jueves, 2 de abril de 2015

LA MALDICION



Lo había observado desde hacía muchos siglos, y conocía de primera mano por experiencia propia el significado de esa cavilación, nadie hablaba de donde procedía. Nadie se arriesgaba en pronunciar el nombre de su lugar de origen, había un recelo singular, primigenio, en recordar esa zona del mundo. Se consideraba signo de mal presagio, el mencionarla o expresarla de forma alguna que condujese a cualquiera hacia ese nombre.

La mujer pelirroja frunció su ceño en señal de desagrado. Era donde empezó su caminar en la primera vida y nadie parecía apreciar ese pedazo de mundo que una vez, fue el primero que recibió el nombre de hogar. Era el recuerdo más hondo que poseía y merecía perdurar en sus vivencias, y solo el propio curso de su devenir, las había hecho desvanecerse, diluirse en su memoria, las líneas que ahora se perfilaban borrosas, confusas, a la hora de esforzarse en recordar cómo era en dicho pasado y aquello le dolía, más que cualquier herida que pudieran producirle. 

Un dolor que sabía esconder y solo sus amigas más próximas, reconocían cuando sufría por ello, esforzándose en amenizar por medio de acciones o palabras, por la eficaz labor de bromas inesperadas, la promesa que ellas le brindaban para hacerla olvidar. En fin, diluir su melancolía con hechos que engañasen su maquinal capacidad de reflexión.

Así se veía obligada a recordarla solo en su memoria y no hacer mención alguna, de palabra o de obra, de su primera casa bajo el sol. Y aquello era duro, muy duro para alguien como ella.

Habían pasado muchos soles, muchos amaneceres que no había podido ver por su maldición, pues ella conllevaba esa misma lacra, ese mismo mal que le culpaban a su hogar y esa formaba, su segunda vida. Su reino era la noche, en ella vivía, si a ello se le llamaba vivir. Privada del placer de apreciar la caricia de la luz solar sobre su ser, arrojada a la noche, a su oscuridad, a esa imperecedera penumbra que la envolvía y solo la luz de velas y candelas consolaba. Un penoso bálsamo que se resignaba en asumir.

Había aprendido a dominar su mal y a vivir a su lado, a sobrellevar los arrullos de la sangre en los demás cuerpos vivos y a saciar su hambre, de una forma civilizada.

Sus amigas le proporcionaban lo que ella llamaba, no sin una declarada ironía, su reparador manjar. Grandes cuencos de sangre fresca de vacas, cerdos, incluso gallinas si era necesario. Mucho más agradable que la de inmundos roedores de las cloacas adonde se vio abocada a vivir.

Se había hecho una promesa a sí misma, una promesa que no debía violar, de ninguna manera ni por ningún suceso. No probaría la sangre de humanos, ni de enanos, ni elfos, ni de cualquiera de inocencia declarada. No obrarían sus manos el crimen de un deceso que no merecieran. Aunque la inclinación de su ser la obligara, por la llamada de la sangre, a consumarlo.

Los criminales, los asesinos, aquellos de corazón oscuro como su propia noche, ellos no lograrían ese mismo perdón. Proclamada una luchadora de la luz, una luz que no apreciaba desde hacía milenios, era juez y verdugo de esa misma ralea de individuos. Y el mundo era un lugar propicio para ellos, campaban a miles, decenas de miles e incluso osaría decir, millones. Aquellos que derramaron sangre y nadie más, merecían su peculiar vigilancia.

Pero su mayor odio, un odio rencoroso que exhibía en pocas ocasiones, era hacia aquellos quienes proclamaban ser más cercanos a su propia condición. Aquellos servidores de la oscuridad, que no conservaban su evolucionada conformidad con su sino. Se expresaban como fieras salvajes, sin venerar vida alguna y expandiendo su mal sin recelo confirmado. Suponía con escasas dudas, hallaría más de los deseados y sabían esconderse bien, de ella y de sus singulares amigas. Del grupo que formaban una maga rabiosa, una elfa con demasiados enigmas y una descomunal mujer, clérigo de una Orden ya desaparecida, siendo su más inseparable amiga, una colosal masa con un corazón enorme.

El sol no se rezagaría en salir de nuevo. Lo apreciaba en su pálida piel, la maldición de su origen, allende en los mares. Una breve sonrisa, con sus largos colmillos hacia sus compañeras, un breve saludo y de nuevo, al refugio de una oscura caja, donde fingiría dormir en el nuevo día. En espera de la renacida noche, plena de oscuridad, sin su amado y no correspondido, deseo de sol.

miércoles, 1 de abril de 2015

DISCUSIONES



—¿Y desde cuando la voluntad de una persona es determinante para saber si es merecedora de piedad o castigo? —la maga manipulaba un viejo libro cuyo forro estaba muy desgastado e intentaba darle una apariencia digna.

