrementaron, no le importó de nuevo, sus tripas seguían removiéndose y el ceño le turbaba, no lograba devolverlo a su original disposición. Tampoco le importó, no estaba allí para que la contemplasen, sino para que la aceptasen de una vez por todas. Sabia tenían grandes recelos de ella y gran parte de los magos en su contra desde un principio.

El consejo debatió durante un largo trecho. Sabía que urdían alguna trama en su contra y desearían perjudicarla, pero debían seguir las reglas o ellos mismos serian objeto de murmuraciones. Al final terminaron de discutir, contemplo la cara de desagrado de Solocontiza, algo debía de haber ocurrido para que este se enfadase de aquella manera.

 Pronto supo la razón, sería un enfrentamiento a cuatro bandas. Estaba segura que los otros tres la atacarían de forma conjunta para lograr echarla de la lucha por el puesto del consejo. Su ceño se apretó, la cara dulce y delicada se entorno en una máscara agresiva, la habían enfadado con sus intentos de sabotear sus derechos y no estaba dispuesta a dejarse manipular.

Ocupó su lugar, estaba concentrada en los movimientos de sus oponentes. El estomago había dejado de preocuparla y una única idea la dominaba, no tendría piedad si se veía obligada a ello. El pelo negro se encrespó, rizándose su melena. Sus ojos observaron las débiles corrientes de poder que pronto se convertirían en vendavales y se dispuso con todos sus conocimientos hacer frente ante aquella situación.

No había reglas para estos enfrentamientos, quien quedaba en pie era el ganador, siempre y cuando no se empleasen tácticas tan agresivas que dañasen o incapacitasen a los oponentes permanentemente. Eso sería sancionado y con dureza.

Sabía que habrían pactado entre ellos, uno de aquellos tres aseguraba su puesto y las prebendas que este suponía si los demás le ayudaban, a cambio este les facilitaría su puesto en unas futuras vacantes sin necesidad de ensuciarse las manos. Aquello le repugnaba y la enfadaba aún más. No le gustaba el juego sucio y sin embargo, tendría que lidiar en el.

Como supuso los tres atacaron a la vez, con diferentes magias y habilidades. Fuego, viento y hielo la envolvieron, pero estaba preparada y sin inmutarse deshizo estos como si no significasen nada y decidió acabar de una vez por todas. Movió su mano completa, un veloz movimiento y la empuñó como si fuera una lanza en dirección a sus adversarios. Nada pudieron sus escudos, ni sus protecciones, ni ninguno de sus amuletos, todos ellos se vieron impulsados con una violencia descomunal contra la barrera y la traspasaron cayendo con estrépito fuera de sus límites.

La muchacha se relajó, todo había acabado. Miró al tribunal del consejo desafiante, nadie se atrevió a reprocharle nada, aunque se alzaron voces diciendo que había usado una fuerza excesiva y debía ser descalificada.

-No he hecho sino defenderrme -aludió como toda justificación- y vuestrras prrotecciones no errán tan solidas como suponíais. No asumirré esa falta como culpa mía y solicito mi puesto en el consejo como me corrrresponde.

Esperallí se alzó en su tribuna, era el archimago en funciones, pues nadie había superado aún la prueba para acceder a ese puesto y este era ocupado de forma interina por el más viejo de sus integrantes. Parecía dispuesto a desafiarla, pero una mirada intimidatoria de Solocontiza le previno de que aquello tendría consecuencias. Se retuvo en sus intenciones y no tuvo otro remedio que dar por concluida la elección con la candidata como vencedora de aquellas pruebas.

La jovenzuela saludó como le correspondía y sin más que una breve mirada de agradecimiento a su tutor salió del lugar, bajo la consternación y protestas de un nutrido grupo, al cual ignoró sin más contemplaciones. “Divertido, muy divertido” pensó esta vez mientras se alejaba con sus pasos decididos.

