jueves, 10 de marzo de 2016

NOBLE ADMIRACIÓN



Había niebla, densa y traslucida, moviendo jirones que adoptaban formas humanas. La niebla tenía voz, y aquella voz era el sonido del mar rompiendo en la costa. Portaba una advertencia, en la niebla blanca una figura oscura se trasladaba inquieta, acechante, dispuesta a cobrarse su presa. 

—Malandrín, dar la cara, que a fe mía os he de sajar, cortar en tantos trozos que ni vuestra madre, sea o no nacida en buena casa, os reconozca —gritó uno de los dos hombres que avanzaban entre la espesa neblina.

—¡Cielos, cielos! —escuchó surgir de aquella nada—, tened cuidado con el pincho, que es acero toledano y merecida fama tiene.

—Salid donde os vea. Dad la cara como un hombre —gritó quien empuñaba el arma, 

Y en efecto un hombre apareció. Apacible, aunque con un evidente miedo en los ojos.

—Solo soy Pedro, mi furibundo amigo, quien guarda las puertas que tras de mí se encuentran. No esperéis ningún mal de quien no os desea ninguno.

—Pues mi nombre es Alonso, Alonso Quijano. Y quien me acompaña es mi fiel amigo Sancho Panza, a quien he jurado defender de todos los peligros. ¿Qué lugar es este?

Pedro los miró extrañados. Aquello no podía ser, no podía estar pasando.

—Estas son las puertas del cielo, tras las cuales se encuentra el paraíso que una vez perdieron nuestros padres. Pero no podéis pasar, no sois reales. No deberíais estar aquí —habló extrañado de ese incidente.

—Pues yo me siento —dijo palpándose el caballero con aire solemne—. ¿Y tú mi querido Sancho?

—Yo sentir… siento hambre —el compañero de más carne tocó su estómago con clara intención.

—Ya veis, mi incrédulo amigo. Ambos sentimos, diferentes, pero sentimos —dijo con rotundidad Alonso.

Una mujer, sin duda la más hermosa que nunca sus ojos contemplaron, surgió de entre la niebla.

Pedro sabía de quien se trataba.

—¿Qué hacéis aquí? —preguntó con aire enfadado el guardián del paraíso.

—Admiró a este hidalgo, y mucho más que a otros grandes hombres, que de hombres tuvieron poco y cuyas miserias cubrieron a tantos que su grandeza perdieron. Mil veces mil lo tenté, y otras tantas rechazó mis mentiras. Solo alabanzas puedo decir de él y mi madre, que también es la vuestra, ha de sentir solo orgullo de tal hijo. Y aunque en realidad no sea mi hermano como el mundo entiende, es como si lo fuera y ay de aquel que dañarlo se propusiera, pues mi ira es peor que la de mi madre, porqué carezco de compasión y en mí no hay juez más duro.

Se acercó hasta el hombre rechoncho y tímido. 

—No conozco de mejores amigos, ni de mayor entrega que la suya. Son tal para cual, y cuanto he hablado del caballero, ha de valer para su escudero.

Besó su frente y los cogió de la mano a ambos.

—Pedro, creo mi madre los espera con impaciencia. Recoged vuestra espada, el más noble de los caballeros. Aquí no la vais a necesitar —dijo mirando al hombre enjuto y de ojos enloquecidos, dando un beso en su mejilla—,  ya lidiasteis suficiente en el pasado y es hora de tener descanso.

—Pero Dulcinea… he de encontrarla. —Los ojos de Alonso estaban perdidos en su propia locura.

—Yo seré vuestra Dulcinea y no creo nadie ponga reparo a ese hecho cierto —habló la mujer emprendiendo camino con ellos hacía las puertas, abriéndose solas ante el asombro de Pedro.

La locura de Alonso sanó, el hambre de Sancho se sació y Lucifer, adversaria declarada de su madre, traspasó por primera vez desde su expulsión aquel umbral sagrado.

martes, 1 de marzo de 2016

TENTACIÓN




Nunca había estado en un ascensor como aquel, ni recordaba el edificio en el cual se encontraba, ni la hora que era, ni si había comido o debía hacerlo. 

Solo tenía ojos para la ascensorista.

Una mujer como nunca había conocido. Alta, de larga cabellera negra, tan negra que parecía pertenecer a la noche más cerrada, y brillante al mismo tiempo, igual que si estuviera lacada. Con un tono azulado convertiéndola en la melena más sensual y provocadora que pudiese recordar.

Tenía unos ojos oscuros, redondos, enmarcados en un sutil maquillaje. Penetrantes igual que cuchillas, intensos hasta hacer arder aquello sobre lo que sostuviesen su mirada.