—Desde que el mundo es mundo, morenaza —Hurtadillas contemplaba su atareada labor consciente de que entre sus muchas dotes, nunca estaría la de restauradora.

Test gruñó, aquello no era una contestación que la satisficiera y además, no entendía como se había estropeado tanto ese ejemplar, si apenas lo cogía un par de veces al día para revisar unos bellos esquemas, que desde su adquisición siempre había admirado por su perfecta sincronía.

—Ya no hacen los libros como antes. Esto es un asco, y pensar que me cobraron dos mil eurillos por restaurarlo. Ya no hay amor por un trabajo bien hecho, ni por la dedicación, ni paciencia en elaborarlo. Todo es mecánico, artificial y sin alma. Es un asco —dijo disgustada tirando el libro sobre su sillón favorito, cansada de intentar arreglarlo.

—Déjame a mí —la elfa lo recogió ante la mirada malhumorada de su compañera y se dispuso a darle la terminación que merecía—. Y no estoy de acuerdo con tu aventurada apreciación. Esta es una buena encuadernación, pero sufre con tu trato. Deberías ser más cuidadosa, como Malj con sus libros.

—¡Ja! Solo le falta dormir con ellos. No dudo más de un día acaben entre sus amorosos brazos y placenteros sueños. Dichosa ella que puede dormir… o lo que sea que haga —agregó dubitativa al comprender que la muchacha pelirroja, llevaba sin un sueño real desde hace mucho tiempo. Más del confesado por la joven y mucho menos, de la existencia de la larguirucha orejuda.

Ello le hizo preguntarse una cuestión en particular—. ¿Cuántos años tienes? —dijo curiosa la maga, mientras se acomodaba en el sillón como si estuviese rendida y miraba a Hurtadillas con no poco descaro.

—A una amiga no se le pregunta eso. Ni a una amiga ni a una desconocida —aquel cuero desteñido le estaba dando más trabajo del que esperaba. Ni siquiera se dignó en mirar a la archimaga.

—Una vez aventuré a decirte aparentabas sobre veinte y pocos años, aunque dudo alguien lo crea. Esa es tu intención, pero las elfas sois unas tramposas, la naturaleza os da un trato de favor aliviándoos del peso del tiempo. Es injusto, yo también querría tener tu edad real. Estoy segura de que habría visto muchas cosas maravillosas.

—Puede ser, pero también habrías visto muchas más miserias. Y créeme, en la proporción que llegas a conocerlas, para mí sería un alivio no haberlas presenciado. No merece la pena.

—¡Ja! Ahora la elfita se las da de sufridora. Por lo que tengo entendido, ya estabas aquí cuando el imperio se creó. Así que como mínimo tienes… —empezó a hacer cálculos con sus dedos, pero pronto pareció perder la cuenta y de nuevo, malhumorada, gruñó por su poca paciencia—. Muchos, son muchos para mi entender.

—¿De qué imperio? —dijo la elfa distraída.

—¡De cuál va a ser! Del imperio, el único existente, ¿o es que crees ha habido más?

Hurtadillas la miró un breve instante. Lo suficiente para que la boca de Test se abriese de una forma bastante cómica. La sonrió y volvió a su tarea.

—No me estarás insinuando… No, no puede ser, solo ha existido un imperio y es el que todos conocemos. No me quieras liar con tus cuentos, orejuda —la maga dirigió su atención al fuego del campamento, pero su mente seguía cavilando con esa afirmación que insinuaba ser verdad. Eso explicaría muchas cosas. Ruinas olvidadas, pasados gloriosos arrastrados por el transcurrir de los tiempos. Una eternidad de situaciones y un sinfín de hechos desconocidos. Pero aquello no podía ser sino otro de los engaños de esa pérfida elfa.

—No le des vueltas a tu bonita cabeza. No merece la pena. Ya te he dicho que son muchas las miserias que te hubieras visto obligada a contemplar. Demasiadas para una bonita maga humana implicada en otros pensamientos, mucho más gratos y cuyo cumplimiento pueden ser llevados a cabo.

—¿De verdad opinas que soy bonita? —siguió contemplando el fuego, sin atreverse a mirar a su contratada guía.

—Todo quien tenga ojos puede observar tu belleza, morenaza. 

—¡Ja! —exclamó con mucha más desgana— eres la segunda persona que me ha insinuado no solo soy la archimaga, sino una mujer digna de admirar por mis dotes naturales.

—Claro que si. Incluso podrías aparentar ser una elfa, si no fuera por tus cortas orejas. Eso es un problema que delata tu origen, pero te hace mucho más interesante.