Llegó de nuevo a sus habitaciones, se quitó el traje azul, lo guardó con reverencia y después de colocarse una ropa más cómoda miró al sol por la ventana, debió de esforzarse un tanto pues aquel lugar no era la mejor de las estancias y se convertía en una atribulada tarea discernir el orbe luminoso de entre toda la maraña de edificaciones. Era mediodía, aun tenía toda la tarde para ella, mañana acudiría a pedir sus nuevas estancias y haría valer su derecho para acceder a la biblioteca del consejo. Más valía que no le pusieran trabas o la enfadarían de veras. Recordó su ceño y se contempló en el espejo, allí estaba ella, Testadurra Durradeverras la futura archimaga de Tamtasia, con las cejas enervadas que no ceñudas. E intentando recobrar su compostura y su porte no tan habitual, cerró sus ojos.

viernes, 14 de diciembre de 2012

PASEOS POR FRÍAS TIERRAS (1ª PARTE)

Abrió los ojos, la ventisca hacía imposible mantener estos abiertos. Los copos helados golpeaban su cara con fuerza, impidiéndole alzar su rostro como quisiera para comprobar si seguía el camino correcto. A su montura le costaba trabajo caminar sobre la voluminosa capa de nieve y se incrementaba a cada paso de esta, haciendo imposible avanzar de una forma coherente en una dirección apropiada.

"Maldita nieve y maldita mi suerte" pensó Torsocorto, había salido de su pueblo en una mañana magnífica que se convirtió en una pesadilla al caer la tarde. Blancas nubes ocuparon la cúpula celeste y la temperatura bajó lo suficiente como para helarle las ideas, luego aquel viento racheado e inclemente era la guinda del pastel de su infortunio.

Su hija estaba enferma, la misma enfermedad que se hubo llevado a su mujer. La miseria era el caldo de cultivo idóneo y las cosechas fueron muy mal aquel año, apenas si les llegó para la mitad de este y eso administrando su sustento con una ración insuficiente, causa de que la pequeña Pecacorta yaciese débil y enfebrecida por la alta fiebre. La había dejado al cuidado de la familia vecina, con la promesa de darles una tercera parte del grano que consiguiese con las escasas pertenencias aún en su poder.

El medallón de mezcla pobre, una aleación con la mitad de oro y el resto de cobre, era su mayor posibilidad de conseguir comida. Luego llevaba una variopinta cantidad de artículos, todos ellos de desigual manufactura con los cuales esperaba conseguir lo suficiente para mantenerse hasta la próxima cosecha. Si la situación fuese apurada, incluso se vería en la obligación de desprenderse de su fiel caballo, el cual era su única garantía para poder labrar las tierras y lograr sobrevivir un poco más.

"Maldita tierra y maldito mundo" pensó con amargura, la pérdida de su querida esposa lo volvió hosco y triste, arrancándole toda la ilusión de continuar con su vida. Solo la mera existencia de su hija lo mantenía aún, en un débil hilo, en la realidad de la cordura. Un hilo que se desvanecería si esta llegaba a morir, no podía permitir aquello ocurriera, era su única esperanza.

Por eso continuaba, en contra de la propia naturaleza, desafiando a las inclemencias que ante él se disponían a evitar sus deseos. En su interior ardía la esperanza de poder lograr un futuro y ello le daba fuerzas, aunque su cuerpo seco por la hambruna estaba al límite de la resistencia física. Algo le permitía continuar, algo inescrutable, un fuego interior que le calentaba en aquella despiadada caminata.

Siguió durante largas horas, pero cada vez más, el agotamiento y el poder de la ventisca minaban su decisión de continuar. Un hombre puede quemar todas sus ilusiones como el combustible para seguir adelante, pero no son eternas sus energías y fue vencido por una implacable resistencia a que tuviera éxito en su propósito.

Cayó al suelo, donde la blanda nieve evitó que se fracturara algún hueso, pero no tenia ánimos para levantarse, desesperado se arrastró por esta mientras su caballo lo miraba debatirse en su triste final. Iba a morir y con él, su hija. Allí quedaría como mudo testigo de lo implacable de la vida, a merced de las bestias hambrientas, quienes le devorarían las escasas entrañas que aún pudieran servirles de entretenimiento.

Cuando ya se adormecía por el frio y el cansancio, escucho pisadas. Pero no tenía fuerzas para levantar su agotada cabeza, "ya vienen a darse el festín conmigo" pensó, desvaneciéndose a cuanto a su alrededor acontecía.

Cierto era, unas pisadas se acercaban hasta él, no eran de una bestia, o por lo menos esa consideración no se tenía quien acudió en auxilio del desventurado hombre. Una muchacha de muy blanca piel e intensos ojos azules, se movía sobre la nieve con soltura, casi ignorándola y en su rostro se reflejó la sorpresa de haber encontrado alguien en su camino. El caballo se asustó, pero la joven pudo calmarlo al coger sus riendas e intentar demostrarle con palabras extrañas que no suponía un peligro para ellos.