Era pura pasión en su traje de cuero negro, muy ajustado, que nada dejaba a la imaginación. Las curvas, sin ser excesivas, hablaban de su rotunda feminidad, con unas líneas rojas, trazadas con sabía intuición, enmarcándola. 

Quien había hecho esa ropa sabía cómo cautivar a quien la mirase, sin ninguna necesidad de enseñar, extraña mezcla entre la moda gótica y heavy metal.

Dibujos concéntricos y pentagramas, runas y tachuelas de metal, la cubrían con sugerente propuesta. Producía un brutal contraste, su piel tan blanca, casi luminosa y la negrura de su ropa, con aquel rojo fuego que revelaba su perfecto talle.

—¿Nunca habías visto a una mujer? —dijo aquella joven, mientras prestaba atención al contador del ascensor, cuyos números no parecían tener prisa en continuarse.

—Como tú, jamás —contestó aquel hombre con una sinceridad que le sorprendió.

Le miró por primera vez. Sintió que el corazón iba a estallarle, alguna parte de su cuerpo empezaba a perder el control y a responder de una forma que lo incomodó.

Ella sonrió. Una sonrisa que hubiera provocado en cualquier hombre o mujer, el deseo de acercarse a esos labios y profanarlos con un beso. Pero se contuvo, sentía que debía ser precavido.

—¿No te gusto? —habló en cierta forma sorprendida por aquella contención, su vista bajó hasta la entrepierna del hombre, generando una renovada sonrisa de satisfacción.

—Sí,  pero debo ser un caballero —habló él sin saber muy bien porqué lo decía.

—Un caballero. Debes llevar encima el diccionario de los buenos modales. —La joven torció uno de sus labios y lo mordió con sus blancos dientes. Aun así era de una belleza estremecedora.

—Yo… —intentó hablar el hombre.

Ella puso uno de sus dedos en los labios masculinos.

—Ssss, mi momento para tentarte ya ha pasado. —El rostro de la joven atenuó su poder, mostrándose más mundana, aunque su hermosura seguía siendo imbatible.

Se volvió hacía el contador del ascensor, estaban llegando al último piso. No había apartado aquel dedo de los labios del hombre, que sentía iba a desmayarse con aquel pedazo de carne tocando la suya.

El dedo trasmitía un agradable calor y desprendía un olor como el de una materia aromática que se estuviese incinerando.

—Ya estamos donde debemos. Al menos, donde debes estar tú, mis relaciones con mi madre no son del todo cordiales, pero he de reconocer que esta vez ha sabido elegir bien, eres un ángel  —habló la mujer manteniendo una suave sonrisa al mirarlo. Apartó su dedo y juntó los brazos por detrás de sus caderas.

La puerta se abrió y una vigorosa luminosidad inundó la tibia iluminación del ascensor.

—Vamos, sal. O habré de echarte a patadas de aquí, tontorrón. —Le señaló con la cabeza la dirección que debía tomar.

El hombre empezó a caminar, pero se detuvo justo a la salida del ascensor, girándose para mirarla.

—¿Cómo te llamas? —preguntó sin dar un paso más.

—“La portadora de luz” o si prefieres mi nombre celestial: Lucifer —dijo con una sinceridad aplastante.

—Creía que eras una entidad masculina —habló aturdido el hombre.

—Todo el mundo lo cree, y todo el mundo se equivoca. Y has de saber que tengo el mejor cuerpo… bueno, el segundo mejor cuerpo de la creación. Mi madre ocupa el primer puesto y es difícil competir con ella, siempre lleva las de ganar.

—¡Dios es una Diosa! —exclamó aquel individuo con mayor asombro.

—Sois tan ingenuos, por eso me va tan bien tentándoos. Vamos, largo de aquí. —Lo empujó con suavidad, pero lo retuvo de repente por el brazo.

—Espera, sé que esto es una traición a los pactos con mi madre, pero no puedo resistirme a incumplirlos. —Se acercó hasta él y lo besó con pasión. Un beso intenso, largo y ardiente.

—Eres un ángel encantador —dijo, empujándolo hacía fuera y guiñando uno de sus hermosos ojos.

La puerta del ascensor se cerró.

lunes, 22 de febrero de 2016

EL ÚLTIMO BESO



La rampa descendió con rapidez golpeando con un ruido seco la dura superficie de material sintético. Al mismo tiempo, los gases de la despresurización emanaron por ambos lados de la lanzadera, emitiendo un suave silbido que rompió el silencio que envolvía el gigantesco hangar.