—Yo no veo tan especiales tus largas orejas, parecen dos antenas de carne de color indefinible, colocadas fuera de lugar. Estarías mucho mejor con unas orejas humanas.

—Es cuestión de gustos, morenaza —alargó su mano tendiéndole el libro con el forro arreglado a la maga. La humana lo cogió, admirando el buen hacer de su compañera, sin duda podía ganarse la vida con ese oficio. La elfa parecía destacar en todo cuanto realizaba, nada se le resistía.

—Gracias —dijo mientras lo guardaba con mucho más cuidado en una gruesa alforja.

Su guía la miró con interés— no hay de que, es un libro para ser conservado. No existen más de tres ejemplares del mismo.

Test le devolvió la mirada con sus ojos muy abiertos— no me fastidies, orejuda. En realidad, lo compré en un baratillo de Nueva Capital por catorce eurillos. 

—Pues te salió muy barato. Su precio en el mercado puede alcanzar el medio millón. Y si te esfuerzas en conservarlo, podrían ofrecerte incluso el doble. Es un ejemplar muy raro, sobre el arte de “Compendia” y lo trata de manera ejemplar. La magia de magias, la magia excelsa y sublime. La más poderosa y temible de todas.

La humana esbozó una pícara sonrisa. Conocía de sobra el contenido del libro, lo difícil era ejecutar sus ejercicios. Y si alguien podía, no dudaba era ella la más indicada. Nada se resistía a la archimaga de Támtasia.

—Y creo sinceramente, deberías haber sido más generosa con la persona que te lo vendió. Eres muy rica y te sobra el dinero.

—¿Pero qué dices? —expresó malhumorada, con sus ojos cerrándose como si deseasen aplastar a esa indeseable que le insinuaba su ocultada falta—. Esto es el libre mercado. El vendió, yo compré. No le di más que cuanto me pidió y pagué en buena moneda imperial.

—A eso se le llama aprovecharse de la ignorancia. No es honrado, morenaza —la mirada de Hurtadillas se mostró más severa, consciente de que su compañera no había obrado con la correspondiente decencia. 

—Las transacciones no conocen de ética, orejuda —respondió la humana con su ceño fruncido.

—Ese es un concepto universal con el cual no estoy de acuerdo. Las cosas son, como se desean que sean. Hace falta voluntad, solo voluntad, para cambiarlo.

—Pues cámbialo tú, si tanto te apetece. Yo vivo en el mundo que me toca vivir, un lugar duro donde el pez grande se come al chico.

Los ojos de la elfa parecieron relumbrar, a lo cual Test retrocedió un tanto intimidada—. ¡Todos los peces son iguales, morenaza. Todos!  —Luego tornaron a su estado habitual, de una hermosura demoledora.

—Vale, vale. No hace falta ponerse borde. Todos los peces son iguales… —la archimaga pensaba que la inteligente elfa parecía mucho más ingenua de lo que en un primer momento había juzgado. Con alguien así a su lado, no dudaba iban a enfrentarse con problemas en cada trecho de su iniciado viaje. Ahora era tarde para rectificar, la apreciaba más de cuanto podía esperar para renunciar a sus servicios, aunque nunca se lo confesaría. La sombra de Rones, la mujer que significó su despertar a un amor más profundo, era demasiado alargada para ser ignorada.

—Espero lo tengas en cuenta en tu próximo trato. Cortesía y generosidad, una gran sonrisa y muchas palabras amables.

—Claro, por supuesto. Pero antes de eso, ¿no querrías arreglarme estos otros libros? —habló consciente de que no sería así, tenía mucho carácter para poder evitar comportarse de otra manera, pero en este momento no deseaba contrariar a su compañera. La necesitaba para que diese igual tratamiento a sus libros, despellejados por el intenso uso y merecedores de lucir de nuevo como nuevos, bajo el experto cuidado de la mujer élfica.

La maga arrojó dos pesadas mochilas al suelo, abriéndolas con prisa y sacando de su interior unos gruesos volúmenes.

—¿Y esto? —señaló Hurtadillas a los libros—. Lo de antes ha sido un favor. No soy tu esclava ni atiendo a tus caprichos —se volvió, dándole la espalda y disponiéndose a realizar otras tareas que se le antojaban más importantes a su atención.

Test rezongó con fuerza. Gritó con más fuerza aún, interrumpiendo la calma del bosque donde pernoctaban. Todo ello no le sirvió de nada. La elfa hizo caso omiso a su mal genio y sonoros vocablos descalificativos. No estaba dispuesta a consentir la manipulase como a todos quienes rodeaban a la intolerante humana.

Tal como le había confesado, demasiadas experiencias para dejarse intimidar por una recién llegada al mundo. Y habría de corregirle sus malcriadas costumbres.