Cogió al hombre caído con soltura y sin esfuerzo lo depositó a los lomos de su caballo guiándoles por caminos olvidados en la noche oscura y terrible, los llevó hasta una bien acondicionada cueva, donde un fuego ardía para demostrar que en aquel lugar eran bienvenidos.

Depositó al agotado pueblerino en una confortable manta y le untó con ungüentos para hacerle entrar en calor, satisfecha con su trabajo cerró la entrada de la cueva con una descomunal piedra y espero a que despertase su invitado. Tenían muchas cosas de que hablar y ella siempre había sido curiosa. Se quedo sentada a su lado, mirándolo con atención mientras el caballo se dedicaba a comer el forraje que la extraña chica le hubo llevado como señal de amistad.

Torsocorto despertó, esperaba ver el cielo blanco y recibir el contacto helado de la nieve, pero en vez de eso se sintió caliente, arropado como estaba por varias mantas y admirando un techo de piedra que le sorprendió en primera instancia.

-¿Donde... donde estoy? -su garganta sonaba débil, incapaz de hablar más se limito a observar a su alrededor. Había un buen fuego que agradecía con una irremediable emoción, no había visto una fogata así de intensa desde hacía mucho tiempo. Les prohibían talar madera y tan solo podían conseguir calentarse con arbustos y ramitas que escamoteaban en sus breves incursiones por los extensos bosques. Al pie de esta, una chica joven se atareaba con un puchero humeante, olía a carne y el inconfundible olor de hierbas aromáticas con la cual se adornaba su presentación.

La chica tenía una espesa mata de pelo rojo, salvaje e indisciplinado, que le caía por su espalda como si fuera una capa. Parecía de constitución frágil, pero se movía con delicadeza y habilidad entre los cazos y utensilios de cocina que utilizaba. Lo miró con una expresión alegre, era hermosa con unos implacables y penetrantes ojos azules, hipnóticos, que obligaban a mirarla y prestar atención a cuanto ella dijera.

-Me alegro estés bien. Te recogí en muy mal estado y tuve que emplearme con absoluta dedicación a devolverte al mundo -la voz de la muchacha era dulce y ensoñadora. Parecía de alguien con una exquisita educación y seguridad en si misma. Cogió un tazón donde vertió una espesa sopa que llevó al lado del incapacitado hombre.- Toma, es caldo de carne. Te fortalecerá y mañana ya te encontraras en condiciones de continuar tu camino.

-No puedo pagártelo. No tengo dinero -respondió el hombre indeciso. El caldo de carne era un producto caro y él hacía muchos años que no podía permitírselo.

-Acaso te he pedido algo. Comr, es un regalo y los regalos no necesitan ser pagados -dijo la muchacha con un rostro aún más complaciente.

Se tragó todo el caldo en un momento, el calor de aquella comida le devolvía las ganas de vivir, ya podía sentir los efectos de aquel fuerte alimento en su organismo y este respondía satisfecho. Agradeció con un leve movimiento de su cabeza tan satisfactoria pitanza.

-Ahora descansa. Te prepararé un poco de carne para luego y cuando estés más recuperado, hablaremos porque un hombre se aventura a salir con tal mal tiempo, arriesgando su vida de una forma tan temeraria.

El calló, ahora no se sentía con fuerzas suficientes para dar explicaciones, pero se veía obligado a contar sus desdichas a aquella chica, aunque no pudiera hacer nada para solventarlas, era un consuelo que alguien escuchase estas.

Pasaron más horas, donde la joven mujer atendió con buen hacer al infortunado. Le dio de comer y le aseguró le daría un par de conejos e incluso un ciervo entero para que se lo llevase, ella no los necesitaba, estaba saciada. Estaba encantado con la generosidad de la extraña, tenía más corazón que mucho de sus vecinos y aunque no la conocía de nada, no podía dejar de sentir por ella una señal de alerta. Algo en su interior desconfiaba de tanta amabilidad, estaba seguro le pediría un precio por sus atenciones.

La pelirroja se acercó a donde el se encontraba, ya sentado, comiendo con avidez el suculento plato de carne bien asada que esta le hubo preparado. La ventisca seguía golpeando afuera con fuerza, ya seria mediodia, pero con la roca tapando la salida al exterior, solo el ululante viento se infiltraba a través de los resquicios de la entrada.

