domingo, 2 de marzo de 2014

OXÍMORON



“Sol negro, luz oscura. Vida muerta, aunque todo debe morir.

Ese es el mayor misterio, la más incomprensible de las verdades y el terror de todos los pensadores. Cuánto hay de cierto en las apreciaciones de los sentidos y cuánto escapa a nuestra comprensión, tanto intelectual como sensorial, de nuestro entorno.

Ni el más grande de los señores ni el más humilde de los seres, logran burlar ese pensamiento. Todos lo temen y les aterroriza ahondar en descubrir sobre esta gran inquietud. Decía el gran sabio Demosplazo: “todo aquello con forma ya nace deformado” Nosotros no lo ponemos en duda, ni tan siquiera nos los cuestionamos. Es la realidad de nuestro tiempo y hemos de vivir con ella.”

Maljeta cerró el libro, lo sostuvo en sus manos con procelosa reverencia, era una copia única de un apócrifo con miles de años de antigüedad. Una joya de la literatura que conservaba con el mayor cuidado, evitándole los males que aquejaban a tan delicadas expresiones del arte que tanto amaba y había visto deshacerse ante sus ojos.

Siempre que lo leía sentía esa inquietud, ese malestar tan evidente de una existencia forzada y una realidad negada, como si un velo lo cubriese todo y solo, en un instante de lucidez, pudiese descorrerlo y apreciar con claridad cuanto al otro lado se encontrase.

Sentía ese miedo, una angustia vital a revelar algo que se negaba reconocer. La vida era tan frágil y sin sentido, en algunos momentos parecía ser el juego forzado de un ser todopoderoso que se divertía con sus creaciones y en otros, una insondable maravilla a la cual había de reverenciar con todo su corazón.

Llevó una de sus manos al pecho. Un corazón muerto, que llevaba sin latir tantos siglos como podía recordar edades en su mundo. Un trozo de carne al cual suponía unos sentimientos que sabía no se encontraban allí, sino en otro lugar, mucho más lejano y recóndito. Una zona oscura en la que la luz de la esperanza intentaba iluminar con desespero un camino olvidado y una nueva existencia, mucho más grata a sus pensamientos.

Ella era la única sangrante que a la Orden de Hierrocolado le estaba negado destruir. Las palabras de Hurtadillas habían sido expresadas de una forma tajante, rotunda, sin dar lugar a ninguna otra interpretación. No debía ser tocada ni molestada, jamás. Si se encontraban ante su presencia, saludarla cortésmente y pasar a su lado, como otra persona más, como un ser viviente cualquiera.

Aunque sabía la miraban con desprecio e incredulidad, nunca se atreverían a contradecir a quien era la principal razón de su existencia. Por otra parte, tenía a la elfa como una gran amiga y protectora, comprendía que aunque su corazón no latiese, no significaba estuviera muerta ni perdida para el resto de los mortales. Algo prevalecía siempre en perpetua lucha, ignorando las sombras que amenazaban con destruirla y venciendo, día tras día, a la locura de la oscuridad.

Era de noche, la noche eterna que siempre vivía con el deseo de cumplir en un futuro su sueño más deseado, plantarse cara a cara al sol, verlo con sus propios ojos y recibir calor en su helada piel. Una noche cerrada, de las pocas al año donde las dos lunas gemelas negaban su pálida luz y transmitian la ilusión de sentir a un falso sol iluminarla. En momentos así, se sentía más sola que nunca, aunque todos en aquel grupo la respetasen por mandato y permitiesen se amparase al lado de una hoguera de cuyo calor no obtenía consuelo alguno.

-¿De qué va el libro? –preguntó con curiosidad la maestre de Hierrocolado, quien a su lado se encontraba reclinada en el suelo y comiendo ávida un pedazo de carne.

Maljeta la miró con unos ojos azules tan claros que casi se difuminaban. Una mirada hipnótica, como la de todos los sangrantes, pero desprovista de la ferocidad y el peligro que a los otros caracterizaba.

-Va de los misterios de la vida. Me gusta releerlo de vez en cuando, aunque me lo sé de memoria –contestó, envolviéndolo en un paño suave para protegerlo.

-La vida no tiene misterios… salvo alguno en especial –dijo haciendo hincapié en aludirla como ese misterio en concreto. Una débil sonrisa mostraba la forzada cortesía de aquella guerrera implacable con las aberraciones de la oscuridad. No dudaba Maljeta que si no fuese por Hurtadillas habría tenido serios problemas en enfrentarse contra cualquiera de los miembros de Hierrocolado. Aquellos no eran humanos corrientes, lo podía apreciar con solo estar a su lado, un aura de poder parecía envolverles, sutil y manifiestamente indetectable para quien no poseyese un cierto talento de observación.

La flor que llevaban grabada en telas y armaduras era singular, a pesar de ser toda una erudita por el conocimiento adquirido con todas sus lecturas, no lograba reconocerla. Parecía fuese todas y ninguna, cuanto más la observaba más juraría cambiaba su forma, aquello la tenía perpleja, creía haberlo visto todo y comprender la inmensa mayoría de cuanto la rodeaba, pero no podía estar en mayor desacuerdo con la sentencia de Soloconbrasas. La vida si tenía misterios y estaba frente a uno de ellos. 