Malj apareció junto con Casta de entre la profundidad del bosque, habían ido a recoger ramas que se hubiesen roto o árboles caídos, donde la fuerza de ambas bastaría para coger los trozos apropiados. La elfa les había prohibido hacer uso de hachas ni dañar ninguna vegetación, por ello tardaron un buen rato desde su salida del improvisado campamento. Portaban una buena cantidad entre las dos.

—¿Os oímos gritar? ¿Ha ocurrido algo? —la clérigo, con su absoluta ingenuidad, realmente creía tenían un problema y había insistido a su amiga en que volviesen cuanto antes.

—Pero que dices, Casta. Es esta gritona, con uno de sus peculiares ataques de rabia. Ya te lo dije, no pasa nada. Esta como siempre, insoportable —la sangrante arrojó el pesado fardo al suelo, mirando a la morena humana con no poco desagrado.

Test yacía sentada en su sillón, un objeto inapropiado entre la densidad del bosque, mirando con el ceño fruncido al fuego, sin prestar atención a cuanto la rodeaba.  Parecía que ni siquiera hubiese escuchado ese comentario.

La mujer pelirroja se acercó curiosa a las dos mochilas, cuya cobertura había sido retirada y podía observar su contenido sin tocarlas— ¡Vaya, vaya! Mira que cosas tan curiosas. Un tratado de Suda, una compilación de Menta, un manual de Cinta y esto… esto es muy especial. Uno de los “Compendias”.

—Ni se te ocurra tocarlo, chalada —amenazó la archimaga sin mirarla.

—Ni se me ocurriría, furia alucinada. Además, yo tengo uno de los tres y no necesito de tu ejemplar —enseñó los largos colmillos, amenazante y respirando con fuerza. Sus ojos azules, se tiñeron con la sombra de una mancha de sangre y las uñas de sus manos, se alargaron como cuchillas.

—¿Qué? ¿Qué has dicho? —se volvió Test hacia ella, en una actitud suplicante que desarmó a la enfadada mujer de la noche.

—Que no pienso ni tocar tu ejemplar…

—No, eso no. Lo otro, lo de que tienes uno de los tres —la maga se levantó de su asiento, dirigiéndose hacia la muchacha que la observaba con sus ojos muy abiertos.

—¡No pienso dejarte tocarlo! —contestó sorprendida Malj, quien retrocedió asustada ante aquel cambio de actitud tan insospechado.

—Quiero verlo. Déjame tenerlo durante unas horas, por favor —se encogió, recogiendo del suelo las dos mochilas y con una fuerza inesperada, tendiéndoselas para que las cogiese— Te dejo que revuelvas cuanto quieras entre los míos. No me importa, si me dejas ese libro.

—Yo… yo… —Malj miró hacia la elfa, deseando saber si aprobaba ese trato o era una trampa maliciosa de la insegura maga. Hurtadillas no movió su rostro, permaneciendo impasible a toda esa discusión.

—Por favor, te lo ruego, es muy importante para mí. Pídeme lo que quieras a cambio, lo que quieras —su voz era tranquila, melodiosa y baja. Muy diferente a cuantas conversaciones anteriores había suscitado su compañía.

Los azules ojos de la sangrante se abrieron de par en par, perdida la razón de la sangre y la furia que la acompañaba. Tenía una excelente ocasión para vengarse de esa repelente mujer y cumplir con creces uno de sus mayores deseos: perderla de vista para siempre. Una nueva mirada a Hurtadillas, le previno de cumplir su expectativa, la elfa nunca se lo consentiría. Debería pensar algo diferente.

—¿Para qué quieres esa copia? —intervino Hurtadillas de forma inesperada.

Test se volvió hacia ella, era evidente aquella pregunta la incomodaba—. ¿Para qué lo querría saber una fría elfa distante? —No le perdonaba, hubiese ignorado ayudarla con el resto de sus libros y su furia, transformada en palabras, clavaba como cuchillos en su víctima.

Tan de improviso como su pregunta, Hurtadillas la agarró por el ancho cinturón de la azul vestimenta, arrastrándola hasta golpear con su propio cuerpo. Prendió sus cabellos, echando la cabeza hacia atrás y besándola. Fue con tanta fuerza e ímpetu, que la humana quedó laxa con sus brazos caídos, incapaz de responder de ninguna manera a ese acto y cuando quiso reaccionar, se vio arrojada al suelo con igual violencia.

—¿Te parezco ahora, fría y distante? —dijo con sus bellos ojos verdes, intimidantes y magníficos, mirando a la sorprendida mujer tendida entre la hojarasca. Se dio la vuelta e introdujo sin decir nada más, entre la penumbra del espeso bosque.

—Hurtadillas, yo… yo… —balbuceó en voz baja, con sus ojos a punto de convertirse en una cascada plena de emociones, brillantes y abiertos, viendo como una de las razones, en verdad la única razón que la impedía obrar a su peligroso antojo, se alejaba de ella.