Se sentó a su lado, mirándolo con atención, aquellos ojos se clavaron con entusiasmo en su rostro macilento y supo Torsocorto llegada la hora de dar explicaciones. El fuego le calentaba y propiciaba una charla amistosa.

-Me preguntasteis la razón de mi partida con un tiempo tan malo. No hay otra razón que el hambre, mi hija se muere, culpa de la desnutrición y el frio. Las cosechas fueron malas y los impuestos excesivos, nos mantuvimos durante medio año con sobras mezquinas, aquello dio lugar a que mi mujer muriese... -aquí detuvo su relato, dolido por el recuerdo que ahora afloraba- ...y mi hija continua su camino. Soy un hombre desesperado que intenta salvar lo único que tiene y ve cómo se le escapan todas las razones para continuar viviendo. Por ello me aventuré, por conseguir unas migajas, las cuales permitirían pudiésemos seguir sufriendo un poco más, con la esperanza de un mañana mejor-

-Ya entiendo. La ley que estipula no se cobraran impuestos en malas cosechas ha sido ignorada. ¿No es así? -concluyó la muchacha asintiendo con gesto de preocupación.

-Este año y otros muchos, nos han cobrado más que lo convenido. Pero no podemos luchar contra algo así, soy un campesino no un hombre de armas, no tendría ninguna posibilidad si me alzase en rebeldía. Lo perdería todo y aunque casi no tengo nada, estimo mi vida como cualquier otra persona.

-¿Quién os gobierna en esta región? Soy extranjera y vengo de lejos. Desconozco estas tierras al norte del Mojamucho, aunque creó la ley imperial llegará hasta estos lugares.

-El rio Mojamucho está bastante lejos de aquí. Estas son tierras del Imperio, como muy bien decís, pero Gran Capital queda a mucha distancia, demasiadas leguas y los señores feudales imponen su ley sin prestar atención a ninguna otra consideración. Más al norte se encuentran las tierras bárbaras y siempre están temerosos con invasiones de estos pueblos, aunque yo nunca he visto ninguna. Los barbaros se dedican a su mundo y no sienten ningún interés por nosotros, o al menos eso creo.

-Tierras duras las de los barbaros. Muy duras -la joven parecía saber de que estaba hablando, dirigiendo la mirada al fuego como si intentase recordar hechos pasados en su memoria.- Y tenéis razón, los barbaros se ocupan de si mismos y nunca han tenido ganas de presentarse en estos lugares, los consideran débiles y sin ningún aliciente. Creo que vuestros señores abusan de su posición y os matan de hambre y frio, mientras ellos viven regalados y sin preocupaciones algunas. Son unos malos líderes y deben recibir su castigo, ahora me contareis quienes son y donde están,

Torsocorto la miró indeciso, esa joven debía estar trastornada si pretendía entrometerse en los asuntos de los nobles. Pero lo había tratado bien y se veía obligado a corresponderle, en sus alforjas llevaba un mapa de la región, uno de los artículos que deseaba vender, hecho de dura piel y donde se expresaba a la manera de Tamtasia, los lugares donde supuestamente se encontraban sus objetivos.

Todos los mapas de este mundo son inconexos, por alguna extraña razón es imposible seguirlos al pie de la letra, solo mediante intuición y pisando el terreno puede uno hacerse idea de donde se encuentra y a donde se dirige, por ello los mapas no están bien considerados y se pagan mal.

La joven se levantó, guardándose el mapa en su cinturón y se dirigió a un bulto tapado por mantas que deslizo con cuidado. Allí se encontraban una armadura completa y armas de diverso índole, ballestas, arcos, lanzas y mazas, espadas de una y dos manos, más otros utensilios diversos que no pudo identificar.

-Me ayudáis a ponérmela -dijo la pelirroja, aunque no necesitaba de su ayuda le parecía así aquel hombre compartiría su visión de la justicia. Era hora de poner en prueba de nuevo sus habilidades.

-No pensareis enfrentaros a ellos. Sois muy joven y sin experiencia, sois una mujer y ellos son cientos, tal vez miles de hombres armados, No tendrán piedad y por muy loca que estéis os darán muerte... o algo peor -Torsocorto se negaba a animarla con aquella locura, le caía bien la chica, pero no estaba dispuesto a dejar que la mataran.