Castalinda, la enorme clérigo y amiga inseparable de la sangrante, le acercó una jarra con su cena. El líquido humeaba en el fresco de la noche y se encontraba en condiciones óptimas para ser ingerido.

No quiso mirar a quienes la rodeaban. Sabia sin duda alguna mostrarían muecas de desagrado ante aquel espectáculo, a decir verdad hasta a ella le repugnaba tener que alimentarse así, pero no podía eludir su condición ni permitirse caer en el hambre, donde el control de sus sentimientos y dominio sobre si misma se vería seriamente perjudicado.

Apuró la sangre de vaca con ansia, era la única manera de entrar en calor. El único modo de sentir un confort en su helada carcasa, que ni el más grande de los fuegos podía consolar.

-Gracias, “Casta” –alargó la mano y la paciente clérigo la recogió para lavarla y ser utilizada de nuevo en la noche siguiente. Su gran amiga, en todos los sentidos, pues su enorme corpachón no podía ser ignorado, era su mayor y grato descubrimiento. Siempre había necesitado una compañía que la comprendiese y aquella desamparada huérfana, gran curandera y cocinera a partes iguales, era su mejor apoyo en el mundo de los vivos. Nunca le pedía explicaciones y siempre trataba de que sus noches fuesen más cortas y agradables. 

Se fijó entonces en la férrea mirada de unos de los miembros de la Orden. El enano RamdelNorte no le quitaba ojo, sabía por experiencia no podía ser por su innegable atractivo físico sino por el evidente odio que no podía reprimir por su presencia. Aquel hombrecillo, bajo y rechoncho no dudaría en descuartizarla con su terrible hacha si fuese menester y no dudaba le satisfaría hacerlo en cualquier momento.

Los demás procuraban ignorarla y salvo la maestre, no le dirigían la palabra. Consentían su presencia, nada más. No deseaban sino verla partir cuanto antes, perderla de vista y con ello, olvidarla. No era grato sentirse contemplada como una bestia que no merecía vivir.

Se levantó, no tardaría en volver a salir el sol. Ya sentía la inquietud de tener que ponerse a refugio en la confortable carreta que usaba para sus desplazamientos y su fiel amiga llevaba por los caminos, siempre buscando monstruos o engendros que aniquilar, aberraciones que no obtendrían gracia alguna. Compartían esa misma afición y les era grato ayudarse mutuamente.

Se introdujo en la carreta, escuchando el grupo se animaba en nuevas conversaciones con su desaparición e incluso, algunas risas resonaban, alzándose en el murmullo y declarando la alegría de la vida.

Tuvo deseos de salir al exterior y proclamar un largo discurso sobre quién era y sus intenciones. Explicarles que no era como las otras oscuridades, tenía sentimientos y ansiaba el calor de aquella hoguera más que su propia existencia. Ella deseaba vivir y no existir en penumbras, como una paría. Nunca quiso tener ese legado.

-Yo también quiero muchas cosas, pero he de aceptar lo que tengo –escuchó de entre las sombras, donde un débil candil iluminaba una sección de su bien guardada colección de libros.

La archimaga estaba revolviendo en las estanterías, buscando y sorprendiéndose por la valiosa recopilación. Cada libro que cogía era una joya, y el siguiente merecía una atención mayor al anterior. Se detuvo, consciente de que la dueña de aquellos volúmenes la contemplaba con evidente disgusto.

-Te felicito, tienes un gusto exquisito –dijo con su voz telépata a la enfurecida sangrante.

-Podías haberme pedido permiso, para variar –gruñó Maljeta acercándose y volviendo a colocar las preciadas obras en su sitio.

-Soy la archimaga de Tamtasia y…

-Eso no te da ningún derecho a hurgar en las cosas de los demás –hubiera deseado sacarla a patadas de allí, pero debía reconocer que Testadurra era un rival imposible de afrontar, la había visto en acción y su poder desafiaba a cualquier razonamiento. Solo la soportaba porque Hurtadillas le había hecho prometer que no entraría en conflicto con ella y no quería agraviar a la elfa, la respetaba demasiado para discutir con aquella arrogante mujer.

La maga alzó una de sus cejas, comprimiendo la otra en un gesto de animadversión que no podía ocultar. No se tenían ninguna simpatía y aún no comprendía la razón por la cual no se había deshecho de esa molesta sangrante, pero debía reconocer tenía una biblioteca maravillosa y solo por ello, pues sabía ocultaba muchos más libros, sería paciente y una vez descubiertos sus lugares secretos, tendrían una última y calurosa discusión.

De mala gana salió del carromato. No se miraron a los ojos al cruzarse ni se despidieron con palabras, no eran necesarias, no entre ellas.

Maljeta se relajó, tocándose su larga melena pelirroja, acariciándola como su madre solía hacerlo para intentar eliminar toda tensión en su cuerpo. Recogió los demás libros que había esparcido la anterior visitante y se decidió a recoger el que llevaba entre sus manos. Pero antes quitó el paño y volvió a leer el título: Oxímoron.

“Muy apropiado para esa belicosa morena. Luz y sombras conviven, veremos quién prevalece en su interior. Es como yo y ni siquiera se ha dado cuenta aún”.