Malj y Casta se miraron, en parte atónitas y en parte, confirmando cuanto ya sospechaban de la relación entre ambas mujeres. La clérigo se acercó para levantar a la confundida morena del húmedo suelo. Al hacerlo, una multitud de pequeñas hojas quedaron prendidas en su ropa y al contrario de otras veces, las ignoró. No le importaba estar sucia, se sentía como una miserable, un ser despreciable que no merecía existir. Su maldita boca no sabía callarse a tiempo. Era una maldición, una insufrible condenación.

—Ven, siéntate con nosotras —habló Malj, intentando romper el incómodo silencio que había dominado tras ese hecho. Entre Casta y ella, la llevaron dócilmente hasta la confortable hoguera.

—No quería… no deseaba herirla —excusó Test, con su vista inclinada hacia el suelo.

—Lo sabemos. Sabemos que no nos deseas mal alguno a ninguna. Y aunque sea difícil convivir a tu lado, más incomprensible nos es tratar de saber la relación que entre vosotras dos existe. No dudo, os apreciáis más de cuanto querríais confesar, ni dudo es tormentosa y complicada de definir esa lucha secreta en la cual estáis sumidas. Pero si de algo estoy segura, es que no hay fuerza material ni inmaterial, capaz de separaros ni de romper esa unión, tan extraña para todos —Casta siempre era parca en palabras, pero eso no significaba que en su educación estricta no le impidiese hablar cuando era necesario.

La maga no dijo nada, pero el largo e inesperado comentario de la gigantesca mujer le aliviaba un tanto su amargura. Para ella, en aquel momento, solo existía una verdadera prioridad y era conseguir esa copia de “Compendia” que tan alegremente había declarado ser propietaria aquella chalada pelirroja— ¿me dejaras ver el libro? —dijo sin mirar a la ilustrada joven de llameante cabellera.

Malj jugueteaba con una vara, prendiéndola en el fuego y agitando a su capricho entre las llamas— sabes archimaga, a veces siento un irreprimible deseo de morderte y vaciar tu cuerpo de esa sangre tan perturbadora que portas. Tal vez, te haría un favor, a ti y al mundo en general. La desgracia es que ese líquido rojo esta tan saturado de poder, que ignoro los efectos nocivos en mi propia salud. Hasta para eso eres un engorro.

—No lo dudo. Lo soy para todo el mundo —elevó su cabeza para mirar directamente a la sangrante.

—Y en el fondo, ni siquiera sé porque te aprecio. Me es un enigma esa cuestión y no es que no haya gozado de ocasiones para hacerte morder el polvo, pero algo me retiene. Podríamos decir es algo instintivo, una alerta natural previniéndome de cometer esa insensatez. 

—Me gustaría disponer de esa capacidad tan práctica. Y si he de ser sincera, también ignoro por qué te soporto a mi lado. Estas loca, pelirroja. 

Los ojos de Malj, en su infinito azul, parecieron inflamarse, pero se contuvieron y una sonrisa apareció mostrando sus largos colmillos. Mucho más largos de lo que deberían ser y mucho más amenazadores, de cuantas otras sonrisas pudieran apreciarse.

—En verdad, Test, la mayor parte del tiempo no eres sino una idiota —la chica pelirroja siguió jugando con su vara ya medio carbonizada.

—No te lo voy a negar. ¿Pero me dejaras el libro? —imploró la maga de nuevo.

—Lo dicho. Una completa idiota —dijó Malj.
 
—Prométeme nunca, nunca más, me llamarás loca —continuó Malj, esbozando una amplia sonrisa que ocultaba sus peligrosos dientes. Lo había meditado largamente y era una de las cosas que más le irritaba de esa morena salvaje. No obstante, estaba curada en salud y conocía de las tretas que usaba esa mujer para esquivar sus tratos y juramentos, así pues prosiguió— ni me llames chiflada, ni chalada, ni ninguna otra forma que haga mención de esa intención. Prométemelo archimaga, un juramento por ese honor propio del cual siempre haces gala a todos. Prométemelo, y no pondré ningún reparo en dejarte cuanto deseas de mi biblioteca —la volvió a mirar. La maga sonreía entusiasmada— y prométeme, cuidaras bien de mis libros.  Como si fuesen tu propia vida, Test de Nueva Capital —y la sonrisa de la furia morena, dejó de ser tan satisfactoria.

lunes, 30 de marzo de 2015

HURTADILLAS Y SU ESPADA



Hurtadillas permanecía tranquila. Controlaba la respiración de su cuerpo hasta casi extinguirla, convirtiéndose en una estatua, en un bloque de piedra que esperaba, aguardando el instante en  el que su enemigo llegase hasta donde se encontraba.