-Sois un buen hombre y valoro eso más que el oro y otras riquezas. No estoy dispuesta a permitir que os hagan daño a vos ni a vuestra hija, ni siquiera al resto de vuestro pueblo o pueblos circundantes, ni a la región misma. Y no soy tan joven como aparento, ni tan inexperta como podáis creer. Ahora, os lo ruego, ayudadme con esta pesada coraza.

Habló con tal determinación que el labriego se vio inclinado a satisfacerla, ella le ofreció la coraza con una sola mano para que la sostuviera, al cogerla el excesivo peso y la confianza del hombre casi le hicieron caer, obligándose a sostenerla con todas sus fuerzas, entre sus dos manos, pesaba mucho, más de lo que estimaba al ver como la cogía la chica, para ella parecía fuese una pluma y esto le hizo dudar ante quien se encontraba.

-Y que sea una mujer, no supone ninguna diferencia -concluyó mirándolo con gesto amigable.

No sabía poner armaduras, por lo cual tuvo que atender a las explicaciones de la chica sobre como era su correcta disposición. Parecía saberlo todo sobre la lucha y cuando estuvo preparada, bajo aquella estructura de duro metal, se seguía moviendo como si todo ese conjunto fuesen sedas o estuviese desnuda. No le hubo supuesto traba alguna, cogió un gran mandoble al cual miró con confianza y lo depositó en la funda que dispuso a su espalda, luego dos espadas, una curva de extremado filo y otra recta de temible apariencia, cuyas empuñadoras estaban adornadas con unas exquisitas cabezas de dragón.

-Ya estoy dispuesta. Ahora solo queda que el sol caiga y podré empezar mi misión -expuso con total tranquilidad ante el nerviosismo del hombre.

-!El sol! ¿Por qué debéis de esperar? Podríais salir ahora mismo -inquirió con preocupación.

-Desgraciadamente, el sol y yo no nos llevamos demasiado bien. Pero ello no es causa para que me tengáis miedo ahora, os he dado sobradas razones para confiar en mi.

-No... no caigo. ¿A que os referís?

La muchacha se quito el guantelete y puso su mano sobre la del hombre. Era una mano helada, gélida como nunca había experimentado. Aquel varón aún no comprendía en presencia de que se encontraba.

-No se puede matar a lo que ya está muerto -explicó la pelirroja con sus ojos cubiertos por una sombra de tristeza, apartó la mano y volvió a cubrirla. Se dirigió hacia la roca y esperó a que la luz tenue del día desapareciese, apartó la pesada piedra con una mano sin esfuerzo y antes de desaparecer tras ella dijo:- Tenéis suficiente comida y leña para varias noches. Aún sigue haciendo demasiado mal tiempo para que salgáis del refugio, no sois mi prisionero, solo mi invitado. A partir de estas lunas muchas cosas cambiaran en esta zona, os lo prometo. Maljeta de Tantotongo os los jura -y cerró la piedra dejándolo dentro sin posibilidad de huir.

Torsocorto se sentó al fuego para llorar desconsolado por su suerte. "Maldita existencia y malditos vampiros" pensó desesperado y sin más que cavilar se dio descanso, tumbándose para esperar un futuro incierto.




jueves, 13 de diciembre de 2012

LA YEGUA ANCESTRAL

Abrió los ojos, la forma de las montañas se reflejaba con reveladora certeza al iluminarlas el sol del nuevo día. Nada había cambiado con respecto a la noche anterior, una leve sonrisa apareció en su rostro, a pesar de tantos padecimientos siempre tenía un momento para que la alegría la inundase, el mejor consuelo después de tan largas jornadas.

Había perseguido a los bandidos sin descanso, pero sin atosigarles con su presencia. Tan solo les hacía notar que siempre estaba cerca de ellos y no disminuiría su hostigamiento.

Apenas había podido dormir, ni descansar en forma alguna e incluso casi no hubo tenido tiempo de comer o beber, extraños ruidos le perseguían, sonidos de la noche ajenos a la propia oscuridad y por el día, entre los arbustos y arboledas, sombras se deslizaban a su alrededor, pero ella no se atemorizaba por burdos trucos de ilusionismo, aunque se obligaba siempre a estar atenta.

Aquellos bribones se llevaron sus mejores yeguas, dando muerte a quienes se encontraban custodiándolos. No tuvieron misericordia y no estaba dispuesta a concedérsela, aunque esperaba que el agotamiento y el nerviosismo dieran pronto sus frutos, entonces les demostraría como se comportaba una elfa de Estoesverde cuando los criminales turbaban el descanso de tan antigua región.