Se metió en su confortable encierro con varios libros elegidos al azar y cerró la tapa. No quería saber nada más del mundo exterior, hasta la noche siguiente.


viernes, 28 de febrero de 2014

LA FLOR LLAMEANTE



Había llegado el momento de la venganza, la hora en que se decidiría su destino. O libres o muertos, no existía un término medio, no en aquel lugar ni en esa circunstancia, ni en otras batallas en las cuales había participado, siempre el peligro de aquel enemigo incierto la convertía en la última que intervendrían si fracasaban. No debía existir piedad y el perdón no se comprendía entre sus adversarios.

La formación de Hierrocolado era como siempre, los dieciséis miembros veteranos y únicos de esa singular Orden de caballería al frente de los demás humanos. El símbolo de la flor luminosa e hiriente reflejaba orgullosa en sus escudos, dispuesta a brillar por siempre.

Su líder, la carismática Soloconbrasas, llevaba la cabeza descubierta con su corto pelo blanco y el mechón salvaje que siempre le caía sobre la frente. Tenía el semblante serio, concentrada en la lucha que se aproximaba y su boca permanecía cerrada hasta el momento oportuno.

Avanzaban contra ellos una chusma furiosa de sangrantes y serviles, depredadores del mundo de la oscuridad y sus despreciables criados. Les habían desafiado a combatir a la luz de las lunas gemelas, después de destruir sin clemencia sus lugares de reposo. Eran muchos, nunca habría imaginado pudieran ser tantos, pero al igual de otras ocasiones les harían volver a la tierra.

-Amigos míos, por si acaso no llego al final de esta jornada, me enorgullezco de tan grata compañía y se… que les haréis morder el polvo. No espero menos de vosotros –dijo con voz tranquila, no había prisa en expresarlo. Todos lo sabían, todo debe morir.

Aullaban enfurecidos, con ojos rojos inyectados de la sangre fresca de sus víctimas y estaban a punto de llegar hasta su posición. Era el instante oportuno para desatar la furia de las armas.

-Ahora –gritó feroz con todas sus fuerzas. Sus compañeros se lanzaron en línea hacia delante, aclamando por cuanto consideraban digno de proteger. 

Tres sangrantes la rodearon, con manos acabadas en fuertes uñas cortarían armadura y carne sin trabas, pero no iba a dejarles acercarse tanto. Con su puño acorazado golpeó el rostro de una sangrante, aplastándole nariz y huesos, atravesando su cabeza de un lado a otro mientras con su espada cortaba sin contemplaciones a los otros dos por la mitad. Se había movido con una velocidad sorprendente y su fuerza, concedida a los integrantes de esta Orden por su fundadora, los diferenciaba de los demás mortales. Su pago, una vida al servicio de exterminar a esa carroña y servir con humildad a quienes les necesitasen. Jamás pedían nada a cambio, su señora proveía de cuanto era necesario y con ello les bastaba.

Sorprendidos por la ferocidad con que aquel escaso grupo se les enfrentó, los sangrantes decidieron atacar a los temerosos humanos que les apoyaban, su alarmante número permitiría rodear a los integrantes de esa hermandad guerrera sin problemas. El primero ya se encontraba al alcance de un asustado campesino cuando una espada le seccionó la cabeza. Dedofacil de Hierrocolado se interpuso blandiendo el escudo como una cuchilla que cortaba y amputaba miembros, su afilado borde permitía tal acción moviéndolo cual brutal hacha asesina.

Largasiesta se colocó a su lado, espalda contra espalda moviéndose como poseídos, brazos y piernas volaban junto a las cabezas de cuantos se atrevían a llegar a la formación de pueblerinos que habían jurado proteger.

Soloconbrasas sonrió con agrado a esa pareja valiente unida por fuertes lazos de amistad, pero algo mucho más poderoso distrajo su atención. Un encumbrado, ser de sombra absoluta, se aproximó hasta ella. Ahora comprendía el secreto de aquella horda y la importancia de acabar con este adversario.

Chocaron entre ambos. La fuerza empleada comprimió el aire y provocó una onda expansiva que amenazó con tirar a cuantos a su alrededor se encontraban. La líder de Hierrocolado estaba enfurecida por aquella desagradable presencia y una mueca de desprecio asomó a su rostro.

El encumbrado clavó sus garras en el escudo rajando la protección de metal y madera, arrancándoselo del brazo y dejándola lastimada por aquel brutal impacto.

Se movió con la rapidez del relámpago y su espada falló por poco en alcanzar el cuello de su contrincante. Un nuevo golpe impactó entre las costillas e hizo expulsar todo el aire de sus pulmones. Pero aquello no la detuvo, había jurado proteger cuanto amaba y tiró desafiante al suelo el resto del escudo que arrastraba desecho, aún quedaba mucha noche por delante y en la coraza que la protegía, una flor grabada brillaba inmisericorde.

Las sombras eran alargadas, el naciente resplandor hacia de las figuras extensos gigantes que se perdían en el amplio llano.