Sostenía su mano sobre la sobresaliente empuñadura de su espada. Una empuñadura recubierta de un paño verde con glifos de oro inscritos en su derredor, con un pomo constituido por una única y excepcional gema verde, pulida hasta convertirse en una esfera perfecta que cuatro poderosas garras aprisionaban en su interior. Un guardamano envolvía con un bello motivo floral ese conjunto y le daba el aspecto de tratarse más de un objeto de arte, que de un instrumento de muerte.

La vaina caída despreocupada, sujeta por el fino cinturón que envolvía el talle de la elfa y la aseguraba junto a ella. Con los mismos motivos florales, con ese eterno verde y oro, arropaba en su interior la hoja que contenía la ira de su dueña.

No pestañeó, ni movió músculo alguno. Su cabellera pareció congelarse en el propio aire y el mismo tiempo, detenerse a su alrededor. Sus ojos brillaron, con la intensidad que siempre ocultaban, con el fuego que dentro de ella la devoraba y la hacía más fuerte. 

Sus dedos aguardaban, esperando la orden de afianzar la empuñadura y arrastrar la espada tras de si. En aquel momento, Hurtadillas pasaba a segundo plano y solo quedaba Támtasia. Su único afán y motivo por el cual seguía existiendo. No consentiría, jamás consentiría el mal, esas sombras que tanto se afanaban por destruir cuanto amaba, triunfasen. Y si para ello, debía destruir, arrasaría cuanto fuese necesario. Se entregaría a si misma, si no fuese con ese último sacrificio, destruiría todo por cuanto había luchado.

Una sola alma contra un ejército de sombras, de horrores insospechados con nombres olvidados, de recuerdos perdidos llenos de malicia y destrucción.

Ya estaban casi sobre ella. Podía oler su fetidez, la descomposición de sus sentimientos en una amalgama llena de ira y venganza. Sabia la odiaban con todo su ser y deseaban destruirla. Y ese sentimiento, era mutuo. Ella les deseaba el mismo fin.

La rodeaban. Estaba en una pequeña colina, la única altitud de ese extenso lugar que ahora se convertiría en campo de batalla. Un instante y un rápido pensamiento. “Estoy tan sola. Tan sola”. Sus largos y gráciles dedos, envolvieron la empuñadura y arrastraron el filo fuera de su vaina. Espada y mano, se convirtieron en un mismo elemento.

El aire se vio agitado a su alrededor. El cielo se cubrió con unas blancas nubes llenas de vengativos relámpagos, que ennegrecieron al estallar una brutal tormenta. La espada vibraba, el cristal con el cual estaba confeccionada, amenazaba con un filo que ningún herrero jamás podría obtener, la propia tierra tembló al sentir que se había liberado algo que no la amenazaba, algo que formaba parte de ella y le entregaba su poder. Los rayos de los cielos surcaron todos en una misma dirección. 

Hurtadillas había alzado la espada, golpeando la furia de los cielos sobre ella. Miles de látigos eléctricos se esparcieron a su alrededor, mientras la tierra se elevaba y caía, liberando los fuegos de su interior. Gigantescos torbellinos unieron cielo y tierra, mientras se cubrían del color de la roja lava y del luminoso resplandor de las descargas.

Se formaron esquirlas de hielo y de metal fundente, procedente de la propia tierra, de su más recóndito interior. Los monstruosos torbellinos las azuzaban en sus violentos giros que devorarían montañas y secarían mares.

El mundo bramaba en aquellas fuerzas naturales su poder, su negación a ser sometido por algo externo y que no obedecía a ley alguna, salvo la violencia del más fuerte.

—¡Jamás tendréis esta tierra! —gritó con una voz que traspasó aquel lugar hasta su último escondite. Su espada brillaba con todos los colores que constituían la riqueza de la creación, mientras la mantenía en alto, desafiante como siempre.

El Sol de Támtasia rasgó la cubierta de nubes, abrasadoras llamas descendieron como las olas de un mar embravecido, como el mar de una galerna del fin del mundo, devorando cuanto no habían destruido los anteriores elementos.

No movió sus pies, ni ninguna otra parte de su cuerpo. Solo sus ojos brillaban en el recuerdo de un pasado que intentaba olvidar y siempre le perseguía. Y jamás le dejaría olvidarlo.

Un último trueno. Una voz conjunta de tierra y cielo, fue la conclusión de aquel aciago espectáculo. Señalaba el final de ese episodio y la necesidad de que devolviese su arma al interior de su hermosa vaina. 