Eran humanos, viles criaturas nacidas en esas cloacas a las cuales llamaban ciudades. Pero aún teniendo clara su humanidad podía percibir una transformación que la intranquilizaba sobremanera. Algo en ellos era diferente, por esto no había puesto fin a la persecución de forma inmediata, era lo suficientemente capaz de enfrentarse a aquella turba y acabar con todos en breves instantes, pero era precavida y habían matado a unos buenos luchadores elfos, aquello la ponía en alerta.

Los había observado entre la espesura con sus penetrantes ojos color miel, la vista de una elfa y sobre todo la de ella, era excelente. Podía apreciar mil y un matices donde unos ojos humanos apenas percibirían perfiles inconcretos, se movían como humanos y apestaban como ellos, pero... y esta era lo que provocaba su indecisión, una alerta en sus sentidos que la prevenia y la hacía mostrarse cauta. Parecían mover sombras entre sus sombras, una leve silueta doble sobre la cual costaba concentrar su interés, eso difería su actuación, debía conocer la causa de aquella distorsión la cual, sin duda alguna, estaría relacionada con la magia.

"Los humanos no son buenos con la magia" pensó la elfa con seguridad. Sería alguna burda conjuración que sus amplios conocimientos solventarían de inmediato, estaba cansada de seguiros y deseaba volver a casa con su yeguada, decidió era el momento de actuar.

Estaba sola, tan confiada en sus habilidades que no había permitido la acompañasen en aquella caza de represalia. Era lo suficiente hábil para darles una lección y volver a su hogar sin más problemas, no necesitaba exponer a nadie a peligros innecesarios, ella se bastaba para solucionar aquella circunstancia. Se acercó sigilosa como siempre al grupo de ocho hombres que pronto serian cadáveres bajo su mano, su espada salió de la vaina exquisitamente adornada, era una excelente arma con un afilado corte. Aquella arma ya conocía la sangre y la mano que la empuñaba era diestra y mortal en su manejo, una excelente combinación la cual en otras ocasiones había obrado maravillas.

Las yeguas apresadas percibieron su llegada, cosa que el hombre encargado de su custodia no había hecho, pero no mostraron indicio ninguno de delación, eran animales elficos y por tal condición nunca servirían para dañar a quienes con tanto ardor los cuidaban. La elfa se deslizo entre sus amadas monturas, mientras con cariño su mano libre los acariciaba para demostrarle su devoción a su inmediata libertad.

Aquel hombre continuaba inclinado en una débil fogata, no podía apreciarle el rostro cubierto por la capucha de la capa marrón oscuro que portaba. El código de honor de la elfa no podía permitirle matar a aquella criatura por la espalda, eso sería indecoroso e indigno, así que hizo un ruido para advertirle de su presencia. El individuo se volvió irguiéndose y con él, aquella sombra funesta que hizo acto de aparición.

Entonces comprendió su error. No era un hombre, era una cosa con apariencia de humano, en las cuencas de sus ojos solo había oscuridad, profunda y tenebrosa, amenazante como la más turbia de las noches. Una simple espada no sería rival ante aquel engendro, habían burlado a la experta cazadora, atrayéndola lejos de los suyos para utilizar su cuerpo y destruir su espíritu. En los cuentos infantiles de los elfos estos seres se revelaban como el fin, ante el cual la desesperación y una larga agonía final eran los únicos compañeros, pero eran cuentos, historias para niños de las cuales nunca quiso creer existieran.

Su boca se abrió y un vil sonido le atravesó los oídos como si fueran dagas, a punto estuvo de soltar la espada para caer dolorida ante aquella espantosa voz, pero era fuerte y se mantuvo firme, aún cuando debía reconocer nada podría hacer para salvar su vida. La espada busco un punto débil en la constitución de su oponente, clavándose con decisión en el punto adecuado donde provocaría una muerte cierta e inmediata. Más nada ocurrió, era como si hubiese atravesado un tronco de árbol, un sonido de succión, gorgoteante y húmedo resonó cuando la sacó, indecisa ante si una nueva estocada obraría el milagro de terminar aquella lucha.