Avanzaban en semicírculo, mirando hacia los lados e intentando descubrir si algún desafiante enemigo había escapado al ocaso de la batalla. La noche había sido más larga de lo habitual y tan solo un combatiente continuaba luchando contra su oponente. Todos sabían que no eran rivales para aquel temible oponente y la líder de Hierrocolado, contra cualquier pronóstico, se esforzaba imbatible y furiosa. No iba a dejarle escapar, ni iba a permitirse fracasar y con ello condenar el esfuerzo de sus compañeros. No les fallaría, no contra aquel ser de auténtica oscuridad.

Llevaba su armadura abollada y varios cortes dejaban asomar hilos de sangre, embadurnando con su color rojo oscuro lo que antes fue una lustrosa defensa. Hasta en su inmaculado pelo blanco, varias gotas de su preciada vida adornaban al azar el antes ordenado cabello, ahora una masa apelmazada por el esfuerzo de mantener a su contrincante donde deseaba. 

Una vez más, esquivó un brutal golpe. Una vez más, Soloconbrasas se lo devolvió. 

El encumbrado se volvía a cada momento más peligroso. La salida del sol no parecía afectarle como hubiese esperado, aunque una vaporosa humareda salía de su incompleta forma indicando que la luz del astro hacía su trabajo.

-Inmundo viviente, no puedes oponerte a mi poder –dijo la bestial sombra de perfil vago e indefinido. Su voz era como si rasgaran una plancha de metal y la estridencia hizo temblar involuntariamente a cuantos allí se encontraban. Algunos campesinos no pudieron soportarlo y emprendieron una loca carrera por alejarse del campo de batalla. Habían visto mucho aquella noche y sus sentidos no pudieron sostener aquel embate por más tiempo.

Soloconbrasas estaba cansada, cansada como no recordaba hacía muchos años. Se había enfrentado a muchos peligros, pero el de esta infausta noche superaba a todos ellos. Se presentó inesperado, como todos los acontecimientos de la vida y no quedaba más remedio que afrontarlo de cara, una antigua enseñanza de su maestra. A decir verdad había sido la primera lección de todas, cuando un peligro emerge no se puede dar vuelta atrás e ignorarlo porque este te seguirá, dará alcance y acabará contigo. Hay que enfrentarlo, hacerle saber nunca huiras de él y eso será suficiente.

“Suficiente” pensó la valiente luchadora. En aquel momento esa palabra no significaba mucho, las piernas le pesaban como si fueran dos bloques de duro metal y los brazos se movían por la propia fuerza de la gravedad, arriba o abajo; derecha o izquierda. Pero cada vez le costaba más mover su arma, agarrada con sus dos manos e impulsada por el espíritu que siempre había guiado sus pasos.

Se distrajo con aquel breve pensamiento y una de aquellas manos humeantes le golpeó con fuerza. No llegó a darle de lleno, pero fue suficiente para hacerla girar en el aire y caer al suelo a varios metros de distancia.

Juraría que tenía rota una costilla y le costaba respirar. Se intentó levantar, resbalando en la hierba mojada por los restos de los serviles aniquilados.

El encumbrado gritó, una voz anómala y sin garganta, que helaría la sangre a cualquier otro humano que no perteneciese a Hierrocolado, abalanzándose triunfante sobre la caída mujer. Soloconbrasas rodó con fuerza, aunque con ello incrementó el dolor de su cuerpo y sentía se estaba rompiendo por dentro.

Donde hace un instante se encontraba abrió un profundo hueco en la tierra, se oscureció al tocarla el encumbrado y empezó a pudrirse. Un hedor evidente, una malsana neblina, alzó confirmándole su destino si aquella bestia llegaba a ponerle la mano encima.

Intentó de nuevo ponerse de pie, una posición donde pudiera seguir defendiéndose con cierta soltura. Una de las piernas tenía el metal de su armadura abierto por completo, la sangre manaba en abundancia y un dolor creciente, impedía su propósito. La nueva herida afectaba  una vital arteria y no podría sostener una lucha prolongada por más tiempo.

Unos horribles ojos sin mirada la observaron, congratulándose de su desgracia y sabiendo todo había acabado para ella. La perversa oscuridad saltó, cubriendo la distancia hasta su víctima. Soloconbrasas movió de nuevo su espada y por primera vez, impactó de forma coherente en esa amalgama de inciertos miembros. El arma brilló con una luz que no provenía de ninguna parte, como si el propio material con que estaba hecha fuese arrancado de una lumbre pavorosa.

El encumbrado gritó de nuevo, ahora no era de triunfo sino de un visible dolor. Lo suficiente para obligarle a alejarse de su caída posición y darle el respiro de poder levantarse. Fue entonces cuando percibió en la lejanía el motivo por el cual había sostenido esa incierta lucha, siempre supo que no podría vencerle, pero debía retenerlo hasta que alguien capaz de hacerlo llegase a donde se encontraban. Y ya había hecho acto de presencia.

La pequeña figura fue creciendo hasta convertirse, en un abrir y cerrar de ojos, en quien cuidaba y alimentaba sus esperanzas. Saltó de su hermosa montura sin esfuerzo, dirigiéndose como el propio viento contra el encumbrado. Sacó una espada de estrecho filo brillante, a simple vista un utensilio inútil por su extrema delgadez, pero quien la empuñaba parecía infundirle un poderío que no podría sospecharse ni intuirse.

