jueves, 6 de febrero de 2014

PASEOS POR FRIAS TIERRAS (5ª PARTE)



Un golpe. Otro más, fuerte y furioso. La anilla de la pared también disponía de alguna clase de sortilegio, pero donde se encontraba unida al muro, mezcla de argamasa y dura piedra, era vulnerable.

Volví a coger impulso e impacte con el puño, resquebrajando y desprendiendo trozos que me salpicaron incluso en la cara. No me importaba, debía salir de allí y ya había perdido mucho tiempo como invitada para permanecer ociosa. Aún temblaba de la excitación del juego erótico impuesto por la pérfida vampira, estaba dispuesta a devolverle el favor con un buen beso de mis puños y la caricia de Sonrisas, mi querida espada. No sabía donde estaba, una vez me liberase, nada me impediría salir en su búsqueda.

Me impulsaba ante todo la urgencia de liberar a Torsocorto de su impuesta prisión, si demoraba más tiempo la comida y el fuego con el cual avivaba la oscuridad terminarían agotados. No podía calcular el tiempo en el cual permanecí inconsciente, aunque tenía la certeza absoluta de terminar con varios de aquellos monstruos con quienes me había encontrado. Nunca permitiría esa turbadora tiranía ni el baño de sangre que esos seres se congratulaban en mostrarme, les enseñaría la justicia a veces llega de la mano más inesperada.

A pesar de los encantamientos de las cadenas, notaba como el fuego volvía a mi interior. Era un deseo del cual hubiera carecido si fuera realmente una vasalla de la oscuridad, esa parte que aún seguía viva y me impulsaba a comportarme como si aún lo estuviera de veras. Sentía la primera debilidad caer ante mi voluntad, a cada golpe me veía más vigorosa, dispuesta incluso a romper la pared si era necesario.

Otro nuevo puñetazo quebró un trozo de piedra e hizo evidente en varios intentos más, podría moverme libre por mi estrecho entierro. Me desharía de todos los escombros e intentaría averiguar hacia donde dirigirme, el olor de la sangre podía guiar mis primeros pasos, necesitaba alimentarme y no tendría piedad de aquellos humanos que prestaban ayuda a los sangrantes, para mi eran mucho peor, tenían la voluntad en elegir su camino y obraban contra sus semejantes. Esto me enfureció aún más, de un nuevo golpe revestimiento y cascotes sembraron el suelo. Al fin había liberado uno de mis brazos, el otro seria cuestión de un par de intentos.

Franqueado el obstáculo, tire los restos del muro hacia el interior de la celda que enfrente tenía. Con mi sensible oído no escuche a nadie cerca de allí y agarre aquella puerta maciza por los refuerzos de metal con ambas manos. Nada me costo sacarla de sus bisagras a puro de fuerza y con igual habilidad la introduje a mi salida en su lugar, de tal manera que sin una inspección sigilosa nadie sospecharía había escapado, hasta mirar bien mi prisión. No tenia ventanal y sería necesaria abrirla para ver a quien contenía en su interior, eso jugaba en mi ventaja, por ahora se habían divertido conmigo un rato y dudaba me volviesen a visitar en tan corto tiempo.

Llevaba las cadenas aún atadas a mis brazos. Me servirían de arma provisional si alguien se interponía en mi camino, sabría manejarlas con la destreza suficiente para infringir daño suficiente, la fuerza vampírica me haría ser un temible enemigo.

Escruté el pasillo de las lúgubres mazmorras. Una tenue luz de antorcha lo iluminaba, pude contemplar el suelo mohoso y el descuido general en que se encontraba esa parte, la cual supuse serian los niveles más bajos del torreón. Aquel lugar se utilizaría rara vez y el silencio a mi alrededor me hizo suponer a nadie le interesaba mi presencia.

Incomoda por no llevar nada más que la camisa sucia, deseaba lograr alguna ropa para esconder mi desnudez. Tantos siglos no me habían convertido en una puritana y además tampoco servía para evitarme el frio ambiente de aquel lugar, pero me molestaba mostrar el joven cuerpo con ese descaro, parecía pretendiese cautivar al primero con el cual me encontrase. Pensé seria un rastro de la moral que mi madre inculcó desde mi nacimiento sobre la necesidad de ir vestida y comportarme como una señorita.

El placer de los vampiros es arrebatar la vida, con crueldad si ello es posible y lentamente, para saborear esa muerte en toda su extensión. El mío, mucho más sencillo, era ver alegría en un rostro, cariño en un contacto, aunque fuese sobre esta piel helada mía, eso lo agradecía tanto como si el propio sol me calentase de nuevo. Deseaba conocer a alguien quien no le importase mi estado, aunque sabia no era posible abrazarme a un cuerpo caliente, me obligaría sentir el paso de su hirviente sangre y desear saciar mi sed de una forma que no podía permitir. Debía tener un gran control, la voluntad necesaria para ello me la había otorgado la experiencia de miles de años, de errores y aciertos, una gran carga a soportar.

En cuanto al sexo, no llevaba esa necesidad bajo mi piel. Podría entregarme a un amante, aunque eso nunca fue mi prioridad, con el tiempo había encontrado personas con las cuales me hubiese gustado yacer, pero sus reacciones terminaron haciéndome desistir de ese empeño. Devotaunica me había hecho recordar una sensación olvidada, aunque fuese forzada. Si salía de allí, buscaría a quien pudiera merecerme, era una promesa que incentivo mis sentidos para terminar aquel asunto, cuanto antes.

Al acabar el pasillo, llegue a una sala de guardia. Estaba abandonada, como todo lo demás, al oxido y a la podredumbre, me invadió una gran pena, recordándome la tumba de mi madre, quien no visitaba hacia demasiado tiempo. Fue una idea pasajera, nada quedaba en Tantotongo que me obligase a volver, nada vivo merecedor de tal molestia.

Abrí la puerta situada en el extremo más alejado de esa habitación y la corriente de aire frio golpeo mi cara. La camisa se agito como una banderola, sintiéndose complacida por aquel movimiento y desprendiendo algún trozo de tierra que aún conservaba de mi escapada.

Una escalera ascendía en una oscuridad total hacia un destino incierto. No dude un momento en empezar a subir los escalones, con sigilo y atenta a cualquier sorpresa desagradable. Las cadenas sueltas se mecían con mis movimientos y me hacían parecer un extraño reloj con péndulos a sus extremos. Los peldaños estaban húmedos, fríos y parte de ellos se descascarillaban al contacto de mis pies, no parecían haberse usado en siglos, aquello me hizo desistir seguir por aquel lugar.

“Debe haber otra salida” mientras lo pensaba, descendí hasta la habitación de guardia y empecé a investigar sus paredes con detenimiento. Al poco descubrí para mi alegría, una abertura hábilmente escondida, debía haber algún resorte para abrirla, pero no tenía tiempo de adivinanzas. La empujé, haciéndola saltar de sus resortes y forzándola me introduje por ella.

Todo estaba oscuro, pero el aire tenía calidez, provenía de algún lugar donde el fuego ardía y calentaba cuanto encontraba. Olía a metal caliente, supuse seria alguna forja donde se aprovisionaba de armas y materiales a cuantos allí se congregaban.

Me moví en el mayor de los silencios, aquel pasillo no era muy largo y pronto distinguí el contorno de una salida. El fuego delimitaba su forma y me indujo a creer daría directo a la propia llama de la fundición. Toque ese lugar, estaba ardiendo, era una puerta construida con materiales resistentes a las llamas, podría forzarla pero caer en las llamas no era una opción nada apetecible. Aunque me curaría, si saliese de allí quemada pasarían muchos años hasta tener un aspecto humanamente reconocible. No era el dolor, sino la presencia física lo que me importunaba perder, no soportaría tener el aspecto de un monstruo con carnes abrasadas.

Podía esperar a una nueva visita, tal vez de esta manera se habilitaría una salida menos complicada y podría escapar con mi piel indemne. Una vez más, la visión de Torsocorto me sacudió, no debía perder tiempo.

Para mi suerte, al empujar esa pared, se debió activar algún mecanismo, pues el fuego se redujo lo suficiente para permitirme pasar por esa caldera infernal sin ningún daño. Solo un intenso e inaguantable calor para un humano, nada para quien yo era.

Me alegre al ver en uno de sus rincones, en la estancia de la forja, un montón de armas en diversos estados de fabricación. Estudie todas ellas y cogí una pequeña hachuela y una espada larga casi terminada, solo faltaba arreglar la empuñadura de frio metal, eso se soluciono rasgando un poco la camisa y con tela sobrante utilizándola para envolverla, le daría un mejor agarre, aunque no era lo idóneo para su manejo. 

Mis armas no se encontraban allí, pero la armadura si. Al menos el peto abollado, de seguro pretendían arreglarlo, me lo coloque sin miramientos. Me apenaba aquel desperfecto, ya vería como solucionarlo en el futuro. El resto estaba arrojado como si fuera basura en una de sus esquinas, colocándomelo y sintiéndome más preparada por ello.

Era hora de ser Maljeta, la diezmadora de sangrantes. Hora de dejar atrás los juegos de niña y convertirse en la brutal mujer que llevaba dentro. Debía dejar salir la ira que había atesorado en su cautiverio y mostrar cuan peligrosa era de veras. Movió la espada con el juego de muñecas aprendido de tanto manejarla, la hoja cortaba el aire, resbalaba entre la nada, sesgándola y volviendo a su posición inicial. Probó la hachuela, tenía un excelente equilibrio para tratarse del vulgar trabajo de un herrero local. La examinó con detenimiento, era un arma enana, su dueño ya no la necesitaría y a ella, le serviría para vengarlo con igual eficacia.

Lo peor era la sensación de hambre que intentaba dominarla. Sería fácil ponerle remedio, a la primera ocasión.

Había un grupo de cuatro hombres fuera, en el pasillo que vigilaba aquellos túneles de infinitas posibilidades. Con suma cautela, los observó. Ninguno de ellos era un sangrante, tan solo eran una caterva de sirvientes armados, traidores a la vida, la hez de Tamtasia. Sintió deseos de enseñarles la cara de la verdadera justicia, cuando escuchó los lamentos provenir de unas mazmorras que cerca de aquel grupo se encontraban.

Eran humanas, sin duda gente cautiva para alimentar las despensas de los sangrantes. Su sangre hirvió, no la que debería correr por sus venas, sino la que espiritualmente le alimentaba su odio contra sus adversarios. Estaba cansada de comportarse, la hora de Maljeta.

Rompió la puerta, abalanzándose contra el grupo. El primero murió aplastado por la dura madera despedida del empujón, los huesos del cuerpo crujieron con una espantosa claridad y el cuerpo, quedo inerme al instante. La espada giró, dos cuellos se abrieron y la sangre negra, bramó de ellos incontenible. Ni siquiera tuvieron tiempo de gritar. El último tuvo tiempo de intentar echar mano del pomo de su arma, pero Maljeta se abalanzó sobre él, su terrible fuerza rompió el brazo y sus dientes, alcanzaron feroces el cuello del vendido humano. En un instante, que pareció durar una eternidad, lo desangró, recuperando aún más sus decaídos sentidos.

La sangre caliente activó con premura el instinto de seguir devorando. Solo la férrea voluntad de Maljeta la detuvo de seguir haciendo lo que su cuerpo le exigía satisficiese. Un hambre voraz, incontrolable, que supo le sobrevendría al probar de nuevo la sangre humana. Estaba como una borracha, deseosa de descorchar una nueva botella y verter todo su zumo en su paladar. Embotada, llena de vigor, tuvo la tentación de destrozar las puertas de las celdas y devorar a quienes se encontraban en su interior.

Se dejó arrastrar por esa llamada, acercándose a la primera que a mano tuvo. Podía sentir las decenas de corazones en su interior. Llamándola por su nombre, deseando ser acariciadas y vaciadas por su boca, tamaño placer se le ofrecía que el mayor goce parecía pequeño, comparado con aquella orgia declarada que tan fácil tendría conseguir. Su mente se rebeló, no deseaba seguir con ese juego, ya tenía suficiente de un miserable, no quería dañar a inocentes. No, nunca más.

Abrió las celdas, rompiendo las cerraduras con una mano tan solo. La gente chillaba asustada y les costó convencerles, tuvieran calma y aguardasen. Indicó donde encontrarían armas con que defenderse y salió de allí. Aún le quedaba mucho por hacer.

Sabía porque le tenían miedo. No solo por el hecho de ser otra sangrante, sino por su aspecto físico, con su pelo rojo alborotado, unos ojos claros de mirada luminosa y sugerente y toda ella, empapada de sangre fresca. Debía ser una visión aterradora.

Subió las escaleras, ahora llevaba también un puñado de puñales recogidos de los muertos, una ballesta pesada con bastantes virotes y un mandoble, aunque no era tan bueno como su querido Atizador. Pero daba igual, lo utilizaría con todo su conocimiento.

Se encontró con un grupo en un pasillo. En esta ocasión eran cinco humanos y dos sangrantes, un hombre y una mujer. De inmediato, la reconocieron como una rival, pero Maljeta ya estaba entre ellos. Solo un segundo más tarde, tres de esos hombres estaban muertos y el sangrante, tenía medio cuello desgarrado. El mandoble había hecho bien su trabajo, impulsado por la inusual fuerza de la sangrante pelirroja. 

El sangrante herido cayó al suelo, sujetándose el inestable cuello que manaba una gran cantidad de líquido vital. La mujer se abalanzó sobre Maljeta, quien le dio un pasmoroso codazo que le reventó la nariz, luego la empujó contra los dos humanos supervivientes, quienes entraron en una habitación adyacente, aplastándolos sin caridad alguna contra el saliente de una pequeña chimenea. De nuevo, crujir de huesos y el espantoso quejido, de quien muere en un espasmo doloroso.

Cogió a la sangrante y aplastó su cabeza contra el suelo. Sin parar en su empeño, sacó su hachuela y rebanó limpiamente el cuello, separando ambas partes de una patada. Salió al exterior, al pasillo donde el hombre sangrante se levantaba, había podido contener la brutal hemorragia. Maljeta lo cogió por los cabellos y le arrancó la cabeza, de un solo manotazo, arrojándola contra los otros cuerpos muertos, satisfecha.

Aún quedaba más por hacer.

martes, 4 de febrero de 2014

Breve inciso

En la seguridad de que cuanto escribo lo hago para mí, con la única intención de entretenerme y dar un sentido a cuanto puedo entender de esta loca historia, ruego si alguien ajeno ve algo susceptible de mejorar (ya lo creo :), existe muchisimo que mejorar) se vea tentado en hacer aunque sea un escueto comentario. Se lo agradeceria eternamente, si es que eso puede valerle algo a quien cometiese la locura de intentar soportar mis desvarios. Un saludo y un mejor despertar.

MOVIMIENTO PERFECTO



-Nadie puede hacer algo así –dijo el mercenario de gran bigote y unas patillas exageradas que le daban aspecto lobuno.

-Pues cuando hablan de ello, es que alguien puede. Es una técnica refinada y de una comprensión absoluta sobre el propio movimiento y su desenlace, quien lo domina es maestro de maestros y capaz de cualquier cosa, por insólita que pueda parecer –afirmó su compañero, un hombrecillo delgado, cuya armadura parecía haber sido hecha para alguien de tres tallas mayor que él.

-No me lo creo, en todos mis años de enfrentamiento he visto buenos combatientes, incluso diría excelentes, pero a nadie dominar ese “movimiento perfecto”. Eso es un bulo, una infamia o una fantasía. O todas ellas a la vez –contestó otro de los aguerridos luchadores, mientras la mujer que a su lado se encontraba y quien poseía una belleza de aspecto feroz, acariciaba con insólita delicadeza su cabello. Unapeca, la famosa mercenaria asentía las palabras de su gran amor, el magnífico luchador de esgrima Rotavara. También ella dudaba de que existiese alguien así.

-Bueno, no os lo creáis pero alguien debe de poder, de otra forma no existirían esas murmuraciones y muchos se vuelven locos en dominarla –volvió a insistir Portebajo, quien no podía evitar sentirse incomodo en aquel traje de acero que tan grande le quedaba, pero había pagado una fortuna por tal protección y su orgullo impulsaba a no desprenderse de tal adquisición.

-Son todos unos necios. No insistas, no existe y punto –el hombre de las patillas se retorció el bigote con nerviosismo y eso solo podía significar que la discusión había terminado. Al menos, sobre aquel tema.

La conversación derivó en asuntos pecuniarios, el Conde Brotacieno no les había abonado la última paga por defender sus tierras de una banda de bandidos e iban a tener que advertirle de no hacerlo, serian capaces de unirse a los bandoleros. Ellos nunca harían algo así de verdad, pero el roñoso y temeroso Conde no lo sabía y ante la duda, pagaría su deuda.

En tal conversación la figura del fondo arropada por una estratégica sombra, donde pasaba totalmente desapercibida y cubierta por una capa de buena tela con ancha capucha cubriendo su rostro, dejó de escucharles. No le interesaba nada sobre aquella paga extraviada, se bebió el contenido de la mala cerveza que le sirvieron y dejó el justo dinero de aquel brebaje. Se levantó con total sigilo y sin nadie percibirlo se fue de la posada.

Era de noche, noche cerrada como no había existido desde hacía unos cuantos meses. Las lunas gemelas siempre estaban de guardia e iluminaban, mejor o peor, las largas ausencias del sol en las noches de invierno. Pero hoy debían de estar holgazanas y la oscuridad era total. Aquello sirvió para ocultar aquel personaje hasta el establo y recoger su hermosa montura.

Se montó en ella como si fuese el acto más sencillo del mundo y acariciando con suavidad su cuello se pusieron en marcha. Nadie los vio irse, ni nadie se acordaría de que habían estado allí.

Emprendieron el viaje, lento al principio, veloces como el viento después. Las lejanas montañas no tardaron en quedar cercanas y la ascensión por rutas por muy pocos conocidas, realizarse sin miradas curiosas. Las empinadas cuestas y los abruptos precipicios no eran obstáculos para la montura y su jinete, ambos expertos en tales aventuras. 

Tras llegar a la cima, el jinete dio orden de detenerse a la majestuosa yegua. Se bajó de un salto, arrancándose la capa y descubriendo su figura ocultada. La elfa, cuya belleza si fuese luminosa haría arder la nieve de todas las cimas, desenfundó con maestría su singular espada, de tramo muy delgado y ligero, quien parecía fuese a romperse con el primer golpe que la sacudiera.

-Bien, vamos allá –dijo a Bellandante, mientras la inteligente yegua miraba con ojos sagaces, como si comprendiese cuanto dijese su amazona y procedió apartándose a una distancia segura.

Colocó sus pies en una buena posición de defensa, moviendo su espada a derecha e izquierda, pesando su equilibrio y midiendo sus fuerzas. Empezó a bailar una danza de muerte, imaginando a múltiples enemigos rodeándola, estos intentaban rodearla y su número crecía en torno suyo. Giró sobre sus pies, saltó sobre la nieve y su arma sesgaba, cortaba y se hundía entre sus adversarios. Un torbellino de golpes precisos, calculados, acababan con cuanto se interponía entre ella y su propósito. La montaña vibraba de emoción por aquel poder desatado y libre, la propia naturaleza temblaba ante tamaña demostración de destreza.

Se detuvo de repente, bastaba con ese pequeño entrenamiento o amenazaba con hundir la propia cordillera donde se encontraba y provocar un alud de proporciones cataclismicas. Ella no deseaba tal cosa, tan solo demostrarse a si misma que el “movimiento perfecto” era posible y el pobre Portebajo no andaba tan desencaminado. Le hubiese gustado intervenir en la conversación y haber hablado a favor de aquel hombre tan delgado, a quien por cierto esa coraza solo le serviría para molestarle en la lucha, sería mejor se la vendiese a alguien con más cuerpo y llevase algo liviano permitiéndole los buenos movimientos que no dudaba, por una simple apreciación, aquel diestro mercenario podría acometer.

No obstante, en una irreverente osadía dejó sin nadie apercibirlo una nota en su mesa. Sabía que aquel mercenario la apreciaría en su medida, en la cual afirmaba si era posible, daba unas novedosas indicaciones para aproximarse a esa técnica y la esperanzada recomendación de que se desprendiese de esa armadura nada apropiada. No podía hacer menos para pagarle su fe en aquellos comentarios que a su favor hizo.

El “movimiento perfecto” era una creación suya y nadie más, en toda Tamtasia, podría nunca  llevarlo a cabo. Si es cierto, algunos podrían aproximarse bastante, pero jamás tendrían la esencia pura ni la determinación, ni el golpe suficiente para acometerlo en su plenitud. Solo ella, nadie más, podía hacerlo. Eso era un motivo de orgullo y al mismo tiempo de desdicha, pues si le ocurría algo, ¿quién defendería a su amada Tamtasia?

-Nadie –dijo al viento, aunque este no podía escucharle en aquel momento. Aquella palabra murió en el vacío y se precipitó por los bordes de la montaña para perderse en el olvido.

Estaba sola. Una soledad eterna y amenazante, se dirigió a Bellandante y la abrazó con gran cariño, de vez en cuando necesitaba hacerlo, necesitaba sentirse aferrada en algo vivo. Sentir otro corazón y el calor de ese cuerpo. No pedía más, todas las riquezas del mundo por un simple abrazo, por una simple caricia.

Era hora de irse, guardó su arma montando de nuevo. Empezaba a despuntar un nuevo día por las altas montañas e iluminar con la esperanza de futuros encuentros. Tal vez habría un mejor mañana para todos, donde la esperanza de una lucha sin fin no permaneciese. Sin pensar más, se perdió entre la espesura de los bosques, rumbo a lo desconocido.

MAR DE DUNAS, MAR DE DUDAS



El sol abrasa, los finos granos de arena me queman al caer y raspan la tostada piel aumentando con su roce mi sufrimiento. Han descrito muchas veces el infierno, debe ser algo parecido a esto, a la inmensidad de la nada. A un mar de dunas interminables que me rodean.

Caigo de nuevo por la ladera de la montaña de arena, deslizándome con suavidad y sin fuerzas para poder sostenerme. Cual hileras de olas congeladas por un extraordinario hechizo, me rodean y humillan con su imponente altura, no me desean en sus alturas. La bola de fuego de los cielos se alía con aquella burla y no tiene piedad de mí, la boca está seca y tengo la lengua hinchada. Es el fin, ya no puedo incorporarme ni desafiarlas en una nueva ascensión y la consciencia vencida se pierde en las penumbras.

Sueño, sueño con mis errores del pasado quienes cobran vida y vienen a pedirme cuentas. Me torturan por mi debilidad y fracaso, no puedo huir de ellos por más que intento escabullirme de esas sombras delatoras en las que se han convertido, persiguiéndome sin tregua y dando alcance, golpeando cuerpo y mente con increpaciones e insultos. Ni ahora que voy a morir, tengo un momento de descanso.

Me despierto sorprendido, siento una piadosa tela cubriendo mi castigado cuerpo de la implacable luz con un toldo improvisado, alguien me ha protegido del devastador astro y el sosiego de ese confort obliga a un suspiro incontrolado. Piedad, solo suplico piedad y morir con mis culpas, olvidado de todos, en paz.

El torrente de agua cubre mi garganta, ese líquido me infunde vida de nuevo y el deseo de ver a mi salvador se hace más necesario, pues al salvarme se condena a sí mismo. Me siento revitalizar, ver sanadas todas mis heridas, cobrar de nuevo la fuerza que antaño tuve.

He de matarlo, siento la necesidad de cobrarme una nueva víctima. El odio me domina por completo, esa necesidad de cubrirme de sangre, de negar la vida y ofrecer un nuevo sacrificio al ansia que dentro me devora. 

Busco mi espada o en defecto, cualquier cosa afilada que pueda servirme a igual propósito. Da igual cuan tosca sea esa muerte, las voces me inducen a exterminar cuanto me rodea y solo aquella ardiente extensión inabarcable me impide continuar mi obra.

-No la busques contigo, la he dejado a poca distancia de ti pero la suficiente para obligarte a verte levantado –dijo una voz femenina y segura de sí misma.

Gruñó enfadado, el odio me carcome. Deseo arrancarle esa garganta y beber su sangre, mi mente se nubla de cualquier otra idea. Sangre, necesito derramarla con urgencia. Impulsado por una fuerza desesperada me levanto y descubro a mi rival. Muy poca distancia nos separa y entre los dos, mi espada clavada en la arena al alcance de la mano.

-Tuve que forzarte a entrar en Mardedunas, has matado mucha gente Muycabal y he de acabar contigo –reconocí ese nombre de entre sus labios, no había ninguna duda, Muycabal era yo. ¿Pero, y ella?

Una mujer de cabellos grises y largos, de rasgos perfectos y largas orejas sobresaliendo entre su mata de pelo, con una pálida piel gris azulada, un variopinto contraste que me lleva a identificar su origen lejano. Una elfa sin duda, con unos inquietantes ojos verdes, brillando más que la propia luz del día. Alta, muy alta y de cuerpo estilizado pero poderoso, se podía apreciar con una sola mirada experta. Iba a ser una rival interesante de matar.

Agarré mi espada e intente darle un golpe de costado, cogerla desprevenida y verla agonizar sería un gran deleite, todo el pesar sufrido hasta ahora valdría la pena por un instante así. Sin saber cómo, la mujer élfica sacó una delgada espada de su vaina y lo detuvo, no daba muestras de haberse esforzado en absoluto.

-Habrás de sudarlo más. O acaso la sombra que te posee va a decepcionarme, no me importa si os mato a ambos a la vez, pero te mueves como un viejo reumático –dice burlescamente, mientras su sonrisa se tuerce despectiva, pero aún así sigue conservando una belleza hechicera.

Mi espada se mueve veloz, más rápida que jamás imagine, buscando separar su linda cabeza del cuerpo. Una vez más la detiene, ni siquiera se ha inmutado.

-Ya no recuerdas, no deseo darte muerte a ti, sino a lo que llevas dentro –golpea y lo hace con precisión, introduciendo su arma hasta mi corazón. 

Me arde el interior, como jamás creí algo pudiera hacerlo mientras sostiene el alargado metal dentro de mi cuerpo. Intentó atacarla aprovechando la ira por aquel acontecimiento fortuito, pero su antebrazo metálico para los intentos como si fuese un burdo novato. Se mueve con una ligereza inesperada y la desmesura en su fuerza guía sus movimientos. El campeón de los bárbaros, burlado por una escuchimizada elfa.

Agarró su largo y delgado cuello con mi mano férrea. Notó el palpitar de sus venas y con ello, la promesa de un corazón que dejara de latir una vez rompa esa delicada parte de su anatomía. Una vez más, con impropio ímpetu coge mi brazo y me obliga a desistir de ese empeño, pues es como si un titán de las antiguas leyendas me atrapase, participando conmigo en un juego cruel donde no tengo ninguna posibilidad de victoria.

 -Tal vez, deba mataros a los dos. No se si merecerá la pena salvar tu vida y arrancarte el mal secreto que llevas dentro –sus ojos brillan con tal intensidad que ciegan cualquier otra visión. Iris redondos, como dos soles teñidos de un verde brillante y vivo, resplandecientes y tumultuosos.

Su contemplación ha evitado la agonía que hasta ese momento soportaba, pero la realidad vuelve con su arma clavada en mi. Siento unas terribles ganas de vomitar, algo me pide salir, algo palpita cual vena sometida a un esfuerzo extremo, pero en mi estomago hace días no entra alimento y la apreciada agua es como si nunca hubiese existido y perteneciese al cantar de los juglares. 

Grito, arranca su espada con agilidad proverbial y clava en negras sombras que salen por mi boca. Estas se estremecen, como si fuesen una nube sometida a un viento huracanado,  agitándose desean romper esa infausta unión con aquella espada brillante. Me quema la vista y el dolor de mi interior se une al sufrimiento de ver esa abominación. Si una mano mortal cualquiera hubiese sostenido tal lucha, se hubiera roto en miles de pedazos, pero la elfa se mantiene firme y no cede. No soltará su presa, jamás permitirá escapar a quien ahora va a expulsar de estas tierras. Lo sé, un conocimiento que no comprendo ni quiero entender, una verdad oculta tan devastadora y terrible que una mente normal no podría soportarla. Es solo un instante de clarividencia, fugaz, transitorio en mi interior. Veo muchas cosas, algunas agradables y otras donde una explicación de su procedencia me haría enloquecer para toda la eternidad. No quiero esos conocimientos, no deseo recordarlos y ni siquiera imaginármelos, aquella visión desaparece como si jamás hubiese existido y vuelvo de nuevo a percibir el momento en que vivo. La elfa me mira, parece complacida, sin darme cuenta me ha sostenido con una de sus manos y evitado cayese de nuevo a las ardientes arenas. En su mirada hay una profunda paz y nada he de temer de ella.

Las sombras vibran con locura desatada y el sonido de su desesperación llega a mis oídos. Aúllan por la rotura de su unión con una carne mortal, pero no pueden zafarse de su captora y desaparecen gritando y gimiendo al mismo tiempo, como si nunca hubiesen existido, liberándome de su tiranía y devolviéndome el sosiego que una vez tuve.

La elfa agita su espada, sacudiéndola como si quisiera desprenderse de algún rastro dejado en su contacto y la guarda en su vaina con un movimiento delicado. Luego me suelta y caigo al suelo, sin fuerzas y con el sueño retrasado de meses de incertidumbre y olvido.

Veo en mis sueños los rostros de mi familia, risas y alborozo. Me esperan y se alegran de mi vuelta, hay una gran fiesta, manjares de todo tipo y las mejores bebidas que pueden adquirirse. Siempre he querido algo así, aún cuando pertenezco a la raza de los bárbaros y nuestro modo de vida es duro, muy duro, todos ansiamos una vida hogareña y pacífica en nuestro profundo ser. Da gusto volver a estar en casa, pero mi hija pequeña se acerca a mí y me susurra que tardaremos en vernos de nuevo, y que me perdona, me perdona de corazón.

-No, no. Hija mía, vuelve… vuelve –grito al despertarme, si no fueran por las fuertes manos de mi salvadora que me retienen, la emprendería a golpes contra mi persona. Rompo a llorar cientos de lágrimas, cada una por su correspondiente víctima y las más grandes por quienes lo eran todo para mi existencia. Mi propia familia.

-Calma o me obligarás a atarte, bruto humano. Ya hemos tenido bastante danza contigo y ha llegado la hora de terminar el baile –exclamó la elfa, quien obligó a tranquilizarme con unas palabras de poder pronunciadas con prontitud-. Eso está mejor. No te culpes, si te vale como disculpa no tuviste nada que ver en su muerte. Nadie puede evitar algo así –se detuvo por un instante, recordando algún hecho pasado- o casi nadie –concluyó con una dulce sonrisa.

-Ahora están bien, las he visto y parecían encontrarse muy a gusto –respondí sin pensar siquiera estas palabras.

Me miró, extrañada por la certeza con la cual me expresaba, pero no pareció disgustarle mi comentario. Al contrario, acarició mi barbilla con una ternura que no esperaba.

-Si así lo crees, no voy a negarte ese derecho –se levantó de mi lado, ya calmado y recordando toda mi vida pasada, excepto el tiempo que pase dominado por las sombras. Se acercó a una bella montura, tan excepcional como ella y empezó a recoger diversos artilugios en sus alforjas-. Descansaras un poco, ya has dormido bastante y debemos emprender viaje. Darte una nueva vida es mi principal prioridad.

-Pero si apenas he dormido un instante –protesté, tenía todo el cuerpo dolorido y confuso. No deseaba levantarme de aquel confortable reposo.

-Muycabal, si un instante son varias semanas donde he tenido que alimentarte y asearte personalmente de tus delirios, benditos sean y no me vendrían mal, tener alguno de ellos para mí –miró muy fijamente a mis ojos y pude apreciar su majestuosa belleza, parecía el ser más civilizado del mundo, pero no dudaba que debajo de esa coraza, latía un corazón tan salvaje como el mío.

El instinto me llevó a tocarme el pecho desnudo, buscaba la marca dejada por la espada ajena, pero nada indicaba si era parte de un sueño, aunque estaba seguro de los atroces hechos que había cometido, aunque no pudiera rescatarlos de mi mente.

-Si bien mi arma te atravesó, solo fue la parte etérea. De otra manera no estarías aquí conmigo, sino con tu familia –explicó al ver la duda en mi rostro. Fue una forma sencilla de decirme que había sido afortunado y no quise insistir más sobre tan sorprendente habilidad.

Entonces me decidí a preguntarle su nombre, seguramente sabría muchas cosas de ella en el tramo hasta mi nuevo hogar, pero la curiosidad me dominaba.

-Acaso importa tanto –me dio como toda contestación.

-A mí si me importa conocer el nombre de quien me ha salvado –insistí con una devoción que nunca hubiera sospechado escuchar en mis palabras.

-Yo poco he tenido que ver con ello, otros se pierden para siempre. Tú aún tenías una parte ansiosa de redimirse, de luchar y así ha sido. No tengo ningún mérito para mí, humano descerebrado.

-Aún así, insisto –deseaba con toda la fuerza de mi ser conocerlo y no consideraba apropiado me negara ese deseo.

Torció su cabeza como si le ofuscase responder a algo tan sencillo. No parecía contenta de tener que darme satisfacción, pero estaba obligada por el carácter de aquel escenario, sabía que no podría devolverme a familia, amigos y otras personas muertas por mi posesión, pero el conocimiento de un nombre podría devolver el hálito de esperanza que tanto parecía ansiar.

-Hurtadillas, simplemente Hurtadillas –contestó, mientras sus iris verdes resplandecían como la mayor hermosura jamás contemplada.