Una poderosa figura se deslizó por dicha rampa hasta llegar rauda, como hombre de máxima confianza ante quien le esperaba, doblando una rodilla en señal de sumisión a su señor: el emperador.

—Maestro, os traigo buenas nuevas —la figura negra se alzó en todo su esplendor, eclipsando a cuantos le rodeaban. No en vano después de su maestro nadie podía discutir su liderazgo.

—¿Lo habéis encontrado? —dijo el hombre encapuchado con cierta impaciencia, a quien flanqueaban seis guerreros con sus cascos y armaduras teñidos de un rojo vivo.

—Sí, mi señor. Y está en mi poder —contestó con suma satisfacción su más leal sirviente.

—Excelente, excelente —el ambicioso emperador se vio obligado a dar unas pequeñas palmadas de aprobación. No tenía buena cara, con un gesto que no dejaba lugar a dudas auspiciaba que la misión se completara en el menor tiempo disponible.

Ambos empezaron a caminar, mientras unos rápidos servidores automatizados se encargaban de recoger un embalaje y darle su oportuno destino.

—Excelente, excelente —volvió a repetir juntando de nuevo sus palmas, tentado por dar unos saltitos de alegría que el malestar que le atormentaba en ese instante no le permitía, al ver como trasladaban aquel bulto de acuerdo a sus instrucciones.

—¿Y los culpables? Supongo que habréis puesto punto y final a toda esta desventura —habló el emperador, satisfecho por acabar con esa situación.

—Tuvieron tiempo para despedirse de sus familiares. Un último beso y una ejecución sumaria. Yo mismo me encargue de ello —el hombre de la armadura oscura, cuyo aliento fatigado se escuchaba por su respirador, hizo ademan de señalar su antigua arma ritual.

—Sí, sabía que cumpliríais con éxito esta delicada misión. Es inadmisible que en nuestra temible estación de combate, algo así no se hubiese tenido en cuenta. Inadmisible —dijo el emperador, mientras su acólito asentía cada una de sus palabras.

—Por fortuna, la rebelión no sabía nada de esto. Lo hubieran aprovechado a su favor, de haberlo conocido —confirmó la figura oscura con cierta angustia.

—Sois un valioso aliado, amigo mío. Muy valioso —el emperador tropezó al no prestar atención a un pequeño saliente en el suelo. Solo la veloz intervención de su acompañante evitó su caída por un conducto cuyo fondo no se percibía.

—Tened cuidado, maestro. Estos pozos de ventilación son traicioneros, no sería la primera vez que alguien cae por ellos —lo miró con recelo, eran peligrosos y si no fuese por su utilidad para disipar el calor del núcleo central y aprovechar para caldear el ambiente, ordenaría cerrarlos de inmediato. Sintió por un instante, la tentación de utilizarlo con su señor.

—Por fortuna, estabais a mi lado. Como siempre, mi esmerado aprendiz —el emperador sintió también ese dilema. El pozo era un buen lugar donde deshacerse de aquel inoportuno rival, que un día podría pretender su puesto. Lástima, se sentía hinchado, molesto y poco dispuesto a entablar una lucha. Esperaba que los servidores ya hubiesen llevado e instalado aquel elemento que en ese instante era su único objeto de atención.

—Ahora he de retirarme, tengo algo urgente que atender —el hombre encapuchado hizo un ademan con una de sus manos, disculpando a quien le acompañaba de su servidumbre.

—Por supuesto, mi maestro, por supuesto —el caballero de figura oscura se inclinó y dando una vigorosa vuelta se alejó de allí.

El emperador entró en sus habitaciones, tenía prisa y no quería demostrar debilidad, ni siquiera ante quien le debía obediencia de forma incondicional.

“Por fin podré dominar la galaxia” pensó por un instante mientras miraba su rostro, un pequeño gesto de vanidad, en un espejo. Todo el mundo pensaba que su airado semblante se debía a su mal carácter. La realidad era muy diferente.

“Como podía haberse extraviado algo tan importante. Algo tan vital, tan necesario, sobre todo para un anciano como yo” su mente trataba de dar explicaciones a semejante descuido. Los ineptos encargados habían pagado con sus vidas por semejante desliz.

Entró en un pequeño cubículo anexo a su dormitorio y miró con alivio aquel objeto que habían buscado con tesón en los sistemas solares cercanos.

El artilugio esperaba su uso, muchos otros planes podrían aguardar. Un bonito inodoro de color negro y la tapa oscura con el símbolo del imperio. Su salvación.

UN DÍA HELADO



Llovía, había empezado como un débil aguacero y ahora, una cortina de agua cubría cuanto la vista alcanzaba. 

Decidí que era momento de detenerme, estaba cansada. No físicamente, era hastío emocional, lo que solía denominar como “día helado”, de los que había conocido demasiados para mi gusto, que mi memoria, extraordinaria e incansable, siempre tenía presentes.

Solo quedaba uno de ellos. Tan solo uno, de cuantos me habían querido cazar como si fuese una presa. Un animalillo más, que los cazadores se cobran sin ningún esfuerzo.

Pronto se dieron cuenta de su error. Era como ellos, me parecía a ellos, pero ahí acababa toda semejanza.

El agua caía encima de mí, encima de todo, repiqueteando en los charcos con fuerza, salpicando hacía arriba, como si fuese una lluvia nacida del suelo, empapando cuanto tocaba. Pequeños arroyos fluían con renovada velocidad, escorrentías fugaces que morirían al frenarse el aguacero de la tormenta. Y ya lo estaba haciendo.

Las lágrimas del mundo, encarnadas en aquella tromba, eran tan poco persistentes como las humanas. Deseaba que el mundo se cubriera, ahogando a todos y terminando de una vez para siempre. A veces me detestaba a mí misma por pensar así. En muy pocas ocasiones, sentía asco de mis propios pensamientos.

Hoy deseaba que aquel “día helado” lo fuese un poco menos. El suelo era un cochambroso cenagal, pero estaba harta y me senté sin miramientos. Calada hasta los huesos, mojarme mas no significaba nada en ese ambiente.

Mi contrincante, el único superviviente, me miraba atónito, como si no creyese esa situación posible. Con un suave gesto, recogí mi espada y le invité a sentarse a una distancia prudencial,  sin perder el contacto de la empuñadura de mi arma.

—Esto debe terminar —dije con una voz carente de toda cordialidad, mientras el hombre, un asesino a sueldo, se sentaba enfrente.

No dijo nada, tan solo me miraba. Me fijé en sus ropas, de buena calidad, así como la armadura que le cubría y había perdido su lustre en aquel día, cubierta de la sangre de sus compañeros, del barro y la mugre que nos envolvía.

Yo estaba en igual condición. La lucha en medio de un barrizal no era nada vistosa, sobre todo cuando la sangre, unida al agua, se empeñaba en cubrirnos por completo. Debíamos tener un aspecto fantasmal, miré de reojo al charco que a mi lado se encontraba. Una superficie lisa como un espejo reflejaba mi rostro en ese día gris, que empezaba a despejarse.

Pude verme con claridad, casi no me reconocía, pero estaba allí. La que muchos llamaban la criatura más bella del mundo y por cuanto sabía de mi misma, la más peligrosa de todas. Dejé de observarme, tenía mejores cosas que hacer.

Cogí una bolsa de dinero que llevaba encima y la arrojé a su lado.

—Hay suficiente para que inicies una nueva vida. Compra una tierra, cultívala o hazte ganadero. Busca una pareja y ten hijos con ella. Haz algo productivo —hablé con una entonación monótona y falta de espíritu.

Miró con desprecio, primero a la bolsa y luego a mí.

—Me encanta la vida de granjero. Es cuanto siempre he querido —contestó con su voz gruesa, llena de resentimiento.

Resoplé, dándome por enterada, arrojando otras cinco bolsas iguales a sus pies.

—Aquí tienes para un pequeño reino. Cualquier cosa con tal de no ver tu fea cara de nuevo. Pon un bonito comercio, algo digno que no me haga arrepentirme de mi generosidad —mis palabras portaban una velada amenaza que hizo entrecerrar los ojos del hombre.

—Sí, una miseria para perdonarte la vida, pero suficiente para olvidarme de ti —recogió las bolsas, de una en una, mientras sopesaba su contenido.

“Ya sé que no harás nada bueno con mi dinero. Pero estoy cansada de matar. Sospecho que volveremos a encontrarnos y habré de terminar lo que ahora me niego a concluir” pensé con desagrado, mientras veía levantar a mi enemigo con sus ojos encendidos por el más puro odio.

—Hasta nunca —enfundó su arma y se dio la vuelta, alejándose hasta perderlo de vista.

—Hasta pronto —dije en un tono casi inaudible, convencida de que ninguna de sus palabras habían sido sinceras.

Me levanté, el sol intentaba volver a salir. Los árboles del bosque circundante se cimbreaban por un leve viento, sacudiendo las pesadas gotas de sus hojas.

Miré los numerosos cadáveres que me rodeaban, no podía dejarlos a las alimañas. Suspiré disgustada, tenía mucho trabajo por delante y mucha suciedad, de la cual desprenderme.