Una mujer muy alta, de larga y cuidada melena gris plateada, vestida de un verde luminoso como las hojas de los arboles tras una prolongada lluvia, límpido e intenso. Radiante como el propio amanecer y cuyos movimientos de una suavidad sin parangón, no dejaban duda alguna sobre sus exquisitas habilidades. Su piel gris azulada, provocaba un singular contraste con los dos focos que en su esbelto y maravilloso rostro, conformaban sus ojos. Unos ojos únicos, pozos ardientes de verde resplandor e imposible de ignorarlos.

La auténtica oscuridad trató de defenderse, halos de niebla ensombrecida la envolvían mas eran disipados por los rápidos trazos del arma de su adversaria. Ambos se movieron a una velocidad que los ojos no podían alcanzar ni la mente de quienes los observaban, procesar como algo real. Todo parecía un sueño, producto de una ilusión o pesadilla. Se elevaron en el propio aire, luchando como si fuesen dos aves hambrientas y desesperadas enfrentándose por un trozo de comida. Luces y sombras se continuaban, intentando predominar una sobre otra, revolviéndose enfurecidas proclamando una fugaz victoria ante su adversario. Todo acabó cuando la delgada arma atravesó la tangible negrura, iluminándola por dentro. El encumbrado se hinchó, parecía fuese a reventar y arrasar con cuanto encontrase en su destrucción, pero la luz lo envolvió devorándolo desde su propio interior, disipándose y profiriendo un desagradable silbido que fue apagándose poco a poco, hasta desaparecer por completo.

La maestre de Hierrocolado se dejó caer al suelo, agotada por el esfuerzo y el dolor, ya había dado bastante en esa jornada y esperaba la dejasen descansar. Un único impulso la dominaba, morir sola mirando el abierto cielo azul sin una sola nube y el paso de los pájaros surcándolo.

Puercoespino, otro de los miembros de Hierrocolado, quien amaba profundamente a Soloconbrasas y era de igual forma correspondido, se acercó a ver el alcance de las heridas de su maestre y amante. Su rostro se crispó al observar su pierna y un borbotón de sangre, salir sin impedimento alguno.

-No temas, amor mío. No me duele tanto como creía –dijo la maestre mirándolo, con sus ojos cargados de una inesperada dulzura con la cual intentaba alejar su prolongada agonía.

-Debo vendarte esa herida. Debemos llevarte a un sanador –Puercoespino hizo una señal y Trastoviejo asintió, el fiel palafrenero fue corriendo presto a buscar sus mejores vendajes.

Dedofacil, la sagaz elfa y Largasiesta, el más reciente de los incorporados a la Orden, intentaban dominar su angustia al ver la gravedad del corte, cogiéndose con las manos y proclamando un cariño que ninguno de los dos trataba de ocultar, mientras Ojomuerto y Unamuerte nada decían. Y era mucho mayor la inquietud de verlos callados, pues nunca perdían ocasión para hablar ambos hermanos con desparpajo por cualquier situación. Los demás se acercaron con la ilusión de poder hacer algo con lo cual salvar la vida de su amiga, aunque la herida presagiaba el peor de los finales.

Trapopiel, el antiguo bardo, fue el único que no se acercó al grupo, dirigiéndose hacia la mujer quien había acabado con el encumbrado. Ambos se miraron y ninguno de ellos profirió palabra alguna.

La recién llegada encaminó sus pasos a donde se encontraba la moribunda, apartando a quienes le cerraban el paso con la mayor de las delicadezas.

-Estas hecha un desastre, Soloconbrasas –habló mirándola con aquellos inquietantes ojos de verdes destellos- no seas tan haragana y levántate, tienes muchas cosas que hacer aún –le ofreció su mano, mientras todos la miraban como si se hubiese vuelto loca.

-No tengo fuerzas ni para mover mi mano, Hurtadillas –contestó con ojos cansados.

-Un pequeño esfuerzo, nada más, es cuanto te pido –bajó su mano hasta coger la de la mujer tumbada y tirando de ella, la obligó a levantarse.

-¡La vas a matar! ¿Es que no ves sus heridas? –exclamó furioso Puercoespino.

-¿Qué heridas? –la elfa soltó la mano y se dio la vuelta sin requerir más explicaciones.

Soloconbrasas no sabía explicarlo. En un momento estaba al borde de la muerte y al siguiente, todo su dolor había desaparecido. Solo la abollada y cortada armadura daba muestras de haber sufrido un considerable maltrato.

Hurtadillas ya iba montada en su majestuosa yegua y se acercó de nuevo hasta el grupo de Hierrocolado- Conozco a un buen herrero a dos jornadas de aquí. Te arreglará la armadura sin preguntas, es un amigo y os tendrá como tales si vais de mi parte, mis valientes caballeros. Hasta pronto, tengo asuntos pendientes que atender lejos de aquí –espoleó su montura, alejándose con lentitud como si deseara mostrarse como un ser más del mundo que le rodeaba. Aunque cualquier mirada a semejante espectáculo, amazona y montura, haría dudar de su existencia, nada podía mostrarse tan bello y existir.