Las otras figuras humanas se unieron a la reyerta, la empezaron a rodear en un turbador silencio. Envueltas en las capuchas se apreciaban los rasgos de todos ellos, salvo los ojos o la falta de ellos, estaban huecos y sin piedad ninguna, vacios de toda emoción excepto las mas malsanas intenciones. No era necesario preguntar nada, iba a tener un final terrible, se lo merecía por exceso de confianza y sus pobres yeguas seguirían un camino igual de trágico que ella.

Uno de aquellos animales, armado con un valor inesperado, osó desligarse de su atadura y acudir a presentar batalla. Era una yegua muy joven, aún cuando ya tenía una considerable alzada, denotando una fortaleza que aún no había llegado a su cenit. Encabritada, atacó a quienes osaban rodear a la imprudente mujer elfa y golpeaba con sus cascos contra quienes intentaban rodearla, arrojándolos con violencia lejos de ella. 

Eso le dio un respiro, un instante para poder retroceder e intentar huir de allí. Debería de volver con más gente, buscar algún conocedor de las sombras y sus puntos débiles, pero uno de aquellos cuerpos carente de humanidad amenazó con atraparla cuando, inesperadamente, se deshizo ante ella.

Fue como si hubiese perdido todos los huesos de repente, toda su masa, solo el pellejo era testigo de que allí existió algo. Una sombra permanecía con la apariencia humanoide, destilaba peligro y una amenaza cierta, inamovible y maliciosa. Un instante después se cernió sobre la elfa.

Esta gritó, una mezcla de terror y desesperación. Tener el horror sobre su persona le hizo perder la compostura, manoteaba para intentar zafarse de aquel contacto gélido que deseaba dominarla, sin éxito alguno, a cada instante se apretaba más sobre ella hasta cortarle la respiración, intentaba entrar por su boca abierta y la mujer al comprenderlo la cerró con todas sus fuerzas. Pero aquello le forzaba a abrirla, sentía en su garganta un aliento fétido, como deseaba la corrupción penetrar en su interior y acabar con su voluntad, más la elfa se defendía con el valor de una gata amenazada.

La yegua joven seguía manteniendo a distancia al grupo restante, ignorante de la lucha que tras ella se debatía. No cejaba en golpear, una y otra vez, a quienes deseaban acercarse, demostraba una defensa inusual, con un valor ajeno a la insensatez de aquel enfrentamiento, el cual terminaría con una muerte cierta.

Su fuerza empezo a flaquear, la maldita sombra parecía adherirse a su persona con una infatigable insistencia, ya no podía seguir luchando, debía de empezar a considerar estaba perdida. Pensó en los bosques, en su gente y en su amado, al cual nadie más que ella quería con tanta pasión, su aguerrido Bizcomiro.

Algo iluminado atravesó la sombra, emitió un amargo gemido y desapareció. Juraría haber visto una espada, pero fue tan veloz aquel movimiento que ya dudaba si su visión era cierta o el producto de su desesperación por el final al cual estaba condenada. Notó una brisa, algo de color verde se había llegado hasta su lado y desaparecido con igual presteza, miró sus manos con extrañeza, estaba libre y la sombra destruida, podía volver a levantarse para admirar quien había sido su salvador. Tal vez su irreflexivo amante la siguió hasta allí, pero dudaba supiera actuar con tal exactitud, sus ojos confundidos constituían un grave dilema al elfo, aunque tal inconveniente no impedía su amor sincero por él.

Pudo percibir entonces no era su amado, sino una elfa enfundada en una hermosa armadura de color verde, a quien no podía seguir en sus movimientos, se precipitó entre el grupo de humanos y acabó con ellos con una par de filigranas, sus interiores estallaron, revelando las sombras quienes tras gemir su fin, desaparecieron.

Al terminar ese espectáculo a donde no quiso nunca acudir, ni como espectadora ni actuante, su rescatadora se detuvo y entonces pudo apreciarla en su verdadero esplendor. Era de una increíble hermosura, su forma de moverse femenina y coqueta, marcial y segura, todo a un mismo tiempo, la dejaron sin palabras. La elfa morena abrió la boca, expectante ante aquella presentación, no parecía pertenecer al mundo, era una entidad fuera de lugar en aquel entorno.

-No deberías meterte en peleas que no puedes ganar -dijo la elfa de largo pelo gris mientras se acercaba a la sorprendida mujer.

-¿Quién eres? -preguntó con una sorpresa evidente. Estaba aturdida y confundida ante semejante aparición.

-Ah, es verdad. No nos hemos presentado. Me llamo Hurtadillas, estaba de paso por la zona y vi que tenías problemas. Decidí intervenir, aunque mi ayuda va a tener un precio.

-!Un precio! Como te atreves, nadie se atrevería a pedirle algo así a Nanaencarnada.

-Yo me atrevo -concluyó como si fuese lo más natural del mundo- me lo debes, te he salvado la vida.

Nanaencarnada calló, tal vez aquella mujer de incomprensible belleza tenia razón. Estaba dispuesta a dárselo, pero le parecía que tenía una actitud demasiado descarada y ella jamás se mordía la lengua.

-¿Que quieres? -respondió con tono seco.

-Esta yegua que tan valiente se ha comportado, la llamare Bellandante, me parece un bonito nombre.

-Si, es un buen nombre, pero se la tenía reservada a mi prometido. No le va a gustar que una elfa desconocida se la lleve sin mas.

-No te preocupes. Ves esa yegua de allí, yo se la regalaría, cuando tenga descendencia podrá portar el caballo elfico más imponente que jamás haya existido. Le servira bien, te lo prometo.

-Si tan segura estas, es tuya. ¿Eso es todo?

-Bueno, querría algo más -la elfa tocó con la mano su pelo negro y la miró con aquellos intensos ojos verdes tan especiales. Nanaencantada se sintió estremecer.

-Creo estas bien pagada. No tengo nada más de valor para entregarte.

 -He visto tus caderas, son muy atrayentes y las noches en estos bosques son tan frías. Me gustaría compartir contigo el calor de nuestras presencias.

Nanaencarnada estaba turbada, aquella insinuación la había dejado sin defensa alguna. Estaba herida de deseo y cumpliría con su trato. No creía aquello molestase a Bizcomiro, no le era infiel con ningún elfo y le seguía queriendo como siempre, un poco de cariño junto a esa beldad le reconfortaría las penurias pasadas. Se lo merecía, le salvó la vida y ella pagaba siempre sus deudas.

Bellandante miró a las dos mujeres, acertaba a comprender que entre ambas, la mejor elección era la hermosa guerrera que les había salvado. Como animal élfico supo enseguida de quien se trataba, todo lo vivo era deudor en su presencia y aquel nombre de Hurtadillas, poco le decía. En realidad, ella la conocía como la Dama Verde y así la honraría en su mente. Se sintió afortunada, pues sabía su vida cambiaría de ahora en adelante.
Todo esto ocurrió antes de la aparición de Los Cuatro, antes de conocer Hurtadillas a la archimaga de Tamtasia, a Maljeta y a Castalinda. Una época donde la elfa de insuperables ojos verdes se movía en el sigilo, después de turbadoras vivencias, que tal vez algún otro día tengan a bien contarnos. Así viene registrado en la Biblioteca de Nueva Capital, en el mundo de Tamtasia.
Ahora es cuando, por vuestro bien, debéis de cerrar vuestros ojos...
Mi primera entrada es de mayo... merezco azotes y algo más, como diría la buena de Hurtadillas en una de sus monsergas, pero se hace cuesta arriba cuando busco tiempo para dedicarlo a escribir y poner aquí, al acceso general de esa masa invisible por todos conocida, llamada Internet. Suena futurista y no lo es, solo es una palabra que indica un cambio en los tiempos, una forma de comunicarse diferente, a la cual he accedido tardíamente.
Ruego mis azotes sean dirigidos por ogros y minotauros, ellos no dudaran ni un instante en cumplir la sentencia. Sus corazones endurecidos no tendrán piedad con este indisciplinado sirviente y le enseñaran lo que es el dolor (aquí la reina gimiente Sibilafaz estaría en su salsa). 

No sintáis lástima por mi persona, la espalda rasgada por los latigazos no me dolerán como deberían, pues mi reverso arqueado absorberá el daño. Aunque el castigo sea severo y mis fluidos corporales empaparan el suelo por puro terror, no temáis, pues mis tratos con la gente de Tamtasia me han curtido lo suficiente como para soportar cualquier cosa.

Por cierto, me llamo Igor y sirvo a un tal Tronkonstein (ese al que le gusta coger trozos orgánicos y juntarlos cual vulgar mecano), pero os serviré bien, confiad en mi. Aunque os sugiero ocultéis a vuestras mozas en lugar seguro, mi instinto es muy fuerte y a veces, no me puedo controlar...

Ya se acercan con sus fustas preparadas, es hora de dejaros. Pero antes un breve relato...