Pero antes de ello la observó con cuidado. La había forjado con un conocimiento que nadie poseía ni le parecía apropiado conociese ser viviente alguno. Estaba mas allá del alcance del saber y la comprensión que la vida exigía y por ello, rara vez la desenfundaba. No era un arma para ser mostrada en público ni mostrarse orgullosa de su creación.

El limpio cristal aún conservaba los efectos de aquella invocación. Pequeñas luces que se iban apagando en su interior y morían a cada instante, hasta devolverla a su estado natural. Cuando la última de ellas se desvaneció, la introdujo de nuevo en su protección. O más bien, aquella vaina protegía al mundo de lo que dentro se contenía, hasta la llamada de quien la había creado.

—Descansa Cristalina, descansa. Tu trabajo ha terminado —dijo con una voz triste, separando sus dedos de la fiel empuñadura que tan bien le servía.

La llanura humeaba. Las fracturas en la tierra tardarían tiempo en recuperarse y un viento gélido y al mismo tiempo ardiente, sacudían a la elfa en su breve descenso. El Sol recuperó su protagonismo y las nubes se desvanecieron, dejando un cielo azul pletórico y luminoso que presagiaba una hermosa tarde.

En alguna parte, escuchó el trinar de pájaros. La naturaleza se tornaba presta a reclamar lo que por derecho le habían negado. Aquello la hizo sonreír. Para ella no había mejor recompensa que reconocer la dureza de la vida y su testarudez por imponerse, incluso en las peores condiciones.

Dió un silbido que se trasladó en el aire con fuerza. Sabía que no esperaría mucho hasta que Bellandante retornase a su lado. La hermosa yegua era su compañera inseparable desde hacía mucho tiempo, aunque el tiempo para la elfa, no significase gran cosa. O en verdad, no significaba nada.

Solo el dolor en las plantas de sus pies, acentuado por su notable esfuerzo, le recordaba lo que no quería tener presente en sus pensamientos. Y el dolor, estaba aumentando a cada instante que pasaba.

Como siempre, la elfa sonrió con más fuerza y decisión. Y se encaminó al futuro, tan ignorada como siempre, en una eternidad de completa soledad.

domingo, 1 de marzo de 2015

CORTO, CORTITO.

Era un hombre pequeño, tan pequeño, que entre los suyos, ya de por si escasos de talla, le llamaban “el acortado”. Con dos palmos de altura, con más frente que piernas, caminaba ladeandose por las calles de Piernacorta. Piernita va, piernita viene, afanoso iba por ellas, viviendo de generosas limosnas que los demás le entregaban. 

Hasta que un día, otro más pequeño encontró y temeroso de perder sus pingües beneficios y morir de hambre, decidió cortar sus ya de por si, escasos miembros. Ahora iba vivaracho por las mismas calles y un nuevo apodo recibió: “el arrastrado”. Y así quedó.

viernes, 30 de enero de 2015

EN EL CIELO DE INVIERNO




Una colosal explosión sobrecargó los sistemas de visión. Los mecanismos de seguridad atenuaron cuanto fue posible la dolorosa amalgama de luz, tardando unos breves segundos en acomodarse a cuanto les rodeaba y poder dar una información útil de su entorno real. Los ojos humanos que habían sido protegidos de aquel fogonazo, que los hubiera cegado para siempre, pudieron tener acceso a datos que durante esos instantes vitales se les había negado.
—Tridente dos ha caído —gritó el comodoro Tritias con una voz angustiosa.

—Sincronizar giroscopios. Servos a máxima potencia —aulló alguien con el  poder suficiente para hacerlo y ser obedecido. 

—Pero señor, los estabilizadores hidráulicos no soportaran esa tensión —contestó el ingeniero Dremoren con rapidez.

El oficial superior blasfemó con fuerza— ¡Obedeced! U os juro por mi honor que si salimos vivos de aquí por alguna insensata razón del destino, separaré esa gorda cabezota de vuestro inútil cuerpo.
Las voces llegaron con suprema claridad al ingeniero. El silencio en la cavidad habitable del Titán de guerra, solo se veía afectado por el chirriar de los impactos y el pitido de las señales de alarma. Todos ellos habían sido entrenados en el difícil arte de la telepatía, más manejable y rápido que cualquier otra forma verbal de comunicación. Y mucho más práctico, en un combate como aquel, donde toda la concentración exigía una inmediata reacción.

—Sí, mi señor —opinaba que aquello era una locura. No iban a sobrevivir, no en aquel escenario donde habían tenido la temeridad de entrometerse. El resto de su pelotón ya había pagado con sus vidas esa afrenta y a ellos, apenas les quedaba tiempo. El tiempo suficiente para una breve plegaria, antes de que la partida de guerra que los acosaba, los exterminase.
Titanes negros. Bestezuelas de batalla que más temían las fuerzas del imperio de las Aguas Azules. Entidades mitad máquina, mitad ser vivo, unidas por un blasfemo sentido de la perfección. Monstruos enloquecidos con un corazón de energía pura, que les proporcionaba esa brutal ventaja en el campo de batalla.
Aunque también podía significar su salvación. Lucio Vidovore no había llegado a ser el Principal, cargo de máxima responsabilidad, de ese Titán de guerra por capricho ni por favores. Era un verdadero hijo de la guerra, se había curtido en ella y sabía, lo importante que era contar con un equipo que supiera responder a sus exigencias.