-Misterios de la Dama Verde –comentó en voz baja Dedofacil. Su origen élfico le permitía conocer algunos secretos sobre esa mujer y como elfa, conocía el nombre que en algunos sitios otorgaban a Hurtadillas, aunque para ella siempre era y seria la elfa crepuscular. Era cuanto se decía de su fundadora y le debían el respeto que se merecía, pues ella les había enseñado aspectos del mundo que nadie más había percibido y aunque en cierta forma era dolorosos reconocerlos, también constituía un privilegio y un honor, ser consciente de ellos.

-Siempre tan comunicativa la elfa –protestó RamdelNorte, poderoso con su hacha empapada por la lucha y único integrante enano de Hierrocolado. A pesar de no tener un gran cariño por los elfos, no podía negar esa mujer siempre le había cautivado. Los demás rieron esa apreciación, disponiéndose a recoger cuanto tenían y emprender un nuevo camino, solos o en el grupo, eso el tiempo lo diría.

Trapopiel fue el único que quedo mirando la marcha de la elfa hasta desaparecer en el horizonte. Parecía se hubiese fundido con el sol que aún despertaba ocioso, pues aquella mañana se levantaba con una extraña quietud y prometía un radiante día.

En un breve instante que cruzaron sus miradas, contaron muchas cosas y quedo de acuerdo con su protectora comunicase a la maestre nuevas noticias. Hurtadillas estaba preocupada, seriamente preocupada por la aparición de este nuevo encumbrado. Tres en los últimos seis meses eran demasiados y debía ser desestimada la casualidad en tales eventos, era necesario investigar el punto de origen sin tardanza, las opciones se reducían a unos pocos lugares y si se dividían podrían alcanzarlos en un tiempo razonable. Le dijo no se afligiese por Soloconbrasas, ocuparía de inmediato de sus heridas y podrían volver a transitar los caminos. Le hubiera gustado acompañarles en su nueva búsqueda, pero la gravedad de la situación le imponía otros lugares donde encontrarse. No dudaba volverían a verse, aunque ya no podía prometer fueran tiempos felices.

“Esta sola, muy sola en esta lucha y nosotros apenas podemos ayudarla” pensó con amargura, le gustaría poder hacer más, ayudarla en donde quisiera acudiese, pero los límites de su propia humanidad impedían tales logros, Hurtadillas era diferente a todo cuanto conocían y muy por encima de sus posibilidades. Se fijo que el sol ya se había liberado de la atadura de la tierra y empezaba a alzar orgulloso, mucho más rápido, sobre la tierra de sembrados y extensos pastizales. Era hora de marchar con los suyos, comunicarles cuanto la elfa le había hablado y esperar acontecimientos.

Tuvo deseos de cantar por razones desconocidas, pero su cortada lengua le impidió cometer ese desmán y dio gracias por habérsela amputado, a nadie le hubiese convenido escuchar sus cantos, como todos sus compañeros sabían. Acarició su pecho, donde la coraza se mantenía impoluta y el grabado de la flor emanaba un calor que podía sentir en su mano, el peto de Soloconbrasas se mantenía intacto en aquel lugar donde la llevaba impresa, el resto era una ruina completa. Sonrió, eso había impedido su muerte que en otras condiciones habría sido inevitable. No quiso pensar más sobre aquello, uniéndose a la celebración.

Se despidieron de los agradecidos campesinos, quienes no habían sido sino un cebo para atraer al mal que acechaba aquella zona, saludándolos con efusiva cortesía y colmándoles de regalos, una buena cantidad de oro para suplir sus carencias y un montón de consejos, para prevenirles de futuros riesgos. Luego marcharon en la dirección en que Hurtadillas desapareció y su maestre sugirió como mejor lugar donde buscar nuevos retos. Cada día, una nueva incertidumbre y cada noche, un mayor peligro. Así es esta tierra, la tierra de Tamtasia.


miércoles, 19 de febrero de 2014

ÉPICA



La brisa caldeaba el desolado páramo, mientras unas tristes hierbas resecas se ondeaban al agitarlas el infortunado viento. El apelmazado suelo siquiera tenía polvo que aquel soplo ardiente removiese mientras la dura piedra, quien constituía la mayoría de la superficie de aquel lugar, se mantenía inamovible al contacto del ser que sobre ella caminaba. 

Sus pies se arrastraban pesados, como si apenas pudiesen despegarse si no fuera por la férrea voluntad de quien los dominaba. Llevaba muchas horas bajo aquel infortunado sol y las quemaduras sobre su piel demostraban no estaba hecha para soportar aquel castigo. Pero continuaba adelante, inmutable y decidida, aunque ello le costase su preciada vida. Debía de informar de cuanto sabia y cualquier sacrificio era válido si lograba su objetivo.

Había tomado un rumbo, una única dirección y ni el castigo infringido por las duras condiciones de su marcha, iban a detenerla. Pero un cuerpo tiene un límite y el de esta valiente mujer se encontraba al borde del colapso, toda su vida escapaba a raudales a cada segundo y ya poca se sostenía dentro para animarla continuar.

Sintió estremecer sus piernas y su mente nublarse. Su fin ya la había alcanzado, pero por razón desconocida obligó a moverlas de nuevo y proseguir su andadura. Todo su organismo pedía a gritos se detuviese y con ello, otorgase el descanso merecido, pero se negaba aceptarlo y cada paso era más decidido que el anterior. Una fuerza emergida de lo más oculto de su interior le facilitaba seguir viva, una fuerza que a muy pocos acude, animando lo que ya estaba muerto y renegando de claudicar a un fácil desenlace.

Durante toda su vida, había sido dura y cabezota. Había conocido hacia pocos meses a otra igual a ella, una belleza morena de intratable carácter, terrorífico genio y grandes habilidades mágicas, sabia podría igualarla aunque jamás superarla. Aún así, la admiraba y respetaba, pues sabia en su interior era muy diferente a la mujer malcriada que aparentaba. Una sonrisa malformada intentó abrirse paso en sus agrietados labios, pero ese esfuerzo no haría sino perjudicar su esforzada travesía.

Ya no le quedaba magia a la cual acudir, agotada en su lucha contra el despreciable enemigo con quien se enfrentó en días anteriores. Jamás creyó podría sobrevivir e incluso ahora, se cuestionaba si todo aquello no era sino un mal sueño.

Siete días había aguantado ante aquella bestia, en la loma de Cartaquemada, sin comer ni beber nada, sin ni siquiera dormir. Solo había quedado ella, pues todo su sequito había sucumbido al horrible poder que les enfrentó esa aciaga búsqueda.

Recordarlo le dolía en su mente, sus buenos amigos destrozados sin piedad, uno a uno cayendo para protegerla y luego sola, en una apabullante soledad, rodeada de los cadáveres de quienes amaba, sin poder ni siquiera atenderles en una canción de difuntos y viéndolos descomponerse bajo aquel implacable calor. Aquello le infundió, en contra de cualquier suposición, la fuerza necesaria, el vigor implacable para poner fin a la lucha. Un enfrentamiento épico, digno de ser narrado, aunque no quedase nadie para escribir sobre el mismo. Pero había descubierto lo suficiente, una noticia que debía encontrar un oyente que la escuchase de sus labios destrozados y su garganta quemada por la sed y la angustia de la muerte.

Sabía que si no encontraba a nadie aquel mismo día todo sería inútil. Su perseguidor ya se encontraba cerca y sus argucias mágicas, empleadas para distraerle, se estaban disipando junto a su vida.

Tropezó, cayendo al pétreo suelo y lastimándose de veras. Había golpeado la cabeza y aturdida fallaba una y otra vez en sus intentos por levantarse.

-Debo… debo… -las palabras inaudibles emanaban de su boca, intentando darle con ello la fuerza necesaria para erguirse, entonces lo notó. Su hedor, aquella pestilencia insoportable, ya era tangible e indicaba que su caza estaba por concluirse, iba a morir con un gran sufrimiento pero se juraba a si misma no demostrarle temor. Era fácil decirlo después de haber esperado su salvación, creía al fin alguien llegaría a rescatarla y aunque estuviese al borde de la muerte, tendría el tiempo suficiente de dar su mensaje. Ahora todo su esfuerzo, no había valido de nada.

El infrahumano olor ya la envolvía, se negaba a volverse y mirar su adversario, cara a cara, pues había comprobado de primera mano, no poseía un rostro definido y si una máscara de horripilantes cicatrices que se removían constantes. Su cabeza vibraba, gritaba enloquecida y nada sensato podía obtenerse de escuchar sus múltiples voces. Parecía humano, pero no lo era, solo un engaño, una burla a cuanto amaba.

Sintió de repente un aroma diferente, contrario al primero y en cierta forma, bastante familiar. Era una mezcla de hierbas frescas, recién mojadas por el rocío del amanecer y la brisa le transportó a dulces tierras plagadas de flores en primavera, recién abiertas emanando sus fragancias y recordándonos con su renovación, el precio de la vida. Entonces lo supo, supo quien se había llegado hasta ella y la esperanza perdida, brotó de nuevo.

-Hu… -quiso gritar, pero no tenía voz.

La luz a su alrededor se oscureció y resplandeció de nuevo, producto de la lucha entre los dos adversarios poderosos. Sintió la tierra vibrar ante sus pasos, retumbando como si la golpeasen con implacables martillos. Un sonido de brutal choque mágico se acrecentó, sintió chispas caer sobre su maltrecho cuerpo y los gritos de lucha, unos serenos y concentrados; los otros, guturales y despreciables, enfrentarse.

Quería ver con sus propios ojos esa sobrehumana hazaña, verlo para tenerlo presente en el momento de su fallecimiento. Un viento huracanado la golpeó, manteniéndola aferrada al suelo a duras penas. El olor a ozono concentrado, fruto de pavorosas invocaciones, penetró por la fuerza en sus destrozados sentidos. Fastuosas ondas de energía habían sido convocadas y la propia naturaleza se debatía furiosa ante su llamada. Una luz brilló con la intensidad de un millón de soles, cegándola completamente, parecía que todo fuese a desgajarse y romperse el mundo entero, tal era la intensidad de ese resplandor. Después escuchó un horrible grito y luego un silencio tan completo, que temió haber muerto y no haberse enterado.