Y tenía ese equipo. Un equipo para ganar batallas, en las peores condiciones.

—Tirador, ¿estás preparado? —vociferó con tono férreo, consciente de la gravedad del momento.

Lenem y su servidor de combate 346, unidad procesadora reacondicionada en las inmensas naves factorías de la flota a la cual servían, dotada de unas características que la hacían casi tan humana como sus creadores, se esforzaban cuanto podían.  El joven sudaba profusamente, intentando equilibrar los sistemas de energía recargándose y los procesadores de disparo. Su respiración era agitada y el corazón, le palpitaba tanto que parecía fuese a reventarle la caja torácica.

Deseo en aquel momento, liberarse de su asiento al cual lo rodeaban multitud de pantallas y luces de todos los colores, aunque solo tenía su vista en una de ellas, flotante y diáfana, con unas barras que mutaban de color según se iban cargando. Necesitaba fuesen verdes, todas ellas verdes y estaban tardando una condenación. 

—Demasiado tiempo, demasiado tiempo —expresó en su mente, ignorante de que sus palabras serian escuchadas por todos.

—Le inyecto una pequeña dosis atenuante —habló con monocorde tono el oficial médico, quien por capricho del destino era hermano de sangre de quien los comandaba. Vidal Vidovore accionó un pequeño dispositivo para relajar al muchacho, dándole la oportunidad de dominar la desazón que le agobiaba. Aunque era algo que compartía con aquel joven oficial, reconocido por muchos como uno de los mejores del imperio. Pero ahora, en este vital momento, tenía que demostrar si era verdad todo cuanto de él se contaba.

—Tirador, ¿estás preparado? —escucharon de nuevo con renovado vigor. Lucio necesitaba una respuesta inmediata. De nada serviría su esfuerzo, si Lenem no entregaba toda su habilidad a ese propósito final. 

Lucio sangraba, y se había negado a recibir cualquier tipo de atención que su hermano, temeroso por su estado, le propuso. De su nariz, una gruesa gota de sangre le llegaba a sus labios, y amenazaba con entrar en su boca,  También estaba sufriendo, como su vehículo de batalla, el gigantesco armazón de mas de treinta y cinco metros de altura, y capaz de destruir ciudades por un simple deseo de quien lo dominaba.
Lenem vio como las barras se cargaban, como su servidor 346 calculaba con una velocidad inusual la trayectoria y consecuencia de sus disparos. Pero aquello no le importaba, necesitaba liberar la tensión, toda esa tensión acumulada.

—Tirador preparado —chilló con fuerza, mientras agarraba el disparador neumático con desespero. Las luces verdes llenaban su rostro, lo cubrían con su manto esperando a su orden. Apuntaba al centro mismo de quien encabezaba la partida que los acosaba. El centro del núcleo, vibrante y sin control.

—¡Fuego! ¡Fuego, muchacho! ¡A qué esperas! —espetó con violencia Lucio. Las brutales máquinas de guerra del enemigo ya los tenían localizados y en su línea de tiro. No había margen para una nueva maniobra de evasión.

Los cañones giraron, las cargas de energía se inflamaron. Vibró toda la estructura de “Cielo de invierno”, el nombre de aquella máquina, bien merecido por su gris oscuro que la cubría por completo, salvo en aquellos lugares donde se había desprendido por efecto de impactos enemigos.

Un destello primigenio. Un afortunado impacto al cual siguieron otros destellos de inusitada furia que amenazaron con hacer caer al Titán al suelo. La brutal sacudida, hizo que sus asientos se vieran sometidos a un incontrolable movimiento, a pesar de la gruesa armadura que los cubría y de cuantas defensas disponía para salvaguardar las preciadas vidas de sus ocupantes. Las pantallas volvieron a cegarse, pero los sistemas correctores funcionaron a la perfección y pudieron contemplar si aquel castigo había merecido la pena. 

Los Titanes negros, ya no existían.

El Principal sintió como los calmantes entraban en su cuerpo y se dejó llevar por la grata sensación de relajación que le brindaban. Pero antes, aún tenía algo que hacer.

—Aquí Tridente uno, misión cumplida. Volvemos a casa —dijo con una satisfacción que no podía ocultar, Lucio Vidovore mientras sus cansados ojos se cerraban.