Percibió unos pasos acercándose a donde se encontraba caída, puesto que estaba cegada nada veía de quien se había aproximado, solo notó unas manos suaves examinándola con gran delicadeza. Sintió el calor de la curación, una más allá de cualquier comprensión o entendimiento. Sintió un gran amor por la vida y la fuerza volver a llenarla, hubo un momento que temió reventar por la plenitud de su renacimiento y sin esperarlo, cayó en las tinieblas.

Sus ojos se abrieron de nuevo, era de noche y estaba junto a una humilde hoguera, por sus destellos inusuales debía ser producto de la magia. Buscó a su salvadora y vio un bulto que se removía en la penumbra cuidando de una retahíla de buenos caballos. La mujer se movió al darse cuenta de quien había rescatado de las garras de muerte había despertado y pudo verla con claridad, viendo la sorpresa reflejada en su rostro.

-No eres Hurtadillas, creí ella… -dijo con una voz muy apagada.

-La elfa de muchos secretos y pocas verdades, no está aquí. Creí te bastaría con esta humilde salvadora… -respondió la mujer mientras se cepillaba los negros cabellos con un cepillo de hueso lustrosamente grabado, cogido de una de la innumerables alforjas que le acompañaban. Pequeños rayos eléctricos recorrían su negra cascada enredada y por más que se empeñaba el pelo no quería asumir su estado natural. 

-Tú nunca fuiste ni serás humilde, archimaga –se incorporó un poco, pero tuvo que volver a tumbarse, el cuerpo le dolía en toda su extensión.

-Seré muchas cosas y tendré muchos defectos, pero jamás dejo de ayudar a una amiga que lo necesita –sus labios no se movieron, su prodigiosa habilidad telépata le permitía hablar sin abrirlos y descubrir su tara con la letra “r”, por la cual siempre se sentía molesta.

-Me alegra me consideres como tal. Siempre he sabido…

-Basta. Sabes desprecio los halagos, ese “amigo” al cual he devuelto a su lugar me ha dejado muy cansada –dijo con severidad- es hora de que descansemos. No temas, estamos a salvo. Mañana iremos a dar una merecida sepultura a tus acompañantes.

-Pero tengo que contarte algo importante…

-No hace falta. Por desgracia pude ver con claridad sus abyectos planes y lo avanzado de ellos. Aunque la única que podría decirnos que significa todo esto, esa estirada de Hurtadillas, se ha ido de excursión. “Tengo cosas que hacer” me dijo, le habría partido las piernas con gusto y pateado las costillas con mayor agrado. Duerme, mañana estarás como nueva –vio como sus cejas adoptaban una posición de sumo enfado y las palabras aún siendo proferidas por su potente mente, parecían más gruñidas que habladas.

Cojindeseda no se atrevió a decir nada más. La miró con disgusto, le iba a dar las gracias por su grandioso esfuerzo pero sintió que no le debía nada, siempre era malcarada y muy altanera. En todo momento.

La maga se recogió envolviéndose en unas gruesas mantas, las protecciones mágicas les aseguraban un sueño tranquilo. Se removió intranquila en su lugar de reposo, sabia había sido muy brusca en su trato, aunque no podía evitar ser como era y decidió disculparse a su manera.

-Sabes orca, siempre he creído que las integrantes del “Fuego Verde” erais interesantes y dignas de respeto. Si tenía alguna duda sobre vosotras hoy me ha sido aclarada, enhorabuena por haber aguantado ante esa despreciable cosa. Muy pocos, los contaría con los dedos de una de mis manos, podrían vanagloriarse de una hazaña así. Esa boba de la elfa, la muy venerable archimaga que soy yo, por supuesto y tú, mí querida Cojindeseda. 

Tuvo deseos de tirarle una piedra, pero no logró ver ninguna a su alcance y el esfuerzo no merecía la pena. Aunque si la hubiese encontrado, no se la hubiera tirado tampoco, sabía cuando la halagaban y la archimaga no era mujer inclinada en afirmar que alguien pudiera igualarla, aunque lo dijese de una forma tan poco delicada y jamás había pretendido nada así, el destino las había unido para bien o para mal, y debían aceptarlo. Mucho se jugaban en aquella partida incierta y el peligro al cual se enfrentaban, tan verdadero como ahora sentía latir su corazón. Decidió no pensar más y dormirse, mañana iba a ser un día duro.

Testadurra esperó paciente a que Cojindeseda durmiese, levantándose con cuidado y alejando sus pasos de allí, junto a la seguridad del fuego. Se había esforzado mucho en aparentar tranquilidad, pero la lucha la había dejado maltrecha y unas profundas nauseas la dominaban. Su cabeza le palpitaba como si la estuviesen utilizando para un gran tambor enano y no podía concentrarse en nada más que evitar desmayarse sobre su propio vómito.

Escupió unas flemas y echó el contenido de su estomago. Había sido un enfrentamiento feroz y supo por cuantas penurias tuvo que pasar la pobre orca. Tenía una gran lastima por el sufrimiento que habría soportado y la alegría por haberla podido salvar, aunque para otros había llegado tarde.

-Épica, Cojindeseda. No tengo duda de que tuviste una lucha épica, amiga mía –dijo a plena voz con el mayor de los respetos, mirando a la bella maga de largos y hermosos cabellos verdes resplandecientes, dormir